25 abril, 2008

De la pureza de mis hijos

cercóse Marinín antes de la siesta a mí e puso su cabeza sobre mi hombro estando yo aún sentado a la mesa. E Su Ilustrísima, en mirando su gesto, nos sonrió.

Puse mi mano sobre su mejilla y acaricié aquella piel suave como terciopelo pensando iba a encontrarme unas alas blancas saliendo por detrás de su cabeza.

- “En verdad en verdad os digo, sobrino – manifestó Su Ilustrísima -, que paréceme este mi angelito como un trozo de vos mesmo y estos otros dos angelitos como pedazo dél. Y he de darles la bendición del Señor a los tres de la mesma forma, que no distingue Dios Nuestro Señor a las criaturas por ser más bellas, más altas, más sabias e más maduras. Ni siquiera nos ama más por ser más buenos, que si así fuese, casi se olvidaría de nosotros por amar a estas criaturas”.

E puso Marinín su mano en mi rostro, suave por los afeites, e miróme con los sus ojos melancólicos.

- “Criatura como vos no puede encontrarse otra – le dije – que hasta yo me siento pequeño a vuestro lado e no os hacen falta ricas galas ni plumas ni relojes de oro para que cualquiera clave su mirada en vos. Y en diciendo esto quiero que así lo entiendan también mis otros pequeños, que no por haber llegado a esta Casa más tarde son menos”.

- “Hemos de oficiar una misa solemne este domingo – dijo Su Ilustrísima -, donde renovaré el bautismo de vuestros hijos, sobrino, que no dudo llegarán un día a saber tanto como su padre”.

- “Yo mesmo, tío Juan – dijo Carlitos -, he de asistiros a esa misa”.

- “Muy pequeño sois aún para ello, hijo – le dijo su tío -, pero así como ha ido aprendiendo Marinín a hacerlo, yo os daré liciones”.

- “E yo las tomaré, tío Juan – respondióle -, mas quisiera supierais puedo asistiros a esa misa solemne e a una tridentina”.

Miróme Su Ilustrísima asombrado de las palabras del más pequeño e supe yo que lo que Marinín sabía, Antonio e Carlitos aprehendían.

- “Dejad, Ilustrísima – dije -, que mi pequeño os asista en esa misa solemne, que bien sé que no es menester darle liciones de nada”.

- “Así lo decís e así se hará – contestóme -, que nada pasará si en algún momento hubiese de guiarlo”.

- “E siendo solemne, tío Juan – le dijo Marinín -, la haremos cantada, que tal cosa no es ya secreto para nosotros”.

E no salía Su Ilustrísima de su asombro, cuando cantaron a tres voces e mirando a su tío:

Indulgentiam, absolutionem et remissionem peccatorum nostrorum,
Tribut nobis omnipotens, et misericors Dominus.

Y como llevado por sus voces, contestóles bendiciéndoles e cantando con un hilo de voz:

Misereatur vestri Omnipotens Deus, et dimissis peccatis vestris,
perducat vos ad vitam aeternam.

“Amen”.

En Grazalema e a veinte e cinco de abril del año de dos mil e ocho.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario