20 abril, 2008

De la inauguración de nuestra casa – Parte 4

ermino hoy lo escrito sobre la inauguración de la casa, que aún durando sólo medio día, me da para escribir en varios, pues no todo acabó con la misa e las alabanzas que hizo Su Excelencia la señora alcaldesa a mi hijo Marinín, sino que después de ser servidos de una copa de buen vino e algún bocado – al que Su Ilustrísima es tan fiel -, dije a la honorable señora dónde habría de colocar dos chimeneas en el salón como me lo pidiera Su Ilustrísima e algún otro cambio que le haría a la casa. Así, fuimos avisados de pasar al comedor e quedó la señora prendada del lujo de la mesa (obra de Ramón, sin duda) e todos fueron ocupando su sitio tal como manda el protocolo.

E dióse el caso de que Su Ilustrísima quedó frente a la alcaldesa y entraron en pláticas mientras se servían los entrantes e, viniendo unas fuentes de deliciosos langostinos en salsa, dijo Marcos en una chanza a Su Ilustrísima que no sería capaz de chupar sus dedos visiblemente por ver lo que ocurría. Con esto, Su Ilustrísima, que además de un santo es un demonio, tomó un langostino, lo comió e miró con asombro a la servilleta por verla tan blanca e lujosa, tomando entonces sus dedos y sorbiéndolos visiblemente. E por seguirle, fizo otro tanto Marcos, que a su lado se hallaba e así mesmo yo lo fice yo e, viendo la alcaldesa nuestros gestos, tomó uno de aquellos langostinos, lo comió e chupó sus dedos.

- “Saltarse el protocolo – dijo Su Ilustrísima – es a veces tan placentero en el yantar, que no me agradaría se fuese Su Excelencia la alcaldesa de Grazalema sin probar tal desatino y que tan gustoso es”.

E siendo un obispo quien decía aquellas palabras, todos los comensales comieron langostinos e chuparon sus dedos. E rompióse así el ambiente recto e serio de la inauguración e sintióse halagada la señora alcaldesa.

Y en llegando a los postres, sirvióse un delicioso xoclatl con galletas artesanas hechas en la casa e, probando la alcaldesa la «bebida de los dioses», quedósele señalado en el labio superior un bigote negro e me dijo:

- “Chocolate como este no he probado en toda mi vida, excelencia. Si fueseis tan amable, os rogaría me dijéseis dónde lo habéis comprado, que el que hago a mis hijos no acaba de placerles”.

Acercóse entonces Cayetano con una bandeja de plata y un sobre y entregóselo en reverencia sin decir palabra. Al abrir tal sobre e leer lo escrito, miróme con tal asombro que llevóse la servilleta a la boca por taparla, pues dentro encontró la verdadera fórmula del auténtico xoclatl, mas, al bajar la servilleta, quedósele sólo medio mostacho e pude ver caras de risa contenida. Así, todos bebieron para tener mostacho e quitaron luego la mitad dél.

- “Regalo como este no esperaba – dijo -, que bebida tan deliciosa pensaba yo sólo se podría comprar en Sevilla e veo aquí que una mesma puede hacerla en casa, aunque parece complicada”.

- “Dadlo a probar a vuestros hijos, excelencia – le dije -, sin advertir lo que van a tomar e veréis caras de asombro e os veo en la cocina más de un día preparándolo, que no es sino el auténtico xoclatl que bebían en las Américas cuando arribamos los españoles; la «bebida de los dioses»”.

E después de algunas largas pláticas e de fumar auténtico tabaco, hízose despedida muy larga, que cada uno de los presentes quería despedirse y agradecer a cada uno lo vivido en todo el día.

E acercándose ya en la puerta a mi pequeño Marinín, púsose a su altura, sacó un pañuelo de encajes andaluz e limpiando sus labios le dijo:

- “Con mostacho, con medio dél o sin él, es su excelencia la criatura más bella que pueda verse en la Serranía ¡Cuán orgulloso debe estar vuestro padre de vuesa merced!”.

E antes de montar en el coche empujada por el viento, acercósele uno de los ediles e susurróle alguna cosa al oído e, mirando azorada a todos lados, volvió a sacar su pañuelo e limpióse bien los labios.

En Grazalema e a veinte de abril del año de dos mil e ocho.

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