26 abril, 2008

De las chanzas de Su Ilustrísima

iendo sábado e habiendo descanso de clases mis pequeños, bajamos por la ribera hasta la casa de el chusco y, en subiendo la corta cuesta que hasta ella lleva, encontramos a tres hombres de la guardia que volviéronse con rapidez e diéronnos el alto con pistolete en mano.

- “¡Gente de paz, guardia – les gritó Marcos -, que de poco más arriba somos vecinos!”.

- “Pues bien deberíais saber que a esta finca prohibido está el paso – gritó uno -.

E viendo yo que se acercaban a nosotros apuntándonos con sendas armas, les dije:

- “Forma no es esta de saludar a un superior aunque de paisano venga vestido e si no retiráis las palabras dichas, abriré expediente a vuesas mercedes, que al comandante Alacaída estáis apuntando”.

Quedaron estupendos e quedos al oír mis palabras e pidieron con calma me identificase como quien yo decía era.

Saqué del bolsillo de mi pantalón la cartera que llevara mi identificación (con sus tres estrellas bien visibles) e asustados, bajaron sus armas.

- “A revisar estos terrenos venimos tres guardias sin uniforme – les dije -; el teniente don Marcos, el sargento don Víctor e yo mesmo. Pueden vuesas mercedes volver a Ronda que tal caso yo mesmo lo sigo”.

- “Sea la orden de Su Excelencia cumplida, mi coronel – dijo uno dellos -, e perdonada esta intromisión en terreno que no nos incumbe”.

- “Perdonada está – les dije -, que en no sabiendo estos detalles, cualesquiera pudieren confundir a unos intrusos. E ya cumplida vuestra misión, volved sin temor a Ronda, que casi a diario inspecciono estas tierras”.

Así, creyó la guardia mis palabras e volvimos a casa en riendo por tal engaño, que aunque fui verdadero en unas cosas, otras oculté.

Narramos lo sucedido a Su Ilustrísima durante el almuerzo e reíase tapando su boca con la servilleta.

- “Una cosa he deciros, sobrino – contestó aún riendo -, que sólo he oído decir por estas sierras e que importante no parece, mas indica que debe siempre irse pisando fuerte e no lamiendo piedras como los perros ¡Oídme!


Quien nísperos come
Y bebe cerveza,
Espárragos chupa
E besa a una vieja,
Ni come ni bebe ni chupa ni besa”.

E fueron tales las risas de todos, que hubimos de hacer receso para seguir yantando. E preguntábanse mis pequeños qué cosa querían decir aquellas palabras, que el saber popular había puesto en versos.

En Grazalema e a veinte y seis de abril del año de dos mil e ocho.

25 abril, 2008

De la pureza de mis hijos

cercóse Marinín antes de la siesta a mí e puso su cabeza sobre mi hombro estando yo aún sentado a la mesa. E Su Ilustrísima, en mirando su gesto, nos sonrió.

Puse mi mano sobre su mejilla y acaricié aquella piel suave como terciopelo pensando iba a encontrarme unas alas blancas saliendo por detrás de su cabeza.

- “En verdad en verdad os digo, sobrino – manifestó Su Ilustrísima -, que paréceme este mi angelito como un trozo de vos mesmo y estos otros dos angelitos como pedazo dél. Y he de darles la bendición del Señor a los tres de la mesma forma, que no distingue Dios Nuestro Señor a las criaturas por ser más bellas, más altas, más sabias e más maduras. Ni siquiera nos ama más por ser más buenos, que si así fuese, casi se olvidaría de nosotros por amar a estas criaturas”.

E puso Marinín su mano en mi rostro, suave por los afeites, e miróme con los sus ojos melancólicos.

- “Criatura como vos no puede encontrarse otra – le dije – que hasta yo me siento pequeño a vuestro lado e no os hacen falta ricas galas ni plumas ni relojes de oro para que cualquiera clave su mirada en vos. Y en diciendo esto quiero que así lo entiendan también mis otros pequeños, que no por haber llegado a esta Casa más tarde son menos”.

- “Hemos de oficiar una misa solemne este domingo – dijo Su Ilustrísima -, donde renovaré el bautismo de vuestros hijos, sobrino, que no dudo llegarán un día a saber tanto como su padre”.

- “Yo mesmo, tío Juan – dijo Carlitos -, he de asistiros a esa misa”.

- “Muy pequeño sois aún para ello, hijo – le dijo su tío -, pero así como ha ido aprendiendo Marinín a hacerlo, yo os daré liciones”.

- “E yo las tomaré, tío Juan – respondióle -, mas quisiera supierais puedo asistiros a esa misa solemne e a una tridentina”.

Miróme Su Ilustrísima asombrado de las palabras del más pequeño e supe yo que lo que Marinín sabía, Antonio e Carlitos aprehendían.

- “Dejad, Ilustrísima – dije -, que mi pequeño os asista en esa misa solemne, que bien sé que no es menester darle liciones de nada”.

- “Así lo decís e así se hará – contestóme -, que nada pasará si en algún momento hubiese de guiarlo”.

- “E siendo solemne, tío Juan – le dijo Marinín -, la haremos cantada, que tal cosa no es ya secreto para nosotros”.

E no salía Su Ilustrísima de su asombro, cuando cantaron a tres voces e mirando a su tío:

Indulgentiam, absolutionem et remissionem peccatorum nostrorum,
Tribut nobis omnipotens, et misericors Dominus.

Y como llevado por sus voces, contestóles bendiciéndoles e cantando con un hilo de voz:

Misereatur vestri Omnipotens Deus, et dimissis peccatis vestris,
perducat vos ad vitam aeternam.

“Amen”.

En Grazalema e a veinte e cinco de abril del año de dos mil e ocho.

24 abril, 2008

De cómo se acercaba el buen tiempo

ún no sabíamos las consecuencias que traería el ataque a la casa del inspector Mendoza, el chusco, pero entrambos inspectores deberían partir ya hacia sus puestos. No teniendo el chusco la casa que había en la ribera, le fue asignada una en el pueblo e así, el inspector leonés fuése a Sevilla a tomar su nave para volver a su tierra de Castilla. Quedamos entonces en la casa «la familia» con Su Ilustrísima, Víctor y todo el servicio e nos hizo visita el arquitecto a quien manifesté mis deseos de cambiar algunas cosas.

Prometióme el arquitecto que, según los detallados bocetos que yo le entregué, en poco tiempo podrían comenzar las obras, que parecía venir tiempo seco. Así, quedarían terminadas en poco las dos chimeneas del salón y el remate en cruz de la torre, cosas ambas que placían mucho a Su Ilustrísima.

- “Es mi deseo – dijo -, e así lo sabe ya mi sobrino, correr con los gastos del remate de la torre e quisiera yo una cruz bien proporcionada e mejor forjada. Por tanto, le rogaría hiciese dos proyectos por separar la obra de las chimeneas de las del remate”.

- “No ha de preocuparse por tal Su Ilustrísima – dijo el arquitecto -, que dello tengo ya nociones e será la cruz como pocas se ven en toda la Serranía”.

E Su Ilustrísima veíase lleno de satisfacción, pues lo más alto de la casa, el remate en cruz, sería obra suya. Aunque no sabía que la terraza aledaña que en alto quedaba oculta a la vista desde cualquier otro lugar, iba a convertirse en lo que es agora llamado «solarium» e que no es sino lugar para ponerse al sol como los lagartos e como nuestras madres nos trujeron a este mundo.

E así, pensando ya en la piscina y en el solarium y el caluroso estío, le dije a Marcos que quería saber con mejor detalle sobre la marca que llevaba mi hijo entre sus piernas e que pareciera copia de la mía.

- “Pintada no es, Marino – me dijo –, que tal cosa con el baño desaparece y el que vimos sigue en su sitio. E tampoco es tatuaje, que para tal labor y en tal sitio tendríais que haber dado vos vuestro consentimiento”.

- “Dejemos entonces pasar unos días – le dije – e llamarélo a nuestra estancia. No es Marinín criatura que se asuste porque su padre lo vea desnudo e no lo será porque yo le pida me enseñe la marca. Mas, quisiera yo saber cómo es posible tal fenómeno, que no soy su padre según la naturaleza”.

- “Olvidáis acaso, Marino – observó Marcos -, el parecido que tiene con vos y el parecido que tienen sus hermanos con él. No es cosa que pueda razonarse, como no se puede razonar que estéis vivo y con ese… cuerpo después de tanta vida”.

- “Algún fenómeno produce todo esto y nos es desconocido – le dije -, que sólo con estar a su lado, sus hermanos aprehenden todo lo que él sabe e tiene conocimientos que un niño de ocho años no razonaría ¿Habéis observado su facilidad para hablar en cualquier lengua o cómo puede blandir una espada con agilidad que yo no tenía a sus años?”.

- “¿A qué preguntarnos esas cosas? – concluyó Marcos -; aceptémoslas como son e sin razonarlas. Mas también me gustaría saber cómo ha salido esa marca en su cuerpo”.

En Grazalema e a veinte e cuatro de abril del año de dos mil e ocho.

23 abril, 2008

Del mal del maestro

asado ya el almuerzo y en el tiempo del descanso, acercóse a mí sonriente Víctor e tiró de mi manga como siempre lo hace mi pequeño Antonio. Supe en ese instante que venía a decirme alguna cosa que no era cotidiana. Mirélo con atención e no apartó los sus ojos de los míos.

- “Muy solo me siento sin compañía, excelencia – dijo -, pues está esta casa en las afueras del pueblo e bien lejos de Sevilla e incluso de Ronda. Sabéis bien cuáles son mis sentimientos”.

- “Sin duda, Víctor – contestéle -, e bien sé que dedicáis mucho tiempo del día en educar a mis hijos en una labor digna de respeto y encomio. Esos sentimientos que decís, deben ser satisfechos, que una mente que tiene sus pensamientos en una cosa no los puede tener en otra ¡Venid conmigo!”.

Subimos a la parte alta de la casa e nos vio Su Ilustrísima acercarnos a mi estancia.

- “Paréceme don Marcos descansa, sobrino – me dijo -; no perturbéis sus sueños”.

- “No los perturbaré, Ilustrísima – contestéle -, que lo que tenemos que decirle va a placerle”.

E allí estuvimos con Marcos una buena pieza en pláticas por solucionar lo que a Víctor le entristecía e, sabiendo Marcos más desas cosas que yo mesmo, dióle unos consejos y descansamos juntos e dile yo unos masajes en sus espaldas como otra veces e hubo acuerdo de no dejar que el maestro sufriera más el mal de la soledad.

E cuando de allí salimos e bajamos, jugaban los niños cerca de Su Ilustrísima, que estaba ya en sus lecturas e tomando su café y, en viendo Marinín la sonrisa de su maestro, corrió hacia él e abrazólo asiéndolo con fuerzas por sus piernas en diciendo:

- “Os lo dije, maestro. Mi papá tiene soluciones para todos los males”.

E miró Su Ilustrísima por encima de sus gafas confuso, que no sabía de qué mal e de qué solución se hablaba. Así, se fueron también a jugar de contento Antonio e Carlitos e subieron a la estancia e sacaron sus mejores juguetes.

Bien sé que Su Ilustrísima algo imaginaba de lo ocurrido por su gesto, pero parecióme siguió en sus lecturas por señalarme que no iba a entrar en esos secretos.

En Grazalema e a veinte e tres de abril del año de dos mil e ocho.

22 abril, 2008

De cómo aprovechamos el tiempo

stando ya los niños en sus liciones con el maestro Víctor, salimos a dar un paseo Su Ilustrísima, Marcos e yo por ver todo lo que el viento y el agua habían maltrecho. Así, determinó Marcos que habría que buscar un par de jardineros más para no sólo arreglar lo caído e roto, sino para cambiar algunas cosas.

- “En el pueblo, sin duda – dijo Su Ilustrísima -, habrá buenos jardineros. A doña Pastora, cuando venga a la tarde, podríamos preguntarle por alguno”.

- “También quisiera yo rematar – le dije – la pequeña torre que flanquea la terraza que mira a Montecorto con una cruz, que habría de ser de hierro forjado en prevención de nuevas ventiscas, que no son raras en estos lugares de la sierra”.

- “Quisiera yo entonces – apuntó Su Ilustrísima – pagar la tal obra como regalo a esta «familia», que no sólo me ha dado momentos felices sino que también me ofrece compartir tejado e yantar”.

- “Sea como queréis – le dije -, que no habrá remate más alto en esta casa que la susodicha cruz e a vos representará aquí, en la tierra, y al Señor en los Cielos”.

- “Provechoso ha sido el paseo – dijo Su ilustrísima fatigado – e ya va siendo la hora del bocado, que ha de ser también provechoso hasta la hora del almuerzo. Aprovecharé por hacer algunas lecturas, que quiero saber esta vez cómo deben hacerse esas obras de remate e las otras de las chimeneas”.

- “Visitaré yo a Víctor e a los niños – dijo Marcos -, que quiero saber si están aprovechando el tiempo después de tanto descanso”.

- “Pues tengan vuesas mercedes buen provecho – les dije – que he dejado ciertas cosas sin escribir e quisiera yo aprovechar el tiempo que nos queda hasta medio día por terminarlas”.

En Grazalema e a veinte e dos de abril del año de dos mil e ocho.

21 abril, 2008

Del día después

gotadas nuestras energías a primeras horas de la noche, subimos a las estancias y entramos con los pequeños a quitarles las prendas que aún llevaban puestas, que por que estuviesen más cómodos en la tarde, quitamos algunas dellas. E fue sorpresa para Marcos e para mí que ninguno dellos había mancilla en sus galas; ni de tinta ni de polvo ni de comida.

Abrazándolos e dejándolos en sus camas, les dimos las buenas noches e les dijimos orasen mientras les llegaba el sueño, mas parecióme quedaron dormidos al punto, apagamos las luces e nos fuimos al descanso.

- “Nunca he visto, Marino – me dijo Marcos antes de dormir -, celebración como esta, que siendo seria e importante también ha sido divertida”.

- “Acaso, querido compañero – le dije -, la gente que a ella ha asistido era toda de la mesma clase, que hasta los niños han sabido estar en su sitio”.

E se apagó la luz e descansamos, pues hoy habría ya que hacer trazados para cambiar cosas de la casa. Dedicóse en pleno el servicio a retirar los adornos e dejar cada mueble en su sitio e hablé por teléfono con el arquitecto para que nos hiciese visita, mas tan preocupado estaba, que hube de decirle los cambios que quería hacer e que no eran cosa alguna que él hubiese errado.

E allí estaban sentados mis pequeños con su tío Juan, que les recordaba cosas del día anterior e Antonio tiraba de la manga de su roída sotana, Carlitos de rodillas le oía e Marinín al otro lado tenía su cabeza echada en él.

- “Ilustrísima - le dije -, a los niños tenéis con embeleso escuchándoos, que tal como revivís los acontecimientos de ayer, los vuelven a vivir”.

- “También ellos, sobrino – me dijo -, recuérdanme cosas que no he olvidado e nunca olvidaré. Y pensando en esta casa, en ellos, en esas chimeneas que decís que vais a poner aquí cerca y en el buen yantar que habemos, he pensado que mejor estaría aquí con vuesas mercedes, en compaña, que tan solo como me siento en la casa de Ronda. Mucho tengo en estima al servicio de la casa, que conmigo ha vivido todos estos últimos años de mi vida, mas he pensado que podrían seguir viviendo allí como si su casa fuese porque estuviese cuidada”.

- “Pensaba que algún día podría ocurriros algo así – le dije -, que vivir solo a vuestros años no es de razón. Así pues no habéis sino seguir donde estáis, que sois felices e muy felices hacéis a mis niños”.

- “¡Mis angelitos! – exclamó en alzando los brazos como en cruz - ¡Miradlos, que vuestros son aunque yo os robe un trozo dellos! Sin embargo, sobrino, hay en la casa de Ronda cosas que allí no deberían quedarse”.

- “Sé lo que decís, Ilustrísima – le dije -, e a recogerlas e traerlas hemos de ayudarles Marcos, Víctor e yo mesmo. Todo ha de ponerse en vuestra estancia, en la biblioteca o en el sitio que más apropiado veáis”.

- “Dejadme pensar unos días – me dijo -, que nada quiero olvidar e ya he vivido mucho tiempo con vuesas mercedes sin necesitar cosa alguna. Se hará la mudanza”.

- “Siga siendo hoy día de adecentar la casa – concluí – y de descanso para todos e comience mañana nuestra vida rutinaria, que no ha de serlo tanto, pues muchas cosas habremos de cambiar”.

En Grazalema e a veinte e uno de abril del año de dos mil e ocho.

20 abril, 2008

De la inauguración de nuestra casa – Parte 4

ermino hoy lo escrito sobre la inauguración de la casa, que aún durando sólo medio día, me da para escribir en varios, pues no todo acabó con la misa e las alabanzas que hizo Su Excelencia la señora alcaldesa a mi hijo Marinín, sino que después de ser servidos de una copa de buen vino e algún bocado – al que Su Ilustrísima es tan fiel -, dije a la honorable señora dónde habría de colocar dos chimeneas en el salón como me lo pidiera Su Ilustrísima e algún otro cambio que le haría a la casa. Así, fuimos avisados de pasar al comedor e quedó la señora prendada del lujo de la mesa (obra de Ramón, sin duda) e todos fueron ocupando su sitio tal como manda el protocolo.

E dióse el caso de que Su Ilustrísima quedó frente a la alcaldesa y entraron en pláticas mientras se servían los entrantes e, viniendo unas fuentes de deliciosos langostinos en salsa, dijo Marcos en una chanza a Su Ilustrísima que no sería capaz de chupar sus dedos visiblemente por ver lo que ocurría. Con esto, Su Ilustrísima, que además de un santo es un demonio, tomó un langostino, lo comió e miró con asombro a la servilleta por verla tan blanca e lujosa, tomando entonces sus dedos y sorbiéndolos visiblemente. E por seguirle, fizo otro tanto Marcos, que a su lado se hallaba e así mesmo yo lo fice yo e, viendo la alcaldesa nuestros gestos, tomó uno de aquellos langostinos, lo comió e chupó sus dedos.

- “Saltarse el protocolo – dijo Su Ilustrísima – es a veces tan placentero en el yantar, que no me agradaría se fuese Su Excelencia la alcaldesa de Grazalema sin probar tal desatino y que tan gustoso es”.

E siendo un obispo quien decía aquellas palabras, todos los comensales comieron langostinos e chuparon sus dedos. E rompióse así el ambiente recto e serio de la inauguración e sintióse halagada la señora alcaldesa.

Y en llegando a los postres, sirvióse un delicioso xoclatl con galletas artesanas hechas en la casa e, probando la alcaldesa la «bebida de los dioses», quedósele señalado en el labio superior un bigote negro e me dijo:

- “Chocolate como este no he probado en toda mi vida, excelencia. Si fueseis tan amable, os rogaría me dijéseis dónde lo habéis comprado, que el que hago a mis hijos no acaba de placerles”.

Acercóse entonces Cayetano con una bandeja de plata y un sobre y entregóselo en reverencia sin decir palabra. Al abrir tal sobre e leer lo escrito, miróme con tal asombro que llevóse la servilleta a la boca por taparla, pues dentro encontró la verdadera fórmula del auténtico xoclatl, mas, al bajar la servilleta, quedósele sólo medio mostacho e pude ver caras de risa contenida. Así, todos bebieron para tener mostacho e quitaron luego la mitad dél.

- “Regalo como este no esperaba – dijo -, que bebida tan deliciosa pensaba yo sólo se podría comprar en Sevilla e veo aquí que una mesma puede hacerla en casa, aunque parece complicada”.

- “Dadlo a probar a vuestros hijos, excelencia – le dije -, sin advertir lo que van a tomar e veréis caras de asombro e os veo en la cocina más de un día preparándolo, que no es sino el auténtico xoclatl que bebían en las Américas cuando arribamos los españoles; la «bebida de los dioses»”.

E después de algunas largas pláticas e de fumar auténtico tabaco, hízose despedida muy larga, que cada uno de los presentes quería despedirse y agradecer a cada uno lo vivido en todo el día.

E acercándose ya en la puerta a mi pequeño Marinín, púsose a su altura, sacó un pañuelo de encajes andaluz e limpiando sus labios le dijo:

- “Con mostacho, con medio dél o sin él, es su excelencia la criatura más bella que pueda verse en la Serranía ¡Cuán orgulloso debe estar vuestro padre de vuesa merced!”.

E antes de montar en el coche empujada por el viento, acercósele uno de los ediles e susurróle alguna cosa al oído e, mirando azorada a todos lados, volvió a sacar su pañuelo e limpióse bien los labios.

En Grazalema e a veinte de abril del año de dos mil e ocho.

De la inauguración de nuestra casa – Parte 3

alimos al pasillo y encontramos al maestro Víctor que no pareciónos el mesmo de siempre. Así, le dijimos que bajase al comedor con los niños a tomar un vaso de leche mientras nosotros nos vestíamos e, cuando ya salíamos vestidos, nos encontramos con los inspectores vistiendo sus galas militares e doña Marta con traje largo e de parecido oriental. Quise esperar a Su Ilustrísima, mas fui avisado de que ya estaba abajo, e al llegar al comedor, allí lo encontramos embelesado con sus angelitos e vistiendo también sus galas. E salió el servicio a recebirnos e se nos sirvió desayuno exquisito, mas no muy abundante.

Acercábase la hora de la recepción e fuimos avisados de que venía el cortejo municipal. Abrióse la verja y entraron hasta tres coches e paró uno dellos bajo la marquesina de la entrada, abrióse la puerta e bajó la alcaldesa en todo su esplendor. Salí a darle la bienvenida e mantúvose Marcos un poco a la zaga. Hubimos unas palabras e pasamos pronto a la casa, que el viento llevábase su sombrero. Así, fue atendida por el servicio para dejar algunas ropas en el vestidor e pasó al salón encontrando allí a todos, junto a la alfombra roja y en su debido orden. Afortunadamente, no quiso besar la mano de Su Ilustrísima, sino que tomó su pectoral e lo besó e hubieron unas palabras. E conoció a Marcos e a Víctor… hasta encontrar ante sí a mis tres pequeños. Paróse ante ellos e agachóse admirada e mirándome.

- “¡Excelencia – exclamó -, vuestros tres hijos son su vivo retrato! ¿Qué será destas bellezas cuando tengan vuestra edad?”.

Mas, conociendo a doña Pastora, mucho estuvo en pláticas con ella e aclaróse que Antonio e Carlos, el pequeño, eran sus hijos. Crédito no daba aquella mujer a lo que veía cuando acercóse Ramón con la máxima corrección a ofrecerle la copa de bienvenida. Volvióse a los niños e sin saber otra cosa, acercóse a Marinín e le tomó la barbilla.

- “Excelencia – le dijo -, belleza como la vuestra nunca he visto. Permitidme agora entregue a vuesas mercedes un pequeño regalo”.

E así, acercóse uno de sus ediles y entrególe una caja que dio primero a Marinín, otra que dio a Antonio y otra que entregó a Carlitos besándolo.

- “Relojes son en oro – les dijo – de Suiza traídos e que llevan grabados en el dorso el mesmo escudo de la Fuentefría que hállase en la cimera de la reja que ahí se ha puesto en la fuente”.

E cuando fui a agradecerle el gesto, habló Marinín:

- “Sea Su Excelencia la alcaldesa de Grazalema bienvenida e bienhallada en esta su casa, que hase preparado para su llegada de forma que empiece a usarse como parte de Grazalema desde este momento”.

Hízose el silencio al oír aquellas palabras en aquella voz, que de adulto parecían las unas e de niño era la otra.

E acerquéme a ella por distraer un poco el recibimiento, mas lo hice ya con Marcos a mi lado e comenzó a mirarnos a entrambos sonriente e de la mesma forma. Así, en pláticas largas pero reposadas, fuíle mostrado cómo había quedado cada parte de la casa e, terminada la visita a la parte alta, acercóse Su Ilustrísima a la baranda y esparció, en diciendo latines, el agua bendita que la inauguraba.

Bajamos luego con solemnidad otra vez al salón, e abrieron Cayetano e Ramón las puertas discretas de la capilla e allí entramos con gran asombro de la señora alcaldesa a oír una corta misa e, sin saber yo nada de aquello, salió Marinín a la parte izquierda del altar para asistir a Su Ilustrísima en la misa e, no habiéndome acabado de sorprender todavía, hízose un grave silencio e, mirando al altar, oyóse la su delicada voz cantar en solo el Kirye eleison. E hubo grandes suspiros e una pieza de silencio.

Nuestra casa estaba bendecida.

De la inauguración de nuestra casa – Parte 2

l baño e una corta plática, nos sacaron de aquel asombro, nos pusimos alguna ropa e fuimos a vestir a los niños.

- “¡Veamos! – dijo Marcos -, que lo primero que debe uno vestir es la camisa. Tomad cada uno la vuestra e ponéosla. Y habed cuidado de abrochar cada botón con su ojal”.

Mientras vestían las camisas nos miramos e hablamos alguna cosa en baja voz.

- “¡Muy bien! – dijo Marcos al fin -. Todas están bien puestas. Observad que si el cuello os aprieta, es porque la camisa os está pequeña y, si queda holgado, es que la camisa os está grande. Mas veo que están todas bien”.

- “¡No, papá Marcos! – se quejó Carlitos -, que mis mangas son tan largas que tapan mis manos”.

Sonreímos y acercóse Marcos a explicarles que aquellas camisas no tenían botón en el puño de la manga, sino que había que doblar el puño luego e poner después unas piezas en cada uno que eran llamados «gemelos».

E así, les fue diciendo el orden en que deberían ponerse las prendas, como aprendí yo un día en casa de mi sobrino Fernando en Madrid. Les enseñó a vestir los pasadores gemelos e luego a colocarse los lazos, que esta vez no llevarían corbata. Miráronse al espejo e sorprendiéronse, pero más me sorprendí yo al ver el parecido que había entre ellos.

- “¡Marcos! – dije - ¡Que los niños parecen en verdad hermanos!”.

- “Dejemos estos temas para mañana – farfulló nervioso – y, si fuere necesario, consultemos esto con Su Ilustrísima, que es cosa que no puedo razonar”.

E ya puestos sus pantalones, sus zapatos e sus chaquetas, volvió Marcos a mirarme e se le caía el labio de asombro.

- “No me asusta tanto – dijo – que sea tal el parecido entre ellos, Marino, ¡sino que los tres parecen vuestros, e no adoptados!”.

De la inauguración de nuestra casa – Parte 1

o puedo contar todo lo sucedido en este esplendoroso día, aunque lo haya sido dentro de la casa y no fuera, que sigue la ventisca e la lluvia como lo fuese otrora cada año en Grazalema.

De temprano estábamos despiertos e ya estaban los pequeños llamando a la puerta pidiendo la venia para entrar. Casi de noche aún, encendimos las luces e jugamos con ellos un rato en la cama. Siendo los tres niños de cariño conmigo e con Marcos (agora su papá Marcos), acabó Marinín sobre mí mesándome los cabellos, mirándome sonriente e besándome. Quise saber por qué hacía aquello e preguntéle e, muy al oído, me dijo:

- “He soñado cómo sería mi vida sin vos, papá, e así, he descubierto que me gustaría que todos los niños fuesen felices como yo lo soy porque vos me lo dais todo”.

Abracélo con todo mi cariño e, estando los otros en juegos con Marcos, se acercaron también en agradecimiento e pensé que en la casa se estaba obrando algún milagro que yo desconocía.

Ayudamos a los niños en el baño para decirles luego cómo deberían poner sus ropas nuevas e, cuando lavaba a Marinín, miré a Marcos con desconcierto.

- “¿Qué os pasa Marino que el rostro se os ha mudado?”.

- “¡Venid un instante afuera – le dije – que he de manifestaros algo que a mi razón no alcanza!”.

Salimos al dormitorio de los pequeños e tuve que respirar en ahogos una pieza mientras me miraba Marcos asustado.

- “¡Marino! ¿Os encontráis bien? – me decía -; jamás he visto en vuestro rostro ese estupor ni el ahogo que tenéis”.

Acerquéme a una mesilla e bebí agua. Vino detrás Marcos e resté mirando por la ventana. Cuando mi respiración se fizo casi normal, me volví e abracé a Marcos.

- “¡Marcos, mi querido, mi compañero! ¿Cómo puedo manifestaros esto?”.

- “Serenaos, Marino – dijo –, e sentaos una pieza si ello os es necesario”.

- “Sentaos vos – le dije -, que más necesario os será que a mí, pues estando ya lavando a Marinín y antes de secarlo, he visto en sus entrepiernas el mesmo símbolo que llevo yo en las mías”.

Sentóse Marcos con la vista perdida, como si no respirase e sin gesto alguno. Luego, me miró e habló:

- “Acaso habéis visto otra cosa, Marino – dijo -, mas si ello es así, ese niño pareciera nacido de vos. He de ver yo con mis propios ojos lo que decís e ya hablaremos en otro momento y en otro día ¡Volvamos al baño!”.

Entramos sonriendo e fuimos sacando del baño a los pequeños para secarlos e, con la intención debida, dejé que Marcos secase a Marinín. Rieron entrambos diciéndose cosas jocosas hasta que trocóse la cara de Marcos en puro alabastro, levantóse pidiendo excusas e salióse del cuarto del baño. Seguí secando a mi pequeño en risas disimuladas mas, fijándome en sus entrepiernas, descubrí la marca que yo mesmo llevaba en las mías e cómo tenía la mesma forma.

No había tiempo para perder e sequé a los pequeños e les dije que aseasen sus bocas e vistiesen sus ropas interiores hasta que viniésemos nosotros a vestirlos con sus nuevas galas. Al salir al dormitorio, hallé a Marcos sentado e inmóvil, lo tomé por el brazo e me lo llevé a nuestra estancia.

- “No es momento de pensar en esto – le dije -; olvidad lo visto. Mañana haremos comprobaciones e veremos lo que está pasando ¡Vamos al baño con presteza, que estos enanos no tardan en vestirse!”.

19 abril, 2008

De los preparativos de la víspera

odos enervados, aunque sin priesas, pusimos juntos los adornos de la casa, que aún llevando ya casi un mes de temporales (dicen muchos grazalemeños que no recuerdan uno así), fueron Marcos, Víctor e Su Ilustrísima a Ronda e trujeron guirnaldas e flores e lazos de colores e dorados e algunas espigas - que han de sembrarse en otros lugares - para decorar el altar. E queriendo tener presente al venerable don Miguel de Mañara, buscaron alguna de sus rosas en la casa de Ronda, mas siendo éstas tardías, aún no pudieron cogerlas e así estaban también en nuestra casa de Grazalema. Trujéronse pues unos tallos dellas que fueron adornados e cambióse la alfombra del salón por una larga e roja para la entrada de la señora alcaldesa e las subidas de las escaleras.

Siendo también gran preocupación de Ramón e María los manjares que se servirían en la mesa, hubimos al medio día de catarlos. Mas en eso dase buenas trazas Su Ilustrísima, que olvidando el protocolo que preocupaba a Marinín, chupóse los dedos al dar cumplimiento a unos langostinos en salsa que sirviéronse.

- “He de deciros, cocineros e servicio – exclamó en las puertas de la cocina – que si mañana no se chupa los dedos la alcaldesa mesma es porque no sabe degustar estos manjares. E mirad que en estas cosas del buen yantar nunca yerro”.

- “Es seguro, Ilustrísima – le dijo Marcos -, que si yo o vuesa merced lo hiciéramos, ella lo haría, mas si no se los chupa es por vergüenza a romper el protocolo”.

- “¡Y estas frituras – exclamó -, rellenas de verdura e carnes! ¡Y estos filetes de ternera, que asusta comerlos por no digerir una obra de arte!”.

Víctor, no muy acostumbrado a oír ciertas expresiones de Su Ilustrísima, acercóse a pedirle excusas por reír de sus ocurrencias.

- “Mías no son, maestro – le dijo monseñor -, sino que son cosas desta tierra donde la gracia crece en el campo y el salero no está en la mesa, sino en el habla”.

E aderezó Su Ilustrísima la capilla con Marta e Marinín (que no separábase de su tío), poniendo flores e velas e paños bordados con primor. E así pusimos cada cosa en su sitio hasta la hora de la cena e, bien satisfechos todos de la labor realizada, nos retiramos al descanso temprano sumergida la casa en la lluvia e oyéndose el quejido de los árboles agitados por el vendaval.

En Grazalema e a diez y nueve de abril del año de dos mil e ocho.

18 abril, 2008

De la falta de llamas para alivio del frío

olvieron el viento y las lluvias e la humedad e volvió Su Ilustrísima a recordarme algunas cosas:

- “Sé, sobrino – me dijo -, que la casa con agua caliente e oculta se calienta. Y caliente está si se asoma uno a la puerta; mas está húmeda. Falta el fuego que evapore la humedad desta casa ¿No se dice que con la humedad duelen las heridas e así mesmo cuando cambia el tiempo? Pues debe ser la humedad de la casa o un cambio de tiempo cercano, que la herida de la pierna, la que curó Marinín, me está doliendo”.

- “¡Ay, Ilustrísima! – repuse -, que si yo sintiese dolores en todos los lugares de mi cuerpo que han sido heridos, estaría ahora en la cama y tomando pastas desas blancas e verdes a las que llaman Nolotil cada media hora. Mas no habéis de preocuparos, que pasada la inauguración que nos es tan cercana, he de poner aquí, junto a vos, una chimenea para vuesa merced e, habiéndolo pensado con calma, otra pondría en aquella esquina”.

- “Es seguro – reflexionó -, que vuestro padre calentase la casa con esa caldera, pero intuyendo que era más listo que vos e yo e otros muchos que no voy a mencionar agora, habría un lugar dentro de la casa para el fuego y es de seguro también que habría algún sistema para refrescar la casa en verano, que estas tierras son tan calurosas como las suyas”.

- “En tal no había pensado, Ilustrísima – le aclaré -, porque ya tiene la casa un sistema desos de refrigerar. Olvidad pues los calores del estío e aguantad unos días hasta que se hagan las chimeneas”.

- “No os lo digo por ser caprichoso – dijo -, ni oneroso quiero ser para vos, pero estos niños con tanta humedad…”.

- “Esperemos entonces”.

- “No es necesario, sobrino – me sorprendió -, que siendo el servicio del pueblo e usando la sabiduría popular, han encendido unas llamas en la parte trasera, la que da al jardín. E allí iré dentro de un rato por acercarme al brasero e curar estas molestias”.

- “No creo sea algo de costumbre – dije -, pero ¿le estaría permitido al dueño de la casa acercarse a esas brasas? Mucha lluvia viene, según creo”.

- “Vuestra es la casa, vuestro lo que estos llaman «porche» y vuestro es todo lo que aquí se halle ¿Cómo se os va a prohibir disfrutar del brasero?”.

En Grazalema e a diez y ocho de abril del año de dos mil e ocho.

17 abril, 2008

De los tratamientos de cortesía

onvirtióse el comedor de la planta alta en un taller de costura e, aunque lo neguemos, a todos nos gusta ver cómo se facen ciertas labores. Los trajes de los niños estaban ya casi terminados e me dijo doña Marta, habría que hacer los arreglos de los trajes de los mayores. No se compró ropa alguna para los inspectores, que entrambos tenían sus uniformes de gala de la guardia (aunque el chusco perdió muchos de sus enseres en la casa).

Estaban todos arriba, no sé si mirando curiosos o estorbando, cuando yo me hallaba en lecturas en el salón. Acercóse entonces mi pequeño Marinín con los labios llenos de chocolate, pidióme excusas por interrumpirme e sentóse en mi regazo.

- “Papi – dijo - ¿Traerá también la señora alcaldesa ropas nuevas?”.

- “Eso no puedo saberlo, pequeño – le dije -, pero sí puedo asegurarte que traerá sus mejores galas”.

- “¿Os lo ha dicho?”.

- “¡No! Nada me ha dicho – contestéle -, mas en sabiendo viene a un acto importante ¿no crees que querrá traer sus más ricas ropas e joyas para que todos la miren?”.

- “¡Jo! – exclamó -, si las mujeres se visten de sedas para cosas menos importantes, paréceme vendrá vestida de lujos”.

- “Os diré a todos cómo habréis de darle trato – le dije -, que no siendo marquesa ni noble, es alcaldesa e debe tratársela como parte principal del Excelentísimo Ayuntamiento de Grazalema, esto es, «Su Excelencia»”.

- “E… ¿cómo deben tratarme a mí? – dijo confuso -, pues soy niño e no soy marqués ni alcalde de sitio alguno”.

Le miré riéndome por su inocencia, que en algunos aspectos no era tal, e le dije que el mesmo maestro, Víctor, les diría cómo deberían hacer las cosas.

- “Todos sabréis lo que hacer e no hacer con esas personas – le dije -, aunque siendo niños, no verán en vuesas mercedes fallos. E respondiendo a otra cosa que me habéis preguntado, he de deciros, que al ser hijos de un marqués, como a mí mesmo han de trataros; así pues, deberían llamaros excelencia, mas no es importante esto”.

- “No – contestó -, me gusta que me digan «vuesa merced»”.

- “Igual que a mí me gusta, hijo – aclaréle -, que eso de Excelencia o Ilustrísima no son sino palabras, mas debemos usarlas como manda el protocolo”.

- “¿Y quién es ese «protocolo»?”.

En Grazalema e a diez y siete de abril del año de dos mil e ocho.

16 abril, 2008

Del arreglo de las ropas

n llegando ayer a la casa, salió a recebirnos Cayetano con su pequeño Marino y llamó a María para bajar todos los bultos. Le dije a María que diese aviso a doña Pastora para que viniese hoy a casa e, a primeras horas de la tarde, como hacía casi siempre, vínose a almorzar con nosotros. La algarabía de los pequeños era siempre grande, mas esta vez, al traer ropas nuevas, le manifestaron todo lo visto en Sevilla y, entre sus pláticas, llamaban a doña Pastora «mamá» e a mí «papá». Pude observar entonces una extraña mirada de Su Ilustrísima, que a más seguro, no había visto cosa igual en su vida.

Felices mis niños (cuéstame trabajo el decir «nuestros» aunque lo son), hablaron doña Pastora, doña Marta e María de cómo harían los arreglos e determinaron que sería de menos estorbo arreglar las ropas de los pequeños e luego las nuestras. Así, después de un corto descanso después del almuerzo, comenzaron las pruebas. Vinieron lágrimas a mis ojos de ver a los pequeños vestidos como mayores e con ropas ricas e sus caras de felicidad al ver que María, doña Marta y doña Pastora los subían a una banqueta e ponían los pantalones ajustados a su talle.

- “Pondremos - dijo María – todo ajustado a su tamaño, que entre doña Pastora e yo no tardaremos más de dos tardes en hacer todos los arreglos”.

- “Bien me parece el tiempo en que ha de hacerse – dije -, que no hay priesas agora pues hasta el domingo no se usarán, pero hemos traído – véalo vuesa merced con los sus ojos – unas ropas que nos han dicho serían apropiadas para el pequeño Marino ¡Buscad en esa bolsa!”.

E María, emocionada, acercóse a mí como si a besarme fuera e, coligiendo yo era su deseo, acerquéme a ella e, mirando antes a Cayetano, díle un beso en la cara e dejé ella me besase.

- “¡Mi hijo con ropas tan ricas, excelencia!”.

- “Así ha de ser, mujer – le dije -, e no se ha comprado toda la ropa del servicio porque, a fe que recuerdo todos tenéis ropas lujosas e aún no se han estrenado, que para la Navidad se compraron y en el otro lado del mundo estábamos. Estrénese pues lo mejor”.

- “No quisiera yo hacer desto un «pase de modelos» - rió Su Ilustrísima -, mas he traído de Ronda los mejores paños para la liturgia: corporal, palia, hijuela… e por no ser menos a los ojos del Señor, traigo la casulla bordada en oro que sólo usé en el año dos mil. Vistamos nuestros cuerpos de ropa nueva e nuestras almas también, pues quien quiera confesión para entrar en Gracia en esta nueva época de nuestras vidas, puede pedírmela”.

- “Paréceme todos deberíamos asearnos por fuera e también por dentro – dijo el inspector leonés -, que la ocasión creo lo merece”.

- “Preparemos entonces toda la casa – dije -, para acoger en ella también a Dios Nuestro Señor”.

En Grazalema e a diez y seis de abril del año de dos mil e ocho.

15 abril, 2008

De las compras para la inauguración

uise yo viniese Víctor, el maestro, con nosotros a Sevilla diciéndole que así nos ayudaría con los pequeños, mas engañándolo en cierto modo, pues no era de razón que el maestro gastase parte de su sueldo en ropas para inaugurar nuestra casa; así, pensé que sus ropas correrían de nuestra cuenta.

Tomamos el coche temprano y bajamos la ribera aún esquivando trozos rotos e árboles caídos. Paramos, como ya era costumbre no eludible, en la venta del Tikutín e llegamos a Sevilla cuando los almacenes abrían. Encontramos poca gente, preguntó Marcos por las ropas e subimos aquellas escaleras cuyos escalones se mueven, que a esta generación de hombres no entiendo, pues siendo escalones, son para subirlos. Pero descubrí que, si yo subía como en escalera normal, llegaba de una planta a otra en muy poco tiempo.

Por fin, acercóse un señor sonriente e preguntónos lo que deseábamos comprar e fue Marcos casi lacónico e casi agresivo:

- “Buenos días – dijo - ¿Veis las personas que juntas venimos? ¡Los mejores trajes que tenga para cada uno, por favor!”.

E aquel hombre fue atento e mostrónos trajes muy ricos e lujosos e allí los fue poniendo ante nosotros diciéndonos cuál dellos iba mejor a cada uno. E tras ver muchas ropas, pasamos a unas pequeñas estancias llamadas «probadores» e salimos cada cual con los que más le agradaban.

- “Los mejores quiero para mis pequeños – le dije -; no importa el precio”.

- “Así será, señor – contestóme -, mas ya he dicho a su compañero que habrán de pasar allí, a aquel otro lugar que es para los más pequeños”.

Me gustó hubiese un lugar de ropas para mis niños, pero hube de interrumpir mis pláticas con aquel señor, pues Víctor negábase a que se le comprase ropa alguna. Así, me acerqué a él inquisitivo e le dije que eligiese el mejor traje para él e que ya ajustaríamos las cuentas.

Probados los trajes, vimos que algunos tenían los pantalones o mangas un poco largas e nos dijo el señor tendero que los dejásemos allí e volviésemos la semana siguiente a recogerlos con algunos arreglos hechos. Entonces, intervino Marcos:

- “Escúcheme con atención, señor – le dijo -, que son estos trajes para este domingo. Mire vuesa merced son de nuestro talle que en casa habemos dos mujeres que harán los arreglos necesarios”.

E tomándome Marcos aparte, me dijo que María y doña Pastora dejarían los trajes a nuestro talle e medidas; e fue la idea de mi agrado.

Compráronse calcetines, zapatos, corbatas e todo atuendo de la mejor calidad e, ya preparados con todo el nuevo equipaje, dejaron aquellos hombres las bolsas en otro lugar e fuimos a tomar un segundo desayuno.

Al final, cuando ya habíame acostumbrado a aquellas escaleras, recogimos todas las bolsas e las llevamos al coche.

E volvimos para Grazalema e mirábame mi pequeño Carlitos e me sonreía en sabiendo que iba a ponerse el primer traje más rico de su vida.

En Grazalema e a quince de abril del año de dos mil e ocho.

Del despertar con los niños el día de las compras

ormía aún cuando noté en el cuello unas cosquillas e a punto estuve de volverme y capturar las manos de Marcos, mas le hablé casi en sueños:

- “¡Marcos! – dije - ¿Acaso no tenéis otra forma de hacerme despertar?”

E para mi sorpresa, oí una voz tras de mí que me dejó inmóvil:

- “No soy papá Marcos, papi; adivinad quién soy”.

La voz que oí no era la de Marinín, que había costumbre de entrometerse sin nuestro permiso en la cama, sino ¡era Antonio! Me volví a priesa e le vi allí mirándome sonriente.

- “¿Puedo saber qué hacéis aquí sin pedir antes la venia? – le dije -; las buenas costumbres desta casa estamos perdiendo”.

- “Perdonad mi atrevimiento, papá – dijo azorado -, mas he oído a Marinín decir le dejáis entrar algunas veces”.

Lo acaricié y lo abracé mientras hacía cosquillas a Marcos en su cuello.

- “Tenéis razón, hijo – le dije -, no quiero preferencias para ninguno de los tres”.

- “Pero… ¿qué es esto? – exclamó Marcos - ¿Qué hacéis sin la venia metido en nuestra cama y haciéndome cosquillas?”.

- “Sólo he venido a llamaros temprano, papá Marcos – le dijo -; a Sevilla deberemos ir cuanto antes a comprar esas ropas tan bonitas que decís”.

Marcos e yo no supimos qué cosa decirle. Había entrado sin permiso como a veces lo hacía Marinín y había llamado a Marcos «papá Marcos». Comencé a jugar con él alzándolo en los aires y hacíale Marcos cosquillas para que riera. Pensé que todos ellos deberían tener la suerte de compartir el despertar con nosotros si ello les apetecía.

- “¿Sabéis una cosa, mocoso? – le dije -. Antes de irnos hoy al baño vamos a jugar un rato”.

- “¡Marino! ¿Qué decís? ¿Os habéis vuelto loco?

- ¡Vamos, pequeño! – acaricié sus cabellos - ¡Corre a llamar a tus hermanos y diles que aquí os requiero para jugar!

El pequeño saltó de la cama y salió de la estancia dejando la puerta abierta e Marcos me miraba asustado.

- “¿Sabéis lo que hacéis, Marino? – me dijo -; el despertar no me desagrada, mas no lo quiero así todos los días”.

- “¡Dejadlos disfrutar de nosotros!”.

En pocos instantes, entraron en la estancia los tres pequeños corriendo e riendo e Carlitos cerró la puerta. Saltaron a la cama e hubimos muchas risas e veíase la felicidad en sus ojos.

- “Pronto – les dije – llegará la hora del baño. Quiero que os aseéis mejor que nunca e os pongáis el traje de la misa de los domingos. Cuando volvamos de Sevilla, tendréis uno tan bonito, que se usará el que tenéis agora para cosas menos importantes. Pero… ¡Hay una condición!”.

Los tres nos miraron sonriendo y expectantes y no pude evitar incorporarme, besar a cada uno y besar luego a Marcos. Entonces, nos besaron los niños a los dos.

- “Los tres podréis venir a jugar con nosotros los fines de semana, pero sólo si antes de entrar tocáis a la puerta e pedís la venia. No hay mucho tiempo – les dije -, mejor será os aprestéis en el baño. Iremos nosotros a ayudaros a vestiros como si a una fiesta fuésemos”.

Cuando todos salieron de la estancia, volvióse con cautela Marinín e, asomando la cabeza, dijo:

- “Gracias a los dos por lo hecho, papis”.

14 abril, 2008

De la inauguración de la casa

ubíamos de lo que fuese la casa de el chusco e venía Marcos recordando todo aquello que habría de hacerse en los días siguientes, pues ni restos humanos encontramos ni trozo de coche que pudiese identificarse. Según Marcos, quedaba pendiente la inauguración e bendición de la capilla y el almuerzo con la excelentísima señora alcaldesa, que nos visitaría acompañada de tres de los sus ediles. Así pues, mi mente unió aquellos acontecimientos en uno solo e dije a Marcos debería acompañarme al pueblo para saber qué día sería el apropiado para tanta inauguración.

- “El domingo sin duda, excelencia – dijo al estar presentes los inspectores -, que todos tienen mucho tiempo libre e ha de celebrarse misa solemne en tales actos”.

- “Cosa tal debería decidir Su Ilustrísima – le contesté -, mas no paréceme tome a mal se hagan todos los actos juntos en domingo”.

- “En llegando a casa – respondióme -, he de tomar baños, cambiar las ropas, consultar con Su Ilustrísima e ir al pueblo a conocer si es posible que la señora alcaldesa venga el domingo. En sabiendo tal cosa, todo podría aprestarse”.

- “Sea así”.

E así fue, que dio Su Ilustrísima conformidad de celebrarlo todo el mesmo día, mas dando a cada acontecimiento su importancia. Decidió entonces Marcos saltarse el protocolo habitual e pidióme escribiese a la señora alcaldesa un saluda invitándola a todos los actos el día que hubiese tiempo para ello. Fue al pueblo a entregar la misiva e volvió contento e apurado.

- “¡Marino! – me dijo al entrar -, que la alcaldesa no podría venir a tales actos si no se celebrasen este domingo próximo”.

- “Demasiado precipitado paréceme – contestéle indiferente -; déjese para otro domingo”.

E vi que Marcos daba paso atrás cabizbajo e no decía palabra.

- “¿Acaso no quisiera asistir esa señora a nuestras inauguraciones? – preguntéle con enojo - ¡Mejor concepto della tenía!”

- “No es eso, querido compañero – dijo en voz baja -, sino que pensando que ya llevamos aquí tiempo sobrado por culpa del asalto e la tormenta, al decirme debería ser el domingo próximo… ¡he aceptado!”.

- “¿Qué decís? – grité - ¿Sabéis cuánto preparativo habremos de hacer?”.

Y estando Su Ilustrísima oyéndonos sentado en su rincón, levantóse parsimoniosamente e dirigióse a nosotros sonriente e dejando balancear su sotana y en diciendo:

- “No os pediría yo que preparaseis mis hostias para la misa, que eso es sólo asunto mío. Preparen vuesas mercedes los atuendos e pedid al servicio adecente la casa e figure un yantar que haga las delicias del más exigente. Poca semana hay”.

- “¡Comiéncese agora! – les dije -. Los mejores atuendos quiero para ese día. A Sevilla iremos. Quiero a mis niños como ángeles. Busque Su Ilustrísima lo mejor para esa liturgia. Yo vestiré mis mejores galas e haré una lista de todos los invitados ¡Trabajemos!”.

En Grazalema e a catorce de abril del año de dos mil e ocho.

13 abril, 2008

De los seres inocentes muertos por la tormenta

or la carretera abajo fuimos serpenteando los inspectores, Marcos e yo.

- “Por fortuna – dijo Marcos –, aún hay carretera que pisar e algún coche sube”.

- Así paréceme – dijo el chusco – e significa eso que la guardia de Ronda estará pensando en venir ya a ver lo ocurrido”.

- “Pienso yo entonces – dijo el inspector leonés – que no debería aparecer por aquel lugar, sino esconderme en la casa”.

- “E si no habláis vuestro puro castellano – le dijo el chusco - ¿Quién va a saber no sois del pueblo?”.

- “¿Mudo pensáis dejarme, inspector Mendoza? – se extrañó el leonés -; demasiado hablo yo para restar quedo más de diez minutos”.

- “Pues haced el esfuerzo, que para eso sois inspector como yo”.

Caminamos varios kilómetros carretera abajo esquivando montones de hierbas, pisando fango e saliendo al campo por evitar estorbos. Al fin, en llegando al lugar del asalto, encontramos dos coches de la guardia e miró el leonés al chusco en complicidad para hacerse el mudo.

El camino que subía a la casa era un río nuevo e tomamos por un atajo. La casa no estaba donde se suponía debería e dos guardias miraban con meticulosidad el terreno.

- “¡A la pá e Dió!” – les dijo el chusco -.

- “¡Buenos días! - contestó sólo uno dellos -. Deste lugar me retiraría yo agora, que parece peligroso”.

- “No tal – dijo el chusco -, que peligroso ha sido unos días por la tormenta e fuíme a casa de mi prima por evitar desgracias. E veo las he evitado, pues puente, casa e ganado ha desaparecido”.

- “¿Acaso sois vos el dueño desta finca?” – preguntó el otro guardia sin mirarle -.

- “Lo soy – contestóle -, aunque bien veo ha mermado”.

- “Dícese que hubo aquí grande matanza no ha muchas noches – continuó el otro guardia -, e aquí nos hallamos para ver lo que dello hay cierto”.

- “¿Matanza? – exclamó aterrado el chusco -; al otro lado del río estaba mi casa e mi ganado e no los veo ¿No será que un rayo se lo llevó todo?”.

- “Pues será que en esos momentos había hasta veinte guardias en este lugar – contestó el mesmo -; e no creo desaparezca la gente como por artes mágicas”.

- “Si guardias hubieran sido – contestó el chusco -, su misión hubiera sido salvarme de la tormenta, que hube de hacer muchos esfuerzos e todo lo perdí ¿Qué guardia es esa que aparece cuando todo ha pasado?”.

Entrambos guardias rondeños le miraron con extraño e, viendo que no había sino restos de una casa e caminos arrasados, le pidieron excusas por lo dicho. Mas bajando uno con dificultad por el camino, volvióse a nosotros e preguntó:

- “¿Sabe alguien desta ribera si, aparte de truenos e centellas, oyéronse explosiones como de bombas? Más abajo en la carretera hemos hallado restos de coches”.

- “¡Santo Dios! – exclamó Marcos haciendo gestos de sordomudo con el leonés -, paréceme que la gente que bajaba huyendo de la tormenta encontró su final en estos campos. Dígase a la guardia que venga pasado mañana a ver el terreno ¡Puede haber amigos nuestros!”.

- “Se esperará a que la tierra se seque otro poco, señor – dijo uno de ellos -, mas no temáis por familiares, que bien sabemos están todos a salvo”.

- “¡A Dios gracias – exclamó mirando a los cielos – no son esos coches de gentes del lugar e, por desgracia, puede que alguien haya sido muerto por algún rayo!”.

- “En dos días vendremos – dijeron -. Si quisiéredes ayudar a encontrar a esos seres inocentes que la naturaleza se ha llevado, aquí nos habréis de encontrar”.

En Grazalema e a trece de abril del año de dos mil e ocho.

12 abril, 2008

De cómo cambió la vida al terminar la tormenta

ra la media noche cuando parecióme el ruido de la lluvia y el viento se alejaban. Marcos se volvió hacia mí sonriendo en la penumbra.

- “¡Santo Dios! – dijo - ¡Ya no recordaba lo que era el silencio de la noche!”.

Fue más fácil el dormir e más descansado el despertar e no hubo otra plática durante el desayuno. Asomában tímidamente los rayos del sol por las ventanas e decidimos salir de la casa sin alejarnos mucho. La tierra debería estar empapada e podría ser peligroso caminar por el campo.

- “Una tormenta como esta – dijo Su Ilustrísima – debería haber venido en noviembre e no agora, que encerrados una semana en casa, aunque bien es verdad que no me apetecía mucho salir a dar paseos, es demasiado tiempo para estar encerrados. E más aún, diría yo, cuando no hay chimenea donde tostarse los pies”.

Rieron los niños por lo dicho e, Antonio, mirándole con teatro, le dijo:

- “Su Ilustrísima debería hacer como nosotros – excúseseme el consejo -, que no leer nada es la puerta a la ignorancia e leer demasiado es la puerta al aislamiento. Nosotros, tío Juan, hemos leído y estudiado asaz nuestras liciones sacando provecho dello, mas hemos escrito cada cosa nueva que sentíamos. Estas plumas leonesas de oro que nos ha regalado el inspector, nos han servido para ello”.

- “E… - le miró con extraño - ¿habéis aprendido mucho ya de cómo escribir con pluma? No todos los niños tienen una pluma de oro y de León; es más, niño no soy y no la tengo, sino que escribo con otros utensilios”.

- “Tampoco el utensilio me parece importante, tío Juan – contestóle -, que aunque pluma de oro no tengáis, lo importante es escribir”.

- “No os quito la razón, niño – dijo un tanto enfadado -, pero en mi luenga vida (no comparándola con la de mi sobrino) hasta doce libros he escrito”.

- “¿E os sería de mucho estorbo – preguntó entonces Marinín – nos dijerais si lo por nosotros escrito bien pudiera ser un buen comienzo para escribir libros?”.

- “¡Dadme esos manuscritos que yo los lea!” – le dijo Su Ilustrísima con interés - ¿Quién sabe si alguna de vuesas mercedes pudiere ser escritor el día de mañana?”.

E así, pensando en darle sus escritos a tío Juan, nos asomamos con cautela a la puerta, pero fue el paseo corto, que sólo podía pisarse la parte que había solada e la de tierra se hundía.

- “Inspector – dije a don Jacinto aparte -, observe como el agua que ha bajado de la fuente ha llenado la carretera de fangos e matojos. Mas vos e yo debemos bajar, sea cual sea la forma, a comprobar el lugar del asalto”.

- “Con el inspector Mendoza hemos de hacerlo – apuntó -, que supongo querrá ver lo que de su casa resta”.

- “Así pues – le dije -, vendrá también con nosotros Marcos”.

- “Sea así cuando la tierra se seque un poco – concluyó -, que no me gustaría verme con los lodos en el cuello”.

En Grazalema e a doce de abril del año de dos mil e ocho.

11 abril, 2008

De la preocupación de don Jacinto

iraba el inspector por la ventana que asoma hacia la parte baja de la ribera viendo el manto de agua que aún caía e cómo el viento casi arrancaba los árboles de la tierra. Acerquéme a su lado a mirar e vi un rostro triste e inexpresivo.

- “Tiene Grazalema la fama – le dije – de ser el lugar de España en donde más llueve en menos tiempo. Una semana llevamos e dicen que estas aguas van hacia el mar arrastrando todo lo que encuentran”.

- “Así como lo decís es, excelencia – asintió -, mas dicen también que esta vez no ha sido sólo esta lluvia y ventisca aquí, sino que todo el Andalucía anda con problemas por lluvias como las que estamos viendo”.

- “Fenómenos como este – le dije – también los he visto en otros lugares de España a lo largo de mi vida, pero eso es casi siempre normal aquí”.

- “¡Lleva una semana lloviendo día e noche como cortina de agua!” – me miró asustado -. No puede salirse ahí afuera si no quiere ser uno llevado por los vientos o muerto por un árbol”.

- “Háceme pensar esto, inspector – le sonreí -, que trabajo va a costarle a la guardia de Ronda investigar lo ocurrido, pues con esta agua y este viento, según lo que veo que se ha llevado de en derredor de nuestra casa, poco van a encontrar allí”.

- “En eso he pensado, excelencia – me dijo -, que las «sorpresas» que truje no dejan huella, sino dedos e vísceras esparcidas por doquier”.

- “Roguemos entonces a Dios Nuestro Señor – le dije – que dedos e vísceras sean arrastrados por el arrollo hasta el Gaidóvar, que lo llevará con más fuerza aún hasta el Guadalete y, en habiendo hecho un lago en él para guardar el agua a los pies de Zahara de la Sierra, los peces han de dar buen cumplimiento de todo ese desperdicio”.

- “Hasta donde habláis – dijo -, más que posible lo veo, que hanse llevado viento y agua ese olivo casi centenario hasta cinco metros ladera arriba. Habría que volver a ponerlo en su sitio cuando escampe por no perderlo. Lo que no pensáis es que esa gentuza ha desaparecido «justo» cuando yo he venido a Grazalema e faltarán algunas armas en León sin justificante alguno”.

- “¡Cierto!” – le dije con sorna -, que vuestro viaje turístico ha coincidido con el temporal e no habéis podido salir desta casa”.

Y en oyendo «el chusco» lo que decíamos, rompió en risas, levantóse con la copa en la mano y púsose al lado de su compañero.

- “Juraría yo, don Jacinto – le dijo -, que no muy bien conocéis a los andaluces, que dejarán para mañana lo que debieron hacer el día del asalto e, cuando vengan ya sin riesgo a ser arrastrados por el viento, el arroyuelo que cerca de mi casa discurre, no sólo se habrá llevado todas esas pruebas, sino que mucho me temo que tenga que construirme yo otra casa nueva”.

- “¿Tal cosa decís en serio? – le miró con espanto -.

- “He de comentaros – le dijo – que en cuarenta años que aquí llevo de servicios, sólo una vez hubo una tormenta casi como esta. Mas fue la mitad de fuerte que esta e sólo duró dos días. Hasta un año después no pude tener casa e se me pagaron los gastos de la posada”.

Parecióme ver al inspector más animado e quise yo animarlo más aún.

- “En viendo que esta tormenta amainará esta tarde – le dije -, hasta allí iremos cruzando los campos, que no han de estar las carreteras para el paso de mucho coche. Revisaremos todo bien e, cuando la carretera esté en condiciones de que llegue la guardia desde Ronda, desperdicio que encontremos, desperdicio que desaparecerá, mas habré de apostarme con vuesa merced que si aparece un solo desperdicio, hasta 50 euros le daré por cada uno que hallemos”.

- “¡Santo Dios!” – sonrió -, muy seguro os veo yo de no ser detenido por delito alguno. Ya daría yo algunas voces de enfado en León por la desaparición de algunas municiones”.

- “Nunca serán encontradas – dijo el chusco – e nunca necesitaréis un cabeza de turco. Desaparecieron ¿Quién las va a relacionar con la tormenta de Grazalema? Vuestra nave está en Sevilla e de allí no ha partido, porque es la semana de la Feria de Abril e habéis tenido que pasarla en mi casa por haber allí aguacero tan fuerte como este ¡Lástima, don Jacinto, que no hayáis podido ver ni toros ni feria! ¡En toda España se sabe!”.

En Grazalema e a once de abril del año de dos mil e ocho.

09 abril, 2008

Del comportarse como adulto

eguían los días de viento e lluvia tan fuerte que no podíamos salir a la calle. Nos reunimos en pláticas todos y dejamos a los niños con Víctor hasta el medio día, mas nos unimos todos por la tarde e hablamos de otras cosas. Parecióme ver al inspector con más ánimos e dábales juegos a los pequeños. Sin duda, faltaba la chimenea, pero el ambiente era cálido.

- “Pondría – dijo el chusco – una chimenea aquí cerca, excelencia, que no sería para calentar la casa, sino para dar al salón un toque de casa de campo, que aunque palacio parece de por dentro, el fuego deja a veces la vista clavada en él e sirve para otros menesteres”.

- “Tal cosa ya está prevista – le dije -, que yo mesmo echo a faltar las llamas”.

- “Papá – me dijo Antonio tirando de mi manga -, la casa es lujosa e muy cómoda como dicen estos señores, pero sin chimenea paréceme falta algo”.

- “Ven aquí, hijo – le abracé -; cualquiera cosa que echéis a faltar en esta casa, decídmela. Quiero una casa completa para todos”.

- “Helados tengo los pies – dijo Su Ilustrísima - a pesar de estar la casa caliente. Es como tomar chocolate caliente en verano o gazpacho fresco en invierno”.

- “La tormenta parece grande – dije levantándome – e varios días ha de durar. Siento proponer a todos no se salga al jardín ni a la entrada”.

Oyóse en aquél momento un trueno e vino Marinín corriendo hasta mí aterrado:

- “Rogad al Señor con Ilustrísima – me dijo – pasen pronto estos truenos e relámpagos. Sé que oráis e lo conseguís”.

- “Oraré por ello, hijo – respondíle -, pero es Dios quien trae estas tormentas para el bien de los campos. Cuando Él oportuno lo crea, dejará de tronar. Sentaos aquí a mi lado e nada os pasará, que si algo os pasare, con vos moriría yo también”.

Me miró el inspector con desconfianza, pidió excusas e marchóse a sus aposentos.

- “Sin duda, sobrino – me dijo Su Ilustrísima -, preocupado está el inspector. Dejadle unos días de solaz, esperad a que salga el sol y todo será diferente. Mas quiero deciros que en riesgo está su profesión e yo mesmo hablaré con él. Pensemos en un trazado que le libre de penalidades”.

- “El Señor nos iluminará sin duda, Ilustrísima – contesté -, que a hombre que tanto ha hecho por todos nosotros no va a dejar agora abandonado”.

E jugaban los niños por el salón correteando menos Marinín que estaba pegado a mí por algo que no le iba a hacer daño. A veces todos somos como niños.

En Grazalema e a nueve de abril del año de dos mil e ocho.

08 abril, 2008

De los días de lluvia en Grazalema

os días llevábamos ya de viento e lluvia, casi tres, de la que todos los grazalemeños conocen e, aprovechando Su Ilustrísima estábamos solos en el salón en nuestras lecturas, levantó la vista de su libro e me miró grave.

- “Buena idea es esta de mantener la casa a su temperatura con esas calderas, sobrino – me dijo -, mas echo a faltar el fuego en el hogar para acercarme y entrar en calor”.

- “Agora que hacéis tal comentario – le dije -, pensaba yo también en el tiempo del otoño, cuando a los pequeños les gusta jugar con el fuego, asar sus castañas e tostar pan para untarle ajo e aceite”.

- “Me agrada me deis la razón – dijo riendo – e no como se les da a los locos ¿No echáis a faltar el fuego ahí cerca?”.

- “Lo echo, Ilustrísima – le dije -, aunque bien no he razonado sobre esto hasta agora. Sabed que tengo hablado con el arquitecto se hagan los cambios necesarios. Uno dellos, será el de poner ahí una chimenea aunque la casa se caliente con la caldera”.

- “Agora que más tiempo estoy con vuesas mercedes – aclaró -, voy viendo cómo se mueve esta familia, e ya sabéis no me gusta llamarla así. Si hubiese agora una chimenea olería la casa a mi sotana tostada”.

- “Cierto es eso – le dije -, aunque en las habitaciones no las haya, que estando templadas, no hace falta fuego alguno”.

E mirándome con misterio estuvo una pieza en silencio e habló luego:

- “Indiscreto no quiero ser, sobrino, mas… ¿no habéis notado una extraña tristeza en la mirada del inspector?”.

- “Sin duda, Ilustrísima – razoné -, en un aprieto se halla, que nadie va a creer no ha intervenido en esta matanza”.

- “¡Dios perdone a todas esas almas, a vuesas mercedes e a los inspectores! – levantó la vista al techo -, que no hay otro remedio a veces que la guerra para obtener la paz. Mas si esta guerra va a traer problemas a los inspectores, yo mesmo he de defenderlos”.

- “Si ni vos ni yo habemos una solución – le dije -, a mi hijo Marinín preguntaré y es seguro me dirá las medidas a tomar”.

- “Es un ángel, sobrino, es un ángel ¡Ya os lo he dicho!”.

En Grazalema e a ocho de abril del año de dos mil e ocho.

06 abril, 2008

Del acuerdo de los padres

espierto estaba, al amanecer, cuando abrióse la puerta de nuestra estancia muy de espacio. Miré con disimulo e no dije nada. Marinín entró y volvió a cerrar corriendo hasta mi lado. Sin pedir venia alguna, levantó la colcha e metióse en la cama abrazándome muy fuerte. Seguí con los ojos cerrados.

- “Papi – susurró - ¿Estáis dormido?”.

- “Lo estaba, hijo, lo estaba – le dije -, pero nunca voy a enfadarme porque me busquéis como agora”.

- “Estorbaros no quiero – continuó -, ni a tío Marcos ni a vos, mas no puedo dormir”.

- “Decidme qué os pasa – lo besé e abracé -, pues no entráis por costumbre sin aviso”.

- “Anoche vimos los relámpagos e oímos la tormenta – dijo -, pero ni eran relámpagos ni tormenta. Acaso, han venido otra vez esos que os buscan para daros muerte”.

- “Eso no tiene importancia, hijo – suspiré -; ya todo ha pasado e aquí tenéis a vuestro padre e a vuestro tío con vos ¿A qué preocuparos?”.

- “He pensado que acaso hayan venido esos hombres – dijo – por haber yo tomado medidas en Sevilla que os hayan hecho perjuicio e sabéis que no quiero a nadie como a vos”.

- “¿Qué decís? – despertóse Marcos -. Estas cosas pasan porque tienen que pasar, pero puedo aseguraros que ya no habrá más tormentas desas que os asustan”.

Viendo Marcos al niño en la cama, volvióse hacia nosotros e le habló quedo:

- “¡Venid, Marinín! - dijo -; poneos aquí entre vuestro padre e yo ¡Vivos estamos e vivos seguiremos a vuestro lado! ¿Qué os asusta?”.

- “Nada me asusta si estáis conmigo, tío Marcos – le dijo -, pero no quiero más luchas ni más tormentas desas. Prometedlo”.

- “Prometer eso es imposible, pequeño – le dijo -; no puede prometerse lo que no se sabe va a ocurrir, mas sí puedo aseguraros que, a partir de ahora, viviremos todos juntos. Tenéis mucho que estudiar e aprender cuanto conocimiento ha vuestro padre. E ya sabéis que él no va a dejaros”.

- “Tío Marcos – preguntó el niño inseguro -, ¿podríais ser vos también como mi otro padre?”.

Miróme Marcos asustado e le hice un gesto. Yo debería dar aquella respuesta.

- “¡A ver, Marinín! – le dije -; sois vos el que pide que tío Marcos sea también como vuestro padre e… padre no hay más que uno”.

- “No es así, papá – me dijo sonriendo -, que siempre estáis juntos y tomo a tío Marcos como mi otro padre e no quiero llamarle tío Marcos”.

- “¿No os dais cuenta de que lo que decís es muy difícil? – preguntéle en risas -. Si tío Juan os oye llamar a tío Marcos «papá Marcos», con un tío menos os quedaréis. Haremos una cosa. Seguid llamando a Marcos «tío» aunque sintáis es vuestro padre”.

E volviéndose de contento a Marcos, lo abrazó e lo besó e le dijo algo al oído que no pude entender.

- “Os lo acepto, hijo – le contestó Marcos -; os lo acepto”.

- “¿E no habrá más truenos ni huidas ni espantos? – me miró feliz -. Vestíos siempre con ropas modernas e dejad la guardia. Habemos de sembrar mucho”.

- “Sí, hijo – contestóle Marcos -, habremos de sembrar mucho”.

En Grazalema e a seis de abril del año de dos mil e ocho.

Del ataque inesperado (2/2)

ás que una cena, nuestra luenga reunión convirtióse en una plática sobre lo acaescido. María, razonando lo que allí iba a hablarse, tomó a los niños con Marta e los llevó a sus dormitorios. Su Ilustrísima no dejaba de rezar entre dientes por cada cosa que oía y el reloj seguía dando las horas.

Ya muy tarde, casi al amanecer, oímos llamar a la puerta. Cayetano salió a atender a los visitantes y encontróse con los inspectores. Los hizo pasar al comedor, se les sirvieron algunos manjares a los que dieron buen cumplimiento e, poco a poco, explicaron que la guardia de Ronda había hecho muchas preguntas.

- “Sepa vuesa merced, excelencia – aseveró el inspector leonés -, que esta guardia de Ronda no es tonta. E no pudiendo yo intervenir en estas luchas por defenderos, como bien sabéis, hemos inventado un cuento. Mas no es cuento que la guardia un día convierta en realidad. Así, el inspector Mendoza como yo, habremos de pasar un por un tribunal, que es llamado Consejo de Guerra. Sólo un cambio completo de nuestra identidad nos salvará de un severo castigo, si no de la muerte”.

- “¿La muerte decís a quién os debe la vida? – preguntéle sonriendo -. Pasará todo el ejército de España antes sobre mi cadáver. Dejadme cambiaros de forma tal que nadie sepa quién sois ni qué cosa hacíais aquí, en Grazalema. Dejemos luego pasar un tiempo prudente y volveréis a ser quien erais”.

- “Mucho me temo, excelencia – contestome cabizbajo -, que si no cambio de identidad moriré por traidor y si cambio… cambiaré para siempre”.

- “Es vuestra pues la decisión, inspector – le dije -, así como vuestra ha sido cuando os habéis decidido a salvarme, mas sabed que no voy a abandonaros. Dejadme buscar el mejor remedio”.

- “Si os es posible obtener documento donde se certifique mi muerte – dijo -, será cuestión entonces de buscarme otra identidad”.

- “Con un real he pagado favores, inspector – comenté - ¿Cuánto sería un real en euros?”.

En Grazalema e a seis de abril del año de dos mil e ocho.

Del ataque inesperado (1/2)

ún estábamos terminando de preparar nuestro puesto de vigilancia cuando oímos acercarse algunos coches. Era la hora del crepúsculo, donde no hay obscuridad total, sino que las sombras se confunden con lo real. Nos echamos al suelo por no ser vistos e pareciónos que hasta diez coches llegaban a la subida a la casa. No pudiendo subir por aquel estrecho camino en sus coches, oímos golpes suaves de cerrar las puertas e comenzamos a ver a unos hombres vestidos de colores obscuros subir el camino intentando ocultarse a sus lados, entre las paredes.

Pasaron por delante de nosotros, dos metros más abajo, hasta diez hombres e seguíanles otros tantos. No había tiempo para pensar. En llegando a la planicie donde el puente estaba, se les cortaba el paso hacia la casa e hablaron algunas cosas muy quedo. Casi veinte hombres se habían acercado a la casa iluminada en su interior, cuando el inspector, con gesto muy grave, apretó algo que llevaba en su mano y oímos muchas explosiones, casi simultáneas, que iluminaron la noche desde la carretera.

Corrieron todos a la planicie por ver si podían pasar el río, pues los coches que traían, habían saltado en llamas por los aires. Salté yo entonces con mi uniforme negro, mi sable e un pistolete a un lado del camino e, viendo que todos se reunían antes de cruzar hasta la casa, me eché al suelo esperando la trampa prevista.

Jamás había oído explosiones tan fuertes que ni me dejaron oír gritos de dolor. Sobre mi espalda pasaron trozos de metal, piedras o cualquiera otra cosa. Hízose luego el silencio e oí unos pasos que bajaban a priesa desde la casa. Púseme en pie e vi venir una sombra.

- “¡Capitán, Capitán – gritó aquel hombre -, a fe que no entiendo tanto fuego!”.

- “¡El mesmo que pensabais darme a mí – le dije con mi blanca en la mano -; mas ya veis que otro había previsto!”.

- “Aseguraros puedo de que nada os pasará – gritó -, que sólo veníamos a llevarle para ser juzgado”.

- “¿Y sería esta la forma en que se me juzgaría? – respondí - ¿Acaso pensabais que el fuego me extinguiría de por siempre como ha hecho con vuestros hombres?”.

- “Venid conmigo en paz – dijo – e todo será aclarado”.

Mas en ese instante, un disparo del inspector le atravesó el pecho e cayó cadáver.

- “¿Qué hemos de hacer agora? – preguntó espantado Marcos -; todo está lleno de… restos… ¡Oh, Dios mío!”.

- “¡Vamos! – gritó el chusco - ¡Corred entrambos campo a través a vuestra casa, esperad que llegue el refuerzo de Ronda que avisaremos e allí volveremos! ¡Esperadnos con algún buen vino. Tardaremos!”.

Corrimos Marcos e yo sin cosa alguna cruzando por los campos que nos llevaban a la Fuentefría. Más de media hora huimos sin parar e, llegando a la casa, nos esperaba Su Ilustrísima (acompañado de todos) e diónos la bendición a voces.

- “¡Decidnos, decidnos a todos si hase resuelto el entuerto a Dios Gracias!”.

- “¡Preparad buen vino e buen yantar – les dije -, que tras nosotros vendrán los que nos han salvado la vida enviados por el Señor!”.

Acerquéme a mis pequeños e no quise abrazarlos polvoriento (e impregnado de quién sabía qué cosas). Trujo Cayetano una jarra de agua clara e lavé mi cara e mis manos e, con lágrimas en los ojos, abracé a mis pequeños e besélos e pasamos luego a la casa todos de la mano de Marcos e tras Su Ilustrísima (que rezaba unos latines), pasamos al comedor e nos excusamos por haber tiempo de asearnos e cambiarnos.

En poco tiempo, todos estábamos en el comedor esperando la llegada de los inspectores.

04 abril, 2008

Del trazado de la defensa al ataque sorpresa

abía yo que hablar algo en el pueblo sería difundirlo con la mesma rapidez con que corre la llama sobre un reguero de pólvora, mas no sabíamos cuáles serían los planes de los asaltantes: ni día ni hora. Exploré con disimulo los alrededores de la casa e hice un plano.

El camino que subía hasta allí era serpenteante e muy inclinado y, en algunos tramos, quedaba como hundido en el terreno y flanqueado por paredes de tierra e matojos de hasta dos metros de altura. En llegando a la parte más alta, encontrábase una pequeña planicie que daba al río, al lugar donde estuviese el puente que desmontamos. Tomando por un camino hacia la izquierda, muy inclinado, se subía junto a la corriente y era éste muy estrecho obligando al caminante a rozarse con las adelfas. Algo más arriba, podía verse el río más claramente, pero era más ancho e más profundo, aunque con menos corriente. Yo no atravesaría por aquel lugar, pues estaba la orilla opuesta por completo sembrada de adelfas, zarzas e otros matojos, tras los cuales, veíase con claridad una pared de rocas dificultosa de escalar. Desde la planicie hacia abajo, siguiendo la corriente del riachuelo, se perdía el camino entre rocas, veíase uno obligado a entrar en las aguas y se retiraba uno demasiado de la casa.

Al hacer el dibujo, comenté a mis compañeros lo visto e pregunté si habría otra forma de acercarse a la casa.

- “Por el puente, excelencia – dijo el chusco -, sólo por el puente era fácil acercarse directamente. Para llegar a mi redil e mis caballerizas, que detrás de la casa se hallan, debe bajarse río abajo hasta otro camino que no es muy adecuado para subir”.

- “Pienso yo – comentó el inspector leonés -, que estos hombres que se acerquen intentarán invadir la casa por el puente; e no está agora. Mas no sabemos si traen bombas peligrosas que arrojar hasta la casa o alguna otra arma potente como cañón que pudiese derribar los muros e aplastarnos aquí bajo el tejado”.

- “Mas apropiado veo – comentó Marcos -, que si vienen a destruir la casa y con ella al Capitán, no estemos nosotros aquí dentro”.

- “Fácil no es ni cómodo – dijo el chusco -, mas sabiendo las armas que trae el inspector e conociendo bien el terreno, subiría yo por el camino del río e bajaría luego por una trocha escondida hasta quedar asomados al camino principal de subida. Una dificultad tiene esto, pues habremos de cargar no sólo con las armas, sino con bastante ropa de abrigo e mantas, que no sabemos a qué hora llegarán”.

- “Puede dejarse la casa iluminada – dijo Marcos – como si aquí estuviésemos. Paréceme que tal cosa les atraería aquí e no pensarían en otro lugar”.

- “La trampa, amigo don Marcos – aclaró el inspector -, es buena, que aunque busquen por los alrededores no encontrarán nada sino en la casa, mas… las armas que traigo… son muy dañinas. Podría llegarnos su efecto al lugar que habéis nombrado”.

- “No tal – espetó el chusco -, que poniéndolas en la pequeña llanura que da al puente, si juntos vienen, descubrirán no hay puente y pienso yo se acercarán todos muy juntos por ver cómo pasar al otro lado. Al estallar esas armas peligrosas, quedaríamos nosotros ocultos tras unas rocas”.

- ¿Sabéis, inspector Mendoza – preguntó el leonés -, cómo hacer estallar mis armas? ¡Hay que tener a la vista al enemigo! ¡No podemos permitirnos un fallo!”.

- “Creo erráis – les dije -, pues en viendo e oyendo tales explosiones, correrían camino abajo huyendo e allí les esperaría yo mesmo como fantasma aparecido, tocado e con capa, como espectro de la noche, preparado para cortar cabezas”.

- “Algo más puede hacerse, si se me permite una sugerencia – dijo Marcos -, que acercándose los villanos a la planicie que tiene las armas, podríamos hacer estallar algunas a sus espaldas que les harían correr aterrados hacia la planicie”.

- “Quedaría entonces la trampa desta manera – dijo el leonés -, que en subiendo esos asesinos por el camino principal e pasando nuestro puesto de vigilancia, haríamos tal cantidad de ruido tras de ellos, que correrían a su propia trampa. Así, el Capitán saltaría al camino e, al verlos de llegar, echaríase al suelo o arrimaríase a la pared. Esto sería la señal de que están sobre la ratonera”.

- “Tal ataque podría ser a partir del atardecer – aseguró el leonés -; conozco bien a estos traidores. Necesitamos entonces tender algunos cables ocultándolos ¡Pongámosnos manos a la obra!”.

En Grazalema e a cuatro de abril del año de dos mil e ocho.

03 abril, 2008

Del primer paso para el ataque

uy de mañana, mudóse la familia del chusco a nuestra casa e fue acomodada en otra estancia muy cómoda. Hizo doña Marta - la esposa del chusco - gran amistad con María por su afición a la cocina e, aunque María la tomaba como invitada, en ningún momento le impidió trabajase en la cocina, que según decía, muy buenos manjares preparaba. E tenía el inspector Mendoza dos pequeños que hicieron gran amistad con los míos e parecióme fue Marinín quien organizó algunos juegos e comenzó a mostrarles tantas cosas como sabía.

Los inspectores, Marcos e yo, mudamos nuestras cosas a la casa del chusco, mas el pobre Marcos hubo de llevarnos con todo el equipaje en el coche, volver a la casa, encerrar el coche en la cochera e volver andando. Aquella casa, aunque rústica de por fuera, bien aderezada estaba de por dentro e, allí mesmo en el salón de la entrada, sentámosnos a la mesa e hicimos planes.

Cada mercader que se acercara a la casa, enteraríase con detalle de boca del servicio de que los «señores» estaban reunidos en «la casa de debajo de los agujeros», que así la llamaban. En la falda de una gran montaña e subiendo un camino dificultoso, se llegaba a una casa desde donde podía divisarse casi toda la ribera e, sobre ella, había una empinada pendiente que no permitía con facilidad acceder a ella. En este terreno casi vertical, podían verse unos grandes agujeros en el suelo como pisadas de algún animal gigantesco. Incluso desde mi nueva casa, a lo lejos, podían observarse con claridad. Así, si los que pensaban asaltarnos querían acercarse a la casa, deberían hacerlo por el frente, donde una corriente no muy abundante de agua (aunque sí profunda), hacía la llegada más dificultosa.

Al atardecer, cuando la penumbra cubría toda aquella parte, bajamos al puente de madera que cruzaba hacia la casa e diónos instrucciones el chusco de cómo desmontar ciertas partes y hacerlo girar sobre un lado. Desta forma, quedaba el puente del lado de la casa y paralelo a la corriente. Cualquiera que quisiese acercarse a nosotros debería mojarse antes.

No supe que «regalo» traía el inspector leonés para estos indeseables, pero sí advirtiónos de que, una vez colocados en el terreno, no deberíamos pisarlos.

Llegó la noche, cenamos alguna cosa e nos retiramos a nuestras alcobas esperando que el sol iluminase el horizonte – al frente de la casa – para continuar la preparación de la trampa.

- “Dos días – dijo don Jacinto – tardarán, a más tardar, en acercarse. Descansemos agora e luchemos entonces”.

En Grazalema e a tres de abril del año de dos mil e ocho.

02 abril, 2008

De la llegada del inspector leonés (2/2)

ubo durante el desayuno largas pláticas e no podía creer el inspector desayunábamos en la Serranía tales manjares.

- “Sabed, don Jacinto – le dijo el chusco -, que aunque mejor servidas están las viandas, es la loza elegida y la plata fundida para esta casa, estos mesmos desayunos tomamos todos. Probad esas tostadas con esas mantecas, que aquí son llamadas «manteca blanca e manteca colorá”; no dejéis para más tarde de catar esa masa frita, que ya en todos lados es conocida como churros y en otros como tejeringos. Sé que sois de buen yantar e, siendo hora temprana e tras tomar unas copas de licor, daréis buen cumplimiento a un almuerzo que en León no conocéis. Mas de eso ha de hablaros su excelencia, que invitado como vos aquí estoy yo”.

- “Si queréis catar un dulce rico – dijo Carlitos con la boca llena -, probad esas bolitas que son aquí llamadas «amarguillos».

- “Os aconsejaría yo – espetó Su Ilustrísima -, cataseis hoy lo que más os llame la atención, que en estando aquí unos días, todo lo habréis probado”.

E veíase el rostro de asombro de don Jacinto, el inspector leonés, al tomar un trozo desto e otro de aquello, mas tampoco era un rostro indiferente el de «el chusco», que si bien decía, aquellos manjares podían catarse en cualquier casa, mas no en servicio tan cumplido ni de tal calidad ni todos juntos.

E no queriendo se hablase de la empresa que le traía ni delante de los niños ni del servicio, salimos a pasear un poco por el campo e dejamos a los pequeños con Víctor en sus liciones.

- “Supongo estáis bien informado de todo – le dije -, que habiendo estado en el extranjero tanto tiempo, no sé agora como está el patio”.

- “Pues he de deciros, excelencia – comenzó a hablar -, que no está «el patio» que decís como para que allí jueguen niños. El inspector Mendoza, el chusco que aquí es llamado, tampoco sabe demasiado de lo que nos rodea agora, que alguien ha dicho a esos indeseables que hay por aquí hombre que se hace pasar por campesino e no lo es”.

Paró el chusco su marcha e nos miró confuso.

- “Nada hay que temer si sabemos hacer ciertas cosas – continuó -, pues entre nosotros están e no sabemos quienes son. Les parecería extraño que observasen que entramos en la casa e della no salimos en un largo tiempo. Podríamos decir, que si no salimos de la casa en dos semanas, de alguna forma intentarían saber el por qué e, de manera que desconocemos, se acercarían a la ratonera. Falta agora ponerles un buen queso oloroso. Digamos que el servicio dice en el pueblo que hay aquí gente muy importante. Si llega aquesto a sus oídos ¿no vendrán a comprobarlo?”.

- “Atraerlos e darles muerte – le dije -, no es cosa que me asuste, inspector, mas dentro desa casa hay niños e familias del servicio e no quisiera yo arriesgar sus vidas ni que nada supiesen”.

- “¡Bien! – contestóme -, podría ser un riesgo que no sería de razón correr ¿Y si los atrajésemos hacia otro lugar fuera del pueblo?

- “Mi casa de campo es confortable – dijo el chusco -, aunque no tan lujosa. Podría atraerles más que estemos allí encerrados que no en la mesma casa del Capitán”.

- “Mejor idea es esa – dijo el inspector leonés -. Quédense mujeres e niños en vuestro palacio, excelencia, e pongamos guardia suficiente. Las ratas acudirán a la trampa nuestra e les traigo un queso que ha de placerles”.

En Grazalema e a dos de abril del año de dos mil e ocho.