olvió la tarde a ser como las que pasáramos hacía meses sentados todos en el salón, mas no en lecturas sino en pláticas, recordando muchos momentos vividos en las Américas; el frío intenso pasado algunas tardes, las noches abrazados a mi pequeño Marinín, que no pensaba que hubiese tormentas más fuertes que las que aquí vivimos, los extraños sabores de muchas comidas, que de picantes, nos hacían beber cerveza y refrescos y respirar con intensidad. E de todo ello se alegraba Su Ilustrísima, que pocas veces se apartó de sus niños e muchas hubo de decirles que mirasen alguna cosa porque no vieran otra. E como ellos hubo gran contento e veíasele su rostro feliz, hasta tal extremo, que era él y no los niños el que recordaba aqueste u otros momentos vividos.Mas sabiéndose estábamos ya en nuestra casa, recebimos aviso del inspector dándonos la bienvenida e no quise yo los niños oyesen trazado alguno. Así, hablamos por teléfono Marcos e yo en la alcoba e nos dijo que la confusión destos parciales llegó hasta tal punto, que nos creyeron huidos para siempre.
- “No alcéis las campanas al vuelo, capitán – me dijo -, que atentas están las ratas para acudir a por su bocado; mas no saben éstas que no irán a casa alguna a robar el queso, sino que entrarán en una ratonera que salida no tiene. Trazado tengo el plan e pocos días antes del ataque, allí me tendréis por hacer los preparativos.
Con esto, Marcos e yo pensamos en visitar la nueva casa todos e preparar todo lo necesario para la mudanza si ésta estaba habitable. Pedí nos acompañase el arquitecto a esta primera visita para descubrirnos los secretos de su construcción e quedó fijado el día y la hora: el lunes veinte y cuatro a las doce del medio día por haber luz suficiente.
Saltaron los niños de contento e comenzó el servicio a aprestar cuanto hubiese que llevarse y preparó Su Ilustrísima lecturas e oraciones al efecto.
- “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”.
- “Papá – espetó Marinín -, decidme cómo es cierto que nuestro dormitorio está junto al vuestro en esa nueva casa”.
- “¿Acaso lo dudáis, pequeño? – lo senté sobre mi pierna -; bien sé que no queréis separaros mucho de mí e yo de vos e de vuestros hermanos. Todos los dormitorios, el del tío Juan y el de los invitados que pudiesen visitarnos, están en la planta alta. E no se sube allí por una escalera que asciende desde un lado del salón, sino de dos dellas; cada una a un lado del salón principal. Subiréis por la que más os convenga. Mas quiero aclarar meridianamente que se seguirán las normas de convivencia que hasta agora se han seguido. Así pues, antes de pasar a cualquier estancia, llamaréis en espera de respuesta e, si no la hubiese, dejaréis de llamar y no entraréis”.
Me sonrió feliz e miró a sus hermanos e, besándome luego, se apeó de mi pierna y se acercó a Su Ilustrísima, que feliz también estaba por lo oído, aunque aquello de subir las escaleras e bajarlas no le agradaba tanto.
E sin hablar de otras cosas, preparamos Marcos e yo la mudanza en nuestra alcoba para que fuese presta e cómoda e hicimos planes para los temidos ataques de los que nos habló el inspector. De tal forma debería darse fin a tanta lucha, que ni los niños ni Su Ilustrísima lo notasen. Todo estaba dispuesto.
En Grazalema e a veinte y tres de marzo del año de dos mil e ocho.


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