cudió a media mañana Su Ilustrísima a buscarme como si le persiguieran diablos y, tomándome por los hombros, le vi de primero sonreír e luego dejar caer unas lágrimas.- “Lo que queréis decirme no sabré – le dije – si no lo decís con palabras”.
- “Agradecido os estoy, sobrino – dijo -, pues pocos han pensado en toda mi vida en mí tanto como vos”.
- “En vos pienso a menudo – contestelle – como pienso en Marcos y en mis niños; vuestros angelitos. Pensar en alguien no paréceme señal de egoísmo”.
- “Tal no he dicho, sobrino – puso gesto grave -, que todos deberíamos pensar en todos de cuando en cuando e no lo hacemos. Así, el pobre no piensa en el rico porque cree que todo lo posee e no tiene más que dinero; el rico no piensa en el pobre por creer que nada le hace falta e que con lo que tiene vive e nada más necesita”.
- “Quizá sea como decís, Ilustrísima – razonéle -, mas creo que es el rico el que en el pobre no piensa, que a veces no tiene ni para comer hierbas del campo. El rico no sólo tiene dinero, que el dinero es como la piedra filosofal, que en todo se convierte. Así, en habiendo muchos cuartos, puede tenerse una casa con muchos cuartos”.
- “Excesivamente lujosa me parece aquesta casa – espetó -, que hasta diez baños he contado en un paseo”.
- “E… ¿nada más habéis descubierto en vuestro paseo por la casa? – preguntéle indiferente -, pues no sólo baños hay”.
- “Por eso venía a veros en agradecimiento, sobrino – dijo -, que descubriendo una puerta casi invisible que al salón da, empujé la cerradura e vi algo maravilloso de ver”.
- “¿Qué visteis, Ilustrísima?”
- “¡Una capilla! – exclamó -; una capilla que en el centro de la casa se halla”.
- “Bien decís en el centro de la casa – aclaré -, que fue idea de Marcos que la capilla estuviese en el centro e orientada al Este. Vuestro lugar tendréis para la misa diaria e, no estando vos aquí porque se os llame de Ronda, el párroco de Grazalema vendrá si fuere menester”.
- “Perdón he de pediros agora, sobrino – dijo -, que es merced que espero me concedáis, pues no debería haber andado por la casa buscando sitios”.
- “Nada tengo que perdonaros – le dije -, pues aunque pensaba mostrárosla para que la bendigáis e digáis la primera misa en acción de gracias, si vos mesmo la habéis encontrado…Aquí tenéis unas llaves que la cerrarán e abrirán cuando vos lo creáis menester”.
E fue tal su estado de alegría e nervios, que en subiendo los primeros escalones hacia su estancia, pisó su raída sotana e cayó al suelo.
- “¡Santo Dios! – exclamé - ¡No quiero huesos rotos en esta casa!”.
E mirándome con tristeza e aguantando el dolor, se asió a mi brazo e dijo:
- “Una cosa es lo que queráis, sobrino, e otra la voluntad de Dios Nuestro Señor. Llevadme a Ronda que la pierna creo tengo partida en dos”.
En Grazalema e a veinte e siete de marzo del año de dos mil e ocho.


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