alieron todos de la casa por ver el sitio que yo había preparado de mañana para construir el temazcal, que cerca de una puerta trasera de la casa quedaba e sería cubierto con lona para pasar allí sin mojarse en días de lluvia.Marinín e yo nos quedamos sentados en el salón, de forma tal, que quedábamos uno frente a otro. Hubo algo de silencio y me sonrió arrascándose la nariz.
- “Acaso habéis hecho alguna travesura – le dije -, que tal sonrisa paréceme oculta alguna verdad”.
- ¡No, no es aqueso, papá! – contestóme incorporándose -, sino que hanme venido a la cabeza muchos recuerdos de otros tiempos”.
- “No voy a pediros me narréis todos esos recuerdos – le dije -, que es de seguro que yo también los recordaría”.
- “Mas hay agora cosas nuevas – dijo grave -, pues viéndome capaz de curar con remedios como vos lo hacéis, pienso no es necesario ser longevo ni tener estudios para ello”.
- “Así es, Marinín – aclaréle -, mas algo olvidáis, pues no todos sabrían razonar esos remedios ni ponerlos a quien los necesita; e vos tenéis la cualidad que hace falta para tales menesteres”.
- “¿Sois verdadero o lo decís por complacerme?”.
- “Ambas cosas, pequeño, ambas cosas – dije con calma -, que si bien Dios Nuestro Señor os ha dado la virtud de la curación e la facilidad de mantener muchas cosas en la memoria con sólo leerlas una vez, quiero complaceros yo con que seáis mi ayudante desde agora. Así, cuando haya que hacer alguna cura o preparar remedio alguno o usar el temazcal, quiero estéis presente e miréis con atención lo que hago. No me extrañaría que fueseis el primer niño que conozca estas artes tan antigüas y tan remotas en toda la historia”.
- “Me asustáis, papá – respondió -, que habiendo intentado sanar a tío Juan sin vuestro permiso, he visto como ha sanado su pierna”.
- “Mas una promesa quisiera me hagáis – le miré fijamente -. No quiero que digáis a nadie que sabéis hacerlo e, mucho menos, que descubráis los secretos”.
E poniéndose en pie solemnemente e llevando su mano diestra al corazón, dijo estas palabras:
- “Vuesa merced sabe mejor que yo cómo soy, mas puedo prometeros e prometo, porque tío Juan dice que no debe jurarse, que si no hay hombre que pudiere leer mis pensamientos, nadie sabrá lo que en ellos se esconde”.
- “¡Venid, mi pequeño, venid! – le hice un gesto -, que no es necesario como bien decís hagáis juramento ni promesa; que muy bien sabía que cumpliríais lo dicho aunque no os lo hubiese pedido ¡Dadme un beso que selle nuestro secreto!”.
- “En saber lo que vos sabéis sueño – dijo en besándome – y en hacer el bien a los demás aliviándoles el más pequeño dolor”.
- “Yo he de mostraros cómo hacerlo”.
En Grazalema e a treinta e uno de marzo del año de dos mil e ocho.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario