levóse a Su Ilustrísima a Ronda ayer por la tarde porque los doctores sanasen su pierna herida y sus huesos quebrados e volvió a casa, no muy dolorido, mas con la pierna cubierta de una capa que se la mantuviese inmóvil. Pero también lo mantenía a él con poca movilidad. Asustados los niños al verle aparecer, dije a Marcos los subiera a su estancia e les pusiera tarea en diciéndoles que nada había ocurrido de gravedad.Pensé yo que tardaría al menos un mes en andar normalmente e habría que cuidarle, e con esto quedaba la capilla sin bendecir para pasado un tiempo.
Amaneció hoy el día nubloso e de poco sol e parecióme oír unos golpes en la puerta.
- “¿Quién va?” – pregunté casi en sueños -. Si es asunto importante podéis pasar”.
E abrióse la puerta e atravesó la estancia con mirada misteriosa mi pequeño Marinín, que en la su mano traía mi zumo.
- “Bien podíais haberlo dejado en la mesilla del pasillo – le dije -, que no es tan importante se me traiga el zumo a la cama”.
Mas estando ya junto a mí, vio que Marcos aún dormía e hablóme quedo dejando la copa en mi mesilla:
- “A traeros el zumo no vengo, papá – dijo susurrando -, sino que no puedo dormir sin saber si tío Juan está bien e nadie hame dicho nada dello”.
- “Vuestra pregunta tiene fácil respuesta, mi pequeño – lo tomé por la cintura -, pues si nadie os dice que tío Juan está enfermo, es que no lo está. Hízose daño en una pierna y ya está curado”.
- “Mas hay algo que siempre os he oído decir e me preocupa – tomó mi mano -, pues siempre decís que no queréis huesos rotos e, según pienso, tiene el tío Juan alguno maltrecho”.
Me incorporé con cuidado en la cama e lo besé por tranquilizarlo.
- “Razón tenéis al hacer esa pregunta – le dije -, pues mis remedios pueden curar males de toda clase, mas… poner un hueso en su sitio e hacer que cure es tarea que no muy bien entiendo. Así, parecióme mejor dejar a estos médicos curarle, que los huesos rotos no son peligrosos mas sí hay que saber ponerlos en su sitio”.
- “No habéis leído todo el libro secreto, papá – contestóme – que en él se habla de todo eso e de muchas cosas más”.
- “¡Ah! ¿Sí? – preguntéle con cariño -. Tenéis a un padre que a veces olvida leer unas cosas e lee otras. Vos mesmo me diréis lo que he de leer, que ya sabéis que leo con gran rapidez y lo que leo no necesito estudiar”.
- “¿Sabéis una cosa, papá? – preguntóme con misterio -. Acaso, si me hubieseis dicho que su pierna estaba partida, yo mesmo hubiese sabido cómo ponerla en su sitio”.
Me asusté, me moví y desperté a Marcos.
- “¿Qué hace el niño hablando con vos a estas horas?” – preguntó asustado -.
- “Nada importante – le dije -, sino que ha entrado con cautela a traerme mi jugo de naranja e ya sabéis que le gusta hablar”.
E dando media vuelta, volvió a dormirse (o así me lo pareció), mas porque no oyese lo que hablábamos, le dije a Marinín que cuando fuese día e antes del desayuno habríamos unas pláticas sobre ese libro tan interesante. Me besó abrazándome por entender lo que quería manifestarle, me hizo un gesto e salió de la estancia muy quedo.
- “Estos niños vuestros – dijo Marcos con media lengua -, a todas horas preguntan e quieren aprender”.
- “Todos tenemos mucho que aprender, querido. Dormid agora”.
En Grazalema e a veinte y ocho de marzo del año de dos mil e ocho.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario