11 abril, 2008

De la preocupación de don Jacinto

iraba el inspector por la ventana que asoma hacia la parte baja de la ribera viendo el manto de agua que aún caía e cómo el viento casi arrancaba los árboles de la tierra. Acerquéme a su lado a mirar e vi un rostro triste e inexpresivo.

- “Tiene Grazalema la fama – le dije – de ser el lugar de España en donde más llueve en menos tiempo. Una semana llevamos e dicen que estas aguas van hacia el mar arrastrando todo lo que encuentran”.

- “Así como lo decís es, excelencia – asintió -, mas dicen también que esta vez no ha sido sólo esta lluvia y ventisca aquí, sino que todo el Andalucía anda con problemas por lluvias como las que estamos viendo”.

- “Fenómenos como este – le dije – también los he visto en otros lugares de España a lo largo de mi vida, pero eso es casi siempre normal aquí”.

- “¡Lleva una semana lloviendo día e noche como cortina de agua!” – me miró asustado -. No puede salirse ahí afuera si no quiere ser uno llevado por los vientos o muerto por un árbol”.

- “Háceme pensar esto, inspector – le sonreí -, que trabajo va a costarle a la guardia de Ronda investigar lo ocurrido, pues con esta agua y este viento, según lo que veo que se ha llevado de en derredor de nuestra casa, poco van a encontrar allí”.

- “En eso he pensado, excelencia – me dijo -, que las «sorpresas» que truje no dejan huella, sino dedos e vísceras esparcidas por doquier”.

- “Roguemos entonces a Dios Nuestro Señor – le dije – que dedos e vísceras sean arrastrados por el arrollo hasta el Gaidóvar, que lo llevará con más fuerza aún hasta el Guadalete y, en habiendo hecho un lago en él para guardar el agua a los pies de Zahara de la Sierra, los peces han de dar buen cumplimiento de todo ese desperdicio”.

- “Hasta donde habláis – dijo -, más que posible lo veo, que hanse llevado viento y agua ese olivo casi centenario hasta cinco metros ladera arriba. Habría que volver a ponerlo en su sitio cuando escampe por no perderlo. Lo que no pensáis es que esa gentuza ha desaparecido «justo» cuando yo he venido a Grazalema e faltarán algunas armas en León sin justificante alguno”.

- “¡Cierto!” – le dije con sorna -, que vuestro viaje turístico ha coincidido con el temporal e no habéis podido salir desta casa”.

Y en oyendo «el chusco» lo que decíamos, rompió en risas, levantóse con la copa en la mano y púsose al lado de su compañero.

- “Juraría yo, don Jacinto – le dijo -, que no muy bien conocéis a los andaluces, que dejarán para mañana lo que debieron hacer el día del asalto e, cuando vengan ya sin riesgo a ser arrastrados por el viento, el arroyuelo que cerca de mi casa discurre, no sólo se habrá llevado todas esas pruebas, sino que mucho me temo que tenga que construirme yo otra casa nueva”.

- “¿Tal cosa decís en serio? – le miró con espanto -.

- “He de comentaros – le dijo – que en cuarenta años que aquí llevo de servicios, sólo una vez hubo una tormenta casi como esta. Mas fue la mitad de fuerte que esta e sólo duró dos días. Hasta un año después no pude tener casa e se me pagaron los gastos de la posada”.

Parecióme ver al inspector más animado e quise yo animarlo más aún.

- “En viendo que esta tormenta amainará esta tarde – le dije -, hasta allí iremos cruzando los campos, que no han de estar las carreteras para el paso de mucho coche. Revisaremos todo bien e, cuando la carretera esté en condiciones de que llegue la guardia desde Ronda, desperdicio que encontremos, desperdicio que desaparecerá, mas habré de apostarme con vuesa merced que si aparece un solo desperdicio, hasta 50 euros le daré por cada uno que hallemos”.

- “¡Santo Dios!” – sonrió -, muy seguro os veo yo de no ser detenido por delito alguno. Ya daría yo algunas voces de enfado en León por la desaparición de algunas municiones”.

- “Nunca serán encontradas – dijo el chusco – e nunca necesitaréis un cabeza de turco. Desaparecieron ¿Quién las va a relacionar con la tormenta de Grazalema? Vuestra nave está en Sevilla e de allí no ha partido, porque es la semana de la Feria de Abril e habéis tenido que pasarla en mi casa por haber allí aguacero tan fuerte como este ¡Lástima, don Jacinto, que no hayáis podido ver ni toros ni feria! ¡En toda España se sabe!”.

En Grazalema e a once de abril del año de dos mil e ocho.

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