02 abril, 2008

De la llegada del inspector leonés (2/2)

ubo durante el desayuno largas pláticas e no podía creer el inspector desayunábamos en la Serranía tales manjares.

- “Sabed, don Jacinto – le dijo el chusco -, que aunque mejor servidas están las viandas, es la loza elegida y la plata fundida para esta casa, estos mesmos desayunos tomamos todos. Probad esas tostadas con esas mantecas, que aquí son llamadas «manteca blanca e manteca colorá”; no dejéis para más tarde de catar esa masa frita, que ya en todos lados es conocida como churros y en otros como tejeringos. Sé que sois de buen yantar e, siendo hora temprana e tras tomar unas copas de licor, daréis buen cumplimiento a un almuerzo que en León no conocéis. Mas de eso ha de hablaros su excelencia, que invitado como vos aquí estoy yo”.

- “Si queréis catar un dulce rico – dijo Carlitos con la boca llena -, probad esas bolitas que son aquí llamadas «amarguillos».

- “Os aconsejaría yo – espetó Su Ilustrísima -, cataseis hoy lo que más os llame la atención, que en estando aquí unos días, todo lo habréis probado”.

E veíase el rostro de asombro de don Jacinto, el inspector leonés, al tomar un trozo desto e otro de aquello, mas tampoco era un rostro indiferente el de «el chusco», que si bien decía, aquellos manjares podían catarse en cualquier casa, mas no en servicio tan cumplido ni de tal calidad ni todos juntos.

E no queriendo se hablase de la empresa que le traía ni delante de los niños ni del servicio, salimos a pasear un poco por el campo e dejamos a los pequeños con Víctor en sus liciones.

- “Supongo estáis bien informado de todo – le dije -, que habiendo estado en el extranjero tanto tiempo, no sé agora como está el patio”.

- “Pues he de deciros, excelencia – comenzó a hablar -, que no está «el patio» que decís como para que allí jueguen niños. El inspector Mendoza, el chusco que aquí es llamado, tampoco sabe demasiado de lo que nos rodea agora, que alguien ha dicho a esos indeseables que hay por aquí hombre que se hace pasar por campesino e no lo es”.

Paró el chusco su marcha e nos miró confuso.

- “Nada hay que temer si sabemos hacer ciertas cosas – continuó -, pues entre nosotros están e no sabemos quienes son. Les parecería extraño que observasen que entramos en la casa e della no salimos en un largo tiempo. Podríamos decir, que si no salimos de la casa en dos semanas, de alguna forma intentarían saber el por qué e, de manera que desconocemos, se acercarían a la ratonera. Falta agora ponerles un buen queso oloroso. Digamos que el servicio dice en el pueblo que hay aquí gente muy importante. Si llega aquesto a sus oídos ¿no vendrán a comprobarlo?”.

- “Atraerlos e darles muerte – le dije -, no es cosa que me asuste, inspector, mas dentro desa casa hay niños e familias del servicio e no quisiera yo arriesgar sus vidas ni que nada supiesen”.

- “¡Bien! – contestóme -, podría ser un riesgo que no sería de razón correr ¿Y si los atrajésemos hacia otro lugar fuera del pueblo?

- “Mi casa de campo es confortable – dijo el chusco -, aunque no tan lujosa. Podría atraerles más que estemos allí encerrados que no en la mesma casa del Capitán”.

- “Mejor idea es esa – dijo el inspector leonés -. Quédense mujeres e niños en vuestro palacio, excelencia, e pongamos guardia suficiente. Las ratas acudirán a la trampa nuestra e les traigo un queso que ha de placerles”.

En Grazalema e a dos de abril del año de dos mil e ocho.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario