arecíanos ver triste a Su Ilustrísima, que con su pierna inmovilizada e su peso, usaba un bastón para caminar un poco e quiso dormir en una de las estancias del servicio por no poder subir las escaleras. Fue grande idea la de Ramón, pues habiendo en las cocinas lo que ellos llaman «montacargas», allí le llevamos e allí le subimos hasta la planta alta.- “La palabra lo dice, sobrino – me miró con tristeza -, «montacargas». E como una carga siéntome agora para la familia”.
- “Erráis, Ilustrísima – le dije con calma -, que más carga somos nosotros para vos e la lleváis. Llámese así o de otra forma, esta subida a la planta alta no es sino para que se nos sirva la comida en el comedor de arriba en invierno, que es más recogido. Pero es sin dudas artefacto que nos será de utilidad en los pocos días que no podréis subir las escaleras. Uno desos ascensores debería haber puesto en el salón para subir sin hacer esfuerzo alguno, pero veréis que en pocos días estaréis mejor”.
- “No quisiera yo ser indiscreto – hablóme aparte -, mas hame dado a beber Marinín no sé qué remedio diciendo se lo habéis preparado vos e, como pienso que vos no lo habéis preparado, paréceme que este niño sabe lo que hace, que en tomando esa tisana, mucho mejor me encuentro”.
E sonreíle pensando en lo que mi hijo me dijo sobre ciertos remedios para los huesos que yo desconocía. Con esto, llamé al pequeño a mi bufete e le dije habríamos una corta plática.
- “Seguro estoy de todo lo que hacéis e bien lo hacéis – le dije – e también paréceme que habéis aprendido más que yo dese libro secreto. Sólo quisiera preguntaros si estáis seguro de que el remedio que dais a tío Juan no le perjudicará para otras cosas”.
Asombróse primero porque yo supiera lo que hacía e me dijo luego con grande respeto:
- “No quiero saber más que vos, papá, ni le he dado esa bebida a escondidas, mas en leyendo que cúrase un hueso roto e puesto en su sitio en pocos días, no quisiera ver a tío Juan en sufrimientos”.
- “Buena es vuestra voluntad al hacer esto – le dije -, mas quisiera yo saber cuál es el remedio”.
E sin leer en sitio alguno, díjome cómo prepararla e cómo darla a beber. Oílo con atención y parecióme de razón, que no había planta que fuese dañina e sólo un vaso debería beber al día.
- “Atinado me parece lo hecho, hijo – le dije -, mas preguntadle a diario si nota mejoría”.
E con gran contento e ojos brillantes de alegría, aseguróme hacer las cosas como en el libro las ponía e preguntarle a tío Juan cada día como yo le había dicho.
- “Hoy mesmo he de leer ese libro – le dije -, pero no penséis lo hago por asegurarme de que usáis el remedio adecuado, sino por saber tanto como vos. Usad los remedios aprendidos siempre que lo creáis necesario, mas quisiera yo saber antes qué remedio usaréis”.
- “Así lo decís e así lo haré, papá – se acercó a besarme -, que cuando son dos los que determinan el remedio es la mitad el riesgo. Veréis que cura su hueso en menos de la mitad del tiempo. En diez o veinte días, llevaría yo a tío Juan al médico con alguna excusa para que se le viese el hueso, mas habrá que inventar algo por si lo ve curado el médico mucho antes de tiempo”.
- “Eso que decís sí os pido lo dejéis en mis manos – le dije casi riendo -, que a estos médicos modernos no les gusta que nadie ponga solución a sus enfermos. Dejadme pensar en algo e a nadie digáis lo que toma Su Ilustrísima”.
En Grazalema a veinte e nueve de marzo del año de dos mil e ocho.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario