31 marzo, 2008

Del sueño de Marinín

alieron todos de la casa por ver el sitio que yo había preparado de mañana para construir el temazcal, que cerca de una puerta trasera de la casa quedaba e sería cubierto con lona para pasar allí sin mojarse en días de lluvia.

Marinín e yo nos quedamos sentados en el salón, de forma tal, que quedábamos uno frente a otro. Hubo algo de silencio y me sonrió arrascándose la nariz.

- “Acaso habéis hecho alguna travesura – le dije -, que tal sonrisa paréceme oculta alguna verdad”.

- ¡No, no es aqueso, papá! – contestóme incorporándose -, sino que hanme venido a la cabeza muchos recuerdos de otros tiempos”.

- “No voy a pediros me narréis todos esos recuerdos – le dije -, que es de seguro que yo también los recordaría”.

- “Mas hay agora cosas nuevas – dijo grave -, pues viéndome capaz de curar con remedios como vos lo hacéis, pienso no es necesario ser longevo ni tener estudios para ello”.

- “Así es, Marinín – aclaréle -, mas algo olvidáis, pues no todos sabrían razonar esos remedios ni ponerlos a quien los necesita; e vos tenéis la cualidad que hace falta para tales menesteres”.

- “¿Sois verdadero o lo decís por complacerme?”.

- “Ambas cosas, pequeño, ambas cosas – dije con calma -, que si bien Dios Nuestro Señor os ha dado la virtud de la curación e la facilidad de mantener muchas cosas en la memoria con sólo leerlas una vez, quiero complaceros yo con que seáis mi ayudante desde agora. Así, cuando haya que hacer alguna cura o preparar remedio alguno o usar el temazcal, quiero estéis presente e miréis con atención lo que hago. No me extrañaría que fueseis el primer niño que conozca estas artes tan antigüas y tan remotas en toda la historia”.

- “Me asustáis, papá – respondió -, que habiendo intentado sanar a tío Juan sin vuestro permiso, he visto como ha sanado su pierna”.

- “Mas una promesa quisiera me hagáis – le miré fijamente -. No quiero que digáis a nadie que sabéis hacerlo e, mucho menos, que descubráis los secretos”.

E poniéndose en pie solemnemente e llevando su mano diestra al corazón, dijo estas palabras:

- “Vuesa merced sabe mejor que yo cómo soy, mas puedo prometeros e prometo, porque tío Juan dice que no debe jurarse, que si no hay hombre que pudiere leer mis pensamientos, nadie sabrá lo que en ellos se esconde”.

- “¡Venid, mi pequeño, venid! – le hice un gesto -, que no es necesario como bien decís hagáis juramento ni promesa; que muy bien sabía que cumpliríais lo dicho aunque no os lo hubiese pedido ¡Dadme un beso que selle nuestro secreto!”.

- “En saber lo que vos sabéis sueño – dijo en besándome – y en hacer el bien a los demás aliviándoles el más pequeño dolor”.

- “Yo he de mostraros cómo hacerlo”.

En Grazalema e a treinta e uno de marzo del año de dos mil e ocho.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario