20 abril, 2008

De la inauguración de nuestra casa – Parte 1

o puedo contar todo lo sucedido en este esplendoroso día, aunque lo haya sido dentro de la casa y no fuera, que sigue la ventisca e la lluvia como lo fuese otrora cada año en Grazalema.

De temprano estábamos despiertos e ya estaban los pequeños llamando a la puerta pidiendo la venia para entrar. Casi de noche aún, encendimos las luces e jugamos con ellos un rato en la cama. Siendo los tres niños de cariño conmigo e con Marcos (agora su papá Marcos), acabó Marinín sobre mí mesándome los cabellos, mirándome sonriente e besándome. Quise saber por qué hacía aquello e preguntéle e, muy al oído, me dijo:

- “He soñado cómo sería mi vida sin vos, papá, e así, he descubierto que me gustaría que todos los niños fuesen felices como yo lo soy porque vos me lo dais todo”.

Abracélo con todo mi cariño e, estando los otros en juegos con Marcos, se acercaron también en agradecimiento e pensé que en la casa se estaba obrando algún milagro que yo desconocía.

Ayudamos a los niños en el baño para decirles luego cómo deberían poner sus ropas nuevas e, cuando lavaba a Marinín, miré a Marcos con desconcierto.

- “¿Qué os pasa Marino que el rostro se os ha mudado?”.

- “¡Venid un instante afuera – le dije – que he de manifestaros algo que a mi razón no alcanza!”.

Salimos al dormitorio de los pequeños e tuve que respirar en ahogos una pieza mientras me miraba Marcos asustado.

- “¡Marino! ¿Os encontráis bien? – me decía -; jamás he visto en vuestro rostro ese estupor ni el ahogo que tenéis”.

Acerquéme a una mesilla e bebí agua. Vino detrás Marcos e resté mirando por la ventana. Cuando mi respiración se fizo casi normal, me volví e abracé a Marcos.

- “¡Marcos, mi querido, mi compañero! ¿Cómo puedo manifestaros esto?”.

- “Serenaos, Marino – dijo –, e sentaos una pieza si ello os es necesario”.

- “Sentaos vos – le dije -, que más necesario os será que a mí, pues estando ya lavando a Marinín y antes de secarlo, he visto en sus entrepiernas el mesmo símbolo que llevo yo en las mías”.

Sentóse Marcos con la vista perdida, como si no respirase e sin gesto alguno. Luego, me miró e habló:

- “Acaso habéis visto otra cosa, Marino – dijo -, mas si ello es así, ese niño pareciera nacido de vos. He de ver yo con mis propios ojos lo que decís e ya hablaremos en otro momento y en otro día ¡Volvamos al baño!”.

Entramos sonriendo e fuimos sacando del baño a los pequeños para secarlos e, con la intención debida, dejé que Marcos secase a Marinín. Rieron entrambos diciéndose cosas jocosas hasta que trocóse la cara de Marcos en puro alabastro, levantóse pidiendo excusas e salióse del cuarto del baño. Seguí secando a mi pequeño en risas disimuladas mas, fijándome en sus entrepiernas, descubrí la marca que yo mesmo llevaba en las mías e cómo tenía la mesma forma.

No había tiempo para perder e sequé a los pequeños e les dije que aseasen sus bocas e vistiesen sus ropas interiores hasta que viniésemos nosotros a vestirlos con sus nuevas galas. Al salir al dormitorio, hallé a Marcos sentado e inmóvil, lo tomé por el brazo e me lo llevé a nuestra estancia.

- “No es momento de pensar en esto – le dije -; olvidad lo visto. Mañana haremos comprobaciones e veremos lo que está pasando ¡Vamos al baño con presteza, que estos enanos no tardan en vestirse!”.

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