iendo sábado e habiendo descanso de clases mis pequeños, bajamos por la ribera hasta la casa de el chusco y, en subiendo la corta cuesta que hasta ella lleva, encontramos a tres hombres de la guardia que volviéronse con rapidez e diéronnos el alto con pistolete en mano.- “¡Gente de paz, guardia – les gritó Marcos -, que de poco más arriba somos vecinos!”.
- “Pues bien deberíais saber que a esta finca prohibido está el paso – gritó uno -.
E viendo yo que se acercaban a nosotros apuntándonos con sendas armas, les dije:
- “Forma no es esta de saludar a un superior aunque de paisano venga vestido e si no retiráis las palabras dichas, abriré expediente a vuesas mercedes, que al comandante Alacaída estáis apuntando”.
Quedaron estupendos e quedos al oír mis palabras e pidieron con calma me identificase como quien yo decía era.
Saqué del bolsillo de mi pantalón la cartera que llevara mi identificación (con sus tres estrellas bien visibles) e asustados, bajaron sus armas.
- “A revisar estos terrenos venimos tres guardias sin uniforme – les dije -; el teniente don Marcos, el sargento don Víctor e yo mesmo. Pueden vuesas mercedes volver a Ronda que tal caso yo mesmo lo sigo”.
- “Sea la orden de Su Excelencia cumplida, mi coronel – dijo uno dellos -, e perdonada esta intromisión en terreno que no nos incumbe”.
- “Perdonada está – les dije -, que en no sabiendo estos detalles, cualesquiera pudieren confundir a unos intrusos. E ya cumplida vuestra misión, volved sin temor a Ronda, que casi a diario inspecciono estas tierras”.
Así, creyó la guardia mis palabras e volvimos a casa en riendo por tal engaño, que aunque fui verdadero en unas cosas, otras oculté.
Narramos lo sucedido a Su Ilustrísima durante el almuerzo e reíase tapando su boca con la servilleta.
- “Una cosa he deciros, sobrino – contestó aún riendo -, que sólo he oído decir por estas sierras e que importante no parece, mas indica que debe siempre irse pisando fuerte e no lamiendo piedras como los perros ¡Oídme!
Quien nísperos come
Y bebe cerveza,
Espárragos chupa
E besa a una vieja,
Ni come ni bebe ni chupa ni besa”.
E fueron tales las risas de todos, que hubimos de hacer receso para seguir yantando. E preguntábanse mis pequeños qué cosa querían decir aquellas palabras, que el saber popular había puesto en versos.
En Grazalema e a veinte y seis de abril del año de dos mil e ocho.





























