14 abril, 2008

De la inauguración de la casa

ubíamos de lo que fuese la casa de el chusco e venía Marcos recordando todo aquello que habría de hacerse en los días siguientes, pues ni restos humanos encontramos ni trozo de coche que pudiese identificarse. Según Marcos, quedaba pendiente la inauguración e bendición de la capilla y el almuerzo con la excelentísima señora alcaldesa, que nos visitaría acompañada de tres de los sus ediles. Así pues, mi mente unió aquellos acontecimientos en uno solo e dije a Marcos debería acompañarme al pueblo para saber qué día sería el apropiado para tanta inauguración.

- “El domingo sin duda, excelencia – dijo al estar presentes los inspectores -, que todos tienen mucho tiempo libre e ha de celebrarse misa solemne en tales actos”.

- “Cosa tal debería decidir Su Ilustrísima – le contesté -, mas no paréceme tome a mal se hagan todos los actos juntos en domingo”.

- “En llegando a casa – respondióme -, he de tomar baños, cambiar las ropas, consultar con Su Ilustrísima e ir al pueblo a conocer si es posible que la señora alcaldesa venga el domingo. En sabiendo tal cosa, todo podría aprestarse”.

- “Sea así”.

E así fue, que dio Su Ilustrísima conformidad de celebrarlo todo el mesmo día, mas dando a cada acontecimiento su importancia. Decidió entonces Marcos saltarse el protocolo habitual e pidióme escribiese a la señora alcaldesa un saluda invitándola a todos los actos el día que hubiese tiempo para ello. Fue al pueblo a entregar la misiva e volvió contento e apurado.

- “¡Marino! – me dijo al entrar -, que la alcaldesa no podría venir a tales actos si no se celebrasen este domingo próximo”.

- “Demasiado precipitado paréceme – contestéle indiferente -; déjese para otro domingo”.

E vi que Marcos daba paso atrás cabizbajo e no decía palabra.

- “¿Acaso no quisiera asistir esa señora a nuestras inauguraciones? – preguntéle con enojo - ¡Mejor concepto della tenía!”

- “No es eso, querido compañero – dijo en voz baja -, sino que pensando que ya llevamos aquí tiempo sobrado por culpa del asalto e la tormenta, al decirme debería ser el domingo próximo… ¡he aceptado!”.

- “¿Qué decís? – grité - ¿Sabéis cuánto preparativo habremos de hacer?”.

Y estando Su Ilustrísima oyéndonos sentado en su rincón, levantóse parsimoniosamente e dirigióse a nosotros sonriente e dejando balancear su sotana y en diciendo:

- “No os pediría yo que preparaseis mis hostias para la misa, que eso es sólo asunto mío. Preparen vuesas mercedes los atuendos e pedid al servicio adecente la casa e figure un yantar que haga las delicias del más exigente. Poca semana hay”.

- “¡Comiéncese agora! – les dije -. Los mejores atuendos quiero para ese día. A Sevilla iremos. Quiero a mis niños como ángeles. Busque Su Ilustrísima lo mejor para esa liturgia. Yo vestiré mis mejores galas e haré una lista de todos los invitados ¡Trabajemos!”.

En Grazalema e a catorce de abril del año de dos mil e ocho.

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