brí los ojos tras una corta siesta e vi cómo Marcos seguía dormido. Levantéme de la cama con sumo cuidado por no despertalle e asoméme al dormitorios de mis niños. Tenía que haber adivinado que ya no estarían allí durmiendo e, bajando al salón, encontré a Víctor en lecturas.- “Siesta corta habemos tenido hoy, maestro – le dije -, que hasta que se prepare la buhardilla como clase, creo habrá muchos días de holganza”.
- “No tal, excelencia – contestóme -, que aunque sea en el comedor, vuestros hijos no dejarán sus liciones”.
- “¡En tal no había pensado! – le dije -; me gusta vuestro interés por educar a mis hijos”.
- “Vuestros hijos, excelencia – me sonrió -, andan explorando los alrededores de la casa. Mas quisiera yo adivinarais quién los acompaña”.
- “¿Quién los acompaña? – me asusté -. No quiero más huesos rotos en esta casa. Decidme quién los lleva”.
- “Su Ilustrísima los lleva, excelencia – espetó -, que en queriendo llevarlos yo para buscar las ramas, el barro e todo lo necesario para el temazcal que pensáis construir, díjome era mejor que restase en la casa en lecturas e fuese con ellos su tío Juan”.
- “¡A los campos pedregosos! – exclamé - ¡Vive Dios que no sé si es más travieso este obispo que los niños!”.
E saliendo a buscarlos, encontrélos cerca del arroyo seco que más abajo pasa y, escondido entre las plantas, observé que Su Ilustrísima podía moverse sin dificultad alguna, pero siempre iba de la mano de Marinín e discutían sobre la calidad de una vara o de otra.
- “¡Papá! – gritó Marinín - ¡Venid a decidnos cuáles son las mejores varas!”.
Así, de alguna forma que no alcanzaba a comprender, Marinín sabía, aún estando de espaldas, que yo me escondía tras el follaje. Salí de mi escondite y acerquéme a ellos.
- “Ilustrísima – dije con paciencia -, que con una pierna rota no es este sitio para das paseos”.
- “Aseguraros puedo – contestóme – que dolor alguno siento e voy seguro agarrado de la mano de vuestro pequeño”.
- “Tened cuidado entonces de que Antonio no os tire de la sotana – le dije en risas – o caeréis al arroyo seco”.
- “También yo le ayudo, papá – contestó Antonio -, que en vez de tirarle de la manga, por ella lo sujeto”.
- “Seguro podéis estar, sobrino – sonrió Su Ilustrísima -, que en estando rodeado de mis tres angelitos, nada me ha de suceder”.
- “Así sea – le dije -, mas una curiosidad tengo por saber si la pierna os molesta”.
- “Aunque me creeréis un niño travieso – dijo -, cuando he venido con los niños heme sentido muy seguro e dolor alguno siento”.
- “Dejadme pues os ayude a buscar esas varas – les dije -, que han de ser bastante largas e fuertes e de las que al secarse no se quiebran”.
- “¿Como estas? – preguntó Carlitos mostrando dos dellas -. Son las mejores que hemos encontrado hasta agora”.
E acercándome a mi pequeño y viendo las varas escogidas, las puse en el suelo e lo alcé en mis brazos con emoción.
- “Os prometo a todos en este instante – les dije acariciando a mi pequeño -, que si buscáis doce ramas tan buenas como estas, a todos he de enseñaros a construir el temazcal e algunos remedios para los constipados, la garganta, la piel… Hablo de todos – miré a Su Ilustrísima -, que no sólo los niños aprenden. Mas quisiera yo, si a vuesa merced no os es de estorbo, Ilustrísima, ver esa pierna cuando lleguemos a la casa”.
- “Puedo aseguraros, sobrino – me dijo -, que no parece esté quebrada e que, cuando ando cogido de la mano de Marinín, menos me duele que la sana”.
- “¡Tomad esas varas e vayamos a la merienda!”.
En Grazalema e a treinta de marzo del año de dos mil e ocho.


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