ra la media noche cuando parecióme el ruido de la lluvia y el viento se alejaban. Marcos se volvió hacia mí sonriendo en la penumbra.- “¡Santo Dios! – dijo - ¡Ya no recordaba lo que era el silencio de la noche!”.
Fue más fácil el dormir e más descansado el despertar e no hubo otra plática durante el desayuno. Asomában tímidamente los rayos del sol por las ventanas e decidimos salir de la casa sin alejarnos mucho. La tierra debería estar empapada e podría ser peligroso caminar por el campo.
- “Una tormenta como esta – dijo Su Ilustrísima – debería haber venido en noviembre e no agora, que encerrados una semana en casa, aunque bien es verdad que no me apetecía mucho salir a dar paseos, es demasiado tiempo para estar encerrados. E más aún, diría yo, cuando no hay chimenea donde tostarse los pies”.
Rieron los niños por lo dicho e, Antonio, mirándole con teatro, le dijo:
- “Su Ilustrísima debería hacer como nosotros – excúseseme el consejo -, que no leer nada es la puerta a la ignorancia e leer demasiado es la puerta al aislamiento. Nosotros, tío Juan, hemos leído y estudiado asaz nuestras liciones sacando provecho dello, mas hemos escrito cada cosa nueva que sentíamos. Estas plumas leonesas de oro que nos ha regalado el inspector, nos han servido para ello”.
- “E… - le miró con extraño - ¿habéis aprendido mucho ya de cómo escribir con pluma? No todos los niños tienen una pluma de oro y de León; es más, niño no soy y no la tengo, sino que escribo con otros utensilios”.
- “Tampoco el utensilio me parece importante, tío Juan – contestóle -, que aunque pluma de oro no tengáis, lo importante es escribir”.
- “No os quito la razón, niño – dijo un tanto enfadado -, pero en mi luenga vida (no comparándola con la de mi sobrino) hasta doce libros he escrito”.
- “¿E os sería de mucho estorbo – preguntó entonces Marinín – nos dijerais si lo por nosotros escrito bien pudiera ser un buen comienzo para escribir libros?”.
- “¡Dadme esos manuscritos que yo los lea!” – le dijo Su Ilustrísima con interés - ¿Quién sabe si alguna de vuesas mercedes pudiere ser escritor el día de mañana?”.
E así, pensando en darle sus escritos a tío Juan, nos asomamos con cautela a la puerta, pero fue el paseo corto, que sólo podía pisarse la parte que había solada e la de tierra se hundía.
- “Inspector – dije a don Jacinto aparte -, observe como el agua que ha bajado de la fuente ha llenado la carretera de fangos e matojos. Mas vos e yo debemos bajar, sea cual sea la forma, a comprobar el lugar del asalto”.
- “Con el inspector Mendoza hemos de hacerlo – apuntó -, que supongo querrá ver lo que de su casa resta”.
- “Así pues – le dije -, vendrá también con nosotros Marcos”.
- “Sea así cuando la tierra se seque un poco – concluyó -, que no me gustaría verme con los lodos en el cuello”.
En Grazalema e a doce de abril del año de dos mil e ocho.


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