ubimos una merienda en compañía de Marcos, mis niños, Su Ilustrísima e Víctor e hablóse en ella de las varas ya recogidas para la construcción del temazcal. Mucho material quedaba aún e habría que colocarlo en su sitio, perfectamente orientado y con las dimensiones exactas. Marinín parecía entender cada cosa que yo comentaba e sólo alguno de la reunión hizo preguntas o puso gesto de no entender lo dicho.E hablando con Marinín, que a mi diestra se hallaba, habléle quedo al oído por saber qué remedio había puesto a su tío Juan que, en tan sólo horas, decía no parecerle tener la pierna fracturada. Levantóse mi pequeño y excusóse, tomóme de la mano e subimos a su estancia. Hízome sentar en su escritorio, donde estaba su estuche portátil, hablamos sólo durante una pieza sobre el libro secreto que descubrióse en Ronda y, en pocos segundos, pude observar con meridiana claridad, la página donde leíase cómo curar una fractura de hueso. Mas no fue eso lo de más importancia, sino que mostróme cómo colocar al tacto los huesos de la pierna (que son llamados tibia e peroné). Colocados con exactitud en su sitio, debería hacerse reposo absoluto para que éstos no se moviesen e tomar el remedio allí descrito.
- “Papá – me dijo -, si en vez de llevar a tío Juan a Ronda para ser curado por estos médicos modernos me hubieseis consultado, estaría tío Juan agora ya curado, que sólo dos días son menester para tal empresa”.
- “¿Queréis decir entonces que es posible que la pierna de tío Juan ya esté sanada? – preguntéle asustado - ¡Tal cosa que afirmáis puede ser peligrosa! Una cura por un lado, la de los médicos, e otra por otro, la vuestra, puede hacer un daño que no sepamos cómo remediar”.
- “Así pues, papá – me dijo el pequeño -, llevaríalo yo esta mesma noche a Ronda porque los médicos comprobasen si ha sanado. Como dijisteis, es posible que no crean lo que están viendo, mas siempre puede ponerse cara de inculto e, no permitiendo ellos se les tome por tal, quitarán esa escayola e dirán ha habido un error”.
- “Sin duda, mi querido pequeño – dije cabizbajo -, un médico no tolerará se le diga ha errado. Tendremos que hacer nosotros el papel de bufón de aquesta obra con un gesto que les diga que nada sabemos”.
- “Un dulce os apuesto, papá – dijo -, a que blancas veréis sus caras al ver el hueso sanado e que comentarán tal hecho echándose las culpas el uno al otro; tal es su orgullo”.
- “Un dulce diré agora se os prepare – hijo mío -, que como vos pienso yo”.
E se llevó a Su Ilustrísima a Ronda e se dijo que no había dolor. Hiciéronle pasar a otras salas y allí esperamos hasta casi dos horas. Finalmente, salieron los médicos sonrientes e dando excusas que ninguno de nosotros oímos; pero salió sin escayola en derredor de su pierna e andando con normalidad.
- “¡Oh! – exclamé - ¡Imaginar no podía que la medicina moderna hiciera tales milagros!”.
- “La medicina avanza cada vez más rápidamente – dijo uno dellos -. Sano está”.
Así, volvimos a la Fuentefría, hubimos una gran cena e comimos exquisitos dulces preparados por Ramón.
- “¡Cómo adelanta la Ciencia!”.
En Grazalema e a treinta de marzo del año de dos mil e ocho.


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