20 abril, 2008

De la inauguración de nuestra casa – Parte 3

alimos al pasillo y encontramos al maestro Víctor que no pareciónos el mesmo de siempre. Así, le dijimos que bajase al comedor con los niños a tomar un vaso de leche mientras nosotros nos vestíamos e, cuando ya salíamos vestidos, nos encontramos con los inspectores vistiendo sus galas militares e doña Marta con traje largo e de parecido oriental. Quise esperar a Su Ilustrísima, mas fui avisado de que ya estaba abajo, e al llegar al comedor, allí lo encontramos embelesado con sus angelitos e vistiendo también sus galas. E salió el servicio a recebirnos e se nos sirvió desayuno exquisito, mas no muy abundante.

Acercábase la hora de la recepción e fuimos avisados de que venía el cortejo municipal. Abrióse la verja y entraron hasta tres coches e paró uno dellos bajo la marquesina de la entrada, abrióse la puerta e bajó la alcaldesa en todo su esplendor. Salí a darle la bienvenida e mantúvose Marcos un poco a la zaga. Hubimos unas palabras e pasamos pronto a la casa, que el viento llevábase su sombrero. Así, fue atendida por el servicio para dejar algunas ropas en el vestidor e pasó al salón encontrando allí a todos, junto a la alfombra roja y en su debido orden. Afortunadamente, no quiso besar la mano de Su Ilustrísima, sino que tomó su pectoral e lo besó e hubieron unas palabras. E conoció a Marcos e a Víctor… hasta encontrar ante sí a mis tres pequeños. Paróse ante ellos e agachóse admirada e mirándome.

- “¡Excelencia – exclamó -, vuestros tres hijos son su vivo retrato! ¿Qué será destas bellezas cuando tengan vuestra edad?”.

Mas, conociendo a doña Pastora, mucho estuvo en pláticas con ella e aclaróse que Antonio e Carlos, el pequeño, eran sus hijos. Crédito no daba aquella mujer a lo que veía cuando acercóse Ramón con la máxima corrección a ofrecerle la copa de bienvenida. Volvióse a los niños e sin saber otra cosa, acercóse a Marinín e le tomó la barbilla.

- “Excelencia – le dijo -, belleza como la vuestra nunca he visto. Permitidme agora entregue a vuesas mercedes un pequeño regalo”.

E así, acercóse uno de sus ediles y entrególe una caja que dio primero a Marinín, otra que dio a Antonio y otra que entregó a Carlitos besándolo.

- “Relojes son en oro – les dijo – de Suiza traídos e que llevan grabados en el dorso el mesmo escudo de la Fuentefría que hállase en la cimera de la reja que ahí se ha puesto en la fuente”.

E cuando fui a agradecerle el gesto, habló Marinín:

- “Sea Su Excelencia la alcaldesa de Grazalema bienvenida e bienhallada en esta su casa, que hase preparado para su llegada de forma que empiece a usarse como parte de Grazalema desde este momento”.

Hízose el silencio al oír aquellas palabras en aquella voz, que de adulto parecían las unas e de niño era la otra.

E acerquéme a ella por distraer un poco el recibimiento, mas lo hice ya con Marcos a mi lado e comenzó a mirarnos a entrambos sonriente e de la mesma forma. Así, en pláticas largas pero reposadas, fuíle mostrado cómo había quedado cada parte de la casa e, terminada la visita a la parte alta, acercóse Su Ilustrísima a la baranda y esparció, en diciendo latines, el agua bendita que la inauguraba.

Bajamos luego con solemnidad otra vez al salón, e abrieron Cayetano e Ramón las puertas discretas de la capilla e allí entramos con gran asombro de la señora alcaldesa a oír una corta misa e, sin saber yo nada de aquello, salió Marinín a la parte izquierda del altar para asistir a Su Ilustrísima en la misa e, no habiéndome acabado de sorprender todavía, hízose un grave silencio e, mirando al altar, oyóse la su delicada voz cantar en solo el Kirye eleison. E hubo grandes suspiros e una pieza de silencio.

Nuestra casa estaba bendecida.

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