l baño e una corta plática, nos sacaron de aquel asombro, nos pusimos alguna ropa e fuimos a vestir a los niños.- “¡Veamos! – dijo Marcos -, que lo primero que debe uno vestir es la camisa. Tomad cada uno la vuestra e ponéosla. Y habed cuidado de abrochar cada botón con su ojal”.
Mientras vestían las camisas nos miramos e hablamos alguna cosa en baja voz.
- “¡Muy bien! – dijo Marcos al fin -. Todas están bien puestas. Observad que si el cuello os aprieta, es porque la camisa os está pequeña y, si queda holgado, es que la camisa os está grande. Mas veo que están todas bien”.
- “¡No, papá Marcos! – se quejó Carlitos -, que mis mangas son tan largas que tapan mis manos”.
Sonreímos y acercóse Marcos a explicarles que aquellas camisas no tenían botón en el puño de la manga, sino que había que doblar el puño luego e poner después unas piezas en cada uno que eran llamados «gemelos».
E así, les fue diciendo el orden en que deberían ponerse las prendas, como aprendí yo un día en casa de mi sobrino Fernando en Madrid. Les enseñó a vestir los pasadores gemelos e luego a colocarse los lazos, que esta vez no llevarían corbata. Miráronse al espejo e sorprendiéronse, pero más me sorprendí yo al ver el parecido que había entre ellos.
- “¡Marcos! – dije - ¡Que los niños parecen en verdad hermanos!”.
- “Dejemos estos temas para mañana – farfulló nervioso – y, si fuere necesario, consultemos esto con Su Ilustrísima, que es cosa que no puedo razonar”.
E ya puestos sus pantalones, sus zapatos e sus chaquetas, volvió Marcos a mirarme e se le caía el labio de asombro.
- “No me asusta tanto – dijo – que sea tal el parecido entre ellos, Marino, ¡sino que los tres parecen vuestros, e no adoptados!”.


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