01 abril, 2008

De la visita más inesperada

a primera vez fue que llamaron a la puerta e corrió Cayetano casi asustado en creyendo algo ocurría. Cruzó a toda priesa el recibidor, respiró profundamente e abrió la puerta con sigilo.

- “¿Sí, señor? – preguntó -, servicio no necesitamos en la casa”.

- “No, hijo – le contestó aquel desastrado hombre -, anunciad a su excelencia que “el chusco” quiere verle”.

- “¿El chusco, decís? – preguntó asombrado Cayetano - ¿Pensáis que voy a decirle a su excelencia que quiere verlo «el chusco»?.

Mas no andaba yo muy retirado de allí e oí el nombre. Púseme en pié al punto e corrí hacia el recibidor.

- “¡Cayetano, Cayetano! – grité - ¡Dejad pasar a ese hombre pues sin su ayuda no viviríamos ninguno!”.

Miróme confuso e abrió algo más la puerta para que yo le viera. Corrí a la entrada e me abracé a él. Al mirar un poco hacia atrás, vi la cara de Cayetano descompuesta e intenté solucionar aquella situación.

- “Cayetano, preparad el mejor sitio de la casa para este hombre, que no es un menesteroso que limosna venga a pedir a esta puerta, sino que soy yo el menesteroso que le debo mi vida”.

- “No es así, excelencia – contestó el chusco -, sino que en varias ocasiones no hice más que cumplir con mi deber”.

- “¡Pasad, por Dios! – le agarré el brazo -; no quedaos ahí afuera. Dejad vuestro atillo donde queráis, que en vuestra casa os halláis”.

- “Si no os importa, excelencia – dijo -, os pediría un pequeño cuarto de aseo para cambiarme estas ropas, que traigo por unas más apropiadas”.

- “¡Cayetano! – le miré rogándole -, llevad a este hombre a la mejor habitación de invitados, que allí tome un baño si así lo desea e mude sus ropas. Como inspector de la guardia secreta deberíais haberlo saludado, que no es campesino ni menesteroso”.

E acercándose Cayetano a él, hízole reverencia e tendióle la mano para que entrase.

- “Venga vuesa merced conmigo – le dijo -, que los deseos del Capitán, no son sino los míos e perdonad os haya tomado por mendigo”.

- “Por fortuna – le dijo el chusco -, me habéis tomado por campesino, que tal es mi misión e os agradezco vuestro gesto de bienvenida”.

Subió Cayetano acompañando a «El chusco» a la sala rosa, que era la más rica e advirtióle que tirase del cordón que junto a la ventana se hallaba si cualquier cosa necesitare”.

- “¡Santo Dios, Cayetano! – le dije quedo - ¡Este hombre nos ha salvado a todos la vida muchas veces e, así como os parece pastor o campesino, no es sino inspector de la guardia que vigila toda la ribera!”.

- “Perdón os pido, excelencia – me dijo -, mas habéis de coincidir conmigo en que campesino pobre parece”.

Pasó una pieza que esperé sentado con Su Ilustrísima en el salón hasta que nos pareció oír unos pasos que bajaban la escalera e, viendo la su sombra acercarse, nos pusimos en pie e presentóse ante nosotros hombre de tal elegancia, que entrambos pensamos habría una confusión.

- “¿El chusco? – preguntéle -.

- “El mesmo – dijo – mas con otro atuendo más apropiado a vuestra morada”.

- “Sentaos, sentaos e conoced a Su Ilustrísima, don Juan – le dije -, que de Ronda viene”.

- “¡Hijo mío! – exclamó Su Ilustrísima - ¿Cómo van a presentarnos si nadie os conoce mejor que yo en la Serranía?”.

E besó «el chusco» su pectoral e sonrióme burlonamente, que sabía debería haberme advertido de su doble atuendo.

- “Es mi verdadero nombre – dijo – Álvaro de Mendoza e Menacho, inspector nombrado para esta zona. Mas no soy agora aquella persona que ayudáraros otrora, sino inspector sencillo e mensajero que no vengo sino a traeros nuevas”.

- “¡Hablad, vive Dios! – ofrecíle un bocado -, que en esta vuestra casa seréis escuchado con atención”.

- “Perdonad mi indumentaria de llegada – dijo -, mas no debo dejarme ver ahí afuera sino como todo campesino me conoce. E agora, como inspector Mendoza, he de avisaros de que mañana mesmo e a primera hora, llegará a esta casa el inspector que conocéis como «leonés». Dejaré que él mesmo os diga su verdadero nombre si lo desea”.

- “¡Será todo un honor! – contestéle -, mas espero no traiga malas nuevas”.

- “No las trae, excelencia – dijo gravemente -, sino que a resolverlas viene e yo mesmo he de ayudarle”.

E no sabiendo qué decir por la presencia de Su Ilustrísima, le dije que quizá hubiese algún follón que hubiese que retirar de nuestra finca, mas advertíle no dijese nada a persona no presente.

- “¿Un follón – preguntó Su Ilustrísima – o toda una horda?”.

En Grazalema e a primero de abril del año de dos mil e ocho.

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