25 marzo, 2008

De la primera vistita a la casa

ino con nosotros en el coche el arquitecto que había construido la casa bajo mis directrices. Al pasar para Grazalema a la vuelta del viaje, vimos todos abajo, al otro lado de la fuente, lo que los árboles nos dejaron ver de los tejados, pero llegados ahora sin priesa a la Fuentefría, pudimos ya ver con detenimiento la verja de hierro en su sitio respuesta e vinieron a mi mente recuerdos de otrora.

Entrábase a la casa por una cancela que podía abrirse sin bajar del coche e que daba paso a un corto camino que bajaba hasta la puerta de la casa. Vista ésta desde la entrada aparecía muy grande, mas una vez que entramos, parecía se habían movido las paredes y dejaban más sitio en su interior.

El recibidor de la casa era tan grande como una estancia e de gran parecido al que tuviese en mi casa de Sevilla e, pasando luego una gran puerta doble, accedimos a la sala principal, muy ornada e muy cómoda – según parecióme -, con cómodos butacones para sentarse e gran mesa redonda e de cristal grueso en el centro. Por las paredes de los lados, discurrían dos escaleras que llevaban a un pasillo en alto que asomaba al mesmo salón desde el fondo y, sobre él, se levantaba un techo inclinado e de cristal que iluminaba la sala.

Corrieron los niños por subir a lo alto e quise yo mirasen e bajasen para acompañarnos en la visita. Desde el centro del pasillo superior, corría hacia el fondo otro pasillo hacia las estancias terminado en una pared de cristal que ni era puerta ni era ventana, sino muro transparente. Así, pregunté yo a don Emilio, el arquitecto, si tales paredes eran seguras e no dejaban pasar el frío.

- “Chimenea no veo tal como se habló – le dije -, mas siendo algunas paredes de cristal, difícil paréceme mantener el calor desta casa”.

- “No tal, excelencia – razonó -, que lo que no veis o creéis falta, pensado está, pues tiene esa pared de cristal tal hechura, que vuélvese caliente si afuera hace frío”.

- “Me hacéis pensar – le dije – que cosa alguna de lo que os tracé habéis olvidado e otras habéis mejorado”.

- Así lo he intentado, excelencia – sonrió -, mas si cualesquiera partes desta casa no hicieren la función para la que se han construido, yo mesmo daré la orden de que sean reparadas, con su consentimiento, para que sean lo que se pensó fueran”.

Las dos puertas de la parte baja llevaban a la zona de servicio e a un gran comedor, con mesa tan grande que habría usar pértigas para limpiarla. E al fondo del comedor, daba una puerta de metal brillante, con ventanas redondas, a las cocinas, y éstas, tenían salida hacia la parte del servicio.

Como habíamos interés por saber cómo eran nuestras estancias, subimos todos a la primera planta e Antonio tiraba de mis ropas e Carlitos tomó mi mano. Marinín, aunque nos precedía, miraba todo con asombro, mas creí yo que con la vista tomaba medidas. Y en entrando en el ancho corredor, descubrimos la puerta tallada e otras semejantes que habíanse tallado en el mesmo pueblo por hacerlas parecidas a la original. Describir no puedo lo que sentí al ver la alcoba e los pequeños entraron casi asustados a miralla e asomáronse a las ventanas. E casi no se oyó otra palabra; así fue cómo nos impresionó lo visto.

E por terminar la visita – comenzaron las pláticas sobre lo visto -, pasamos a la zona de servicio e de allí a una sala extraña donde sólo un artilugio me era conocido, pues era la llamada caldera que toda la casa mantendría a una temperatura ideal y cuyos soportes tenían la misma forma que de los que yo recordara de los construídos por mi padre. E fue tal mi emoción, que hube de volverme e salir de allí.

- ¡Marino! – siguióme Marcos -, bien veo que la casa os place y que no sólo cumple vuestros deseos, sino que os trae gratos recuerdo sin duda”.

E volviéndome hacia él, le abracé e rompí en llantos.

- “Atináis, compañero – le hablé como pude -, e quiero dar fe de que todo esto ha de ser para los niños, mas en usufructo, de forma tal, que mientras que viváis sea vuestro si yo falto”.

- “Cosa tal sabéis no va a ocurrir – dijo -, pero las palabras se las lleva el viento. Así pues, todo quedará por escrito junto al testamento que ya otorga todas vuestras pertenencias a vuestros hijos. E como ya es voluntad de Marinín, todo lo que herede al cumplir sus dieciocho años de su tío de Plasencia, pasará a formar parte destos bienes. Quizá, amigo, vos lo veáis e no así nosotros”.

- “Désen las órdenes oportunas – dije – para que esta mesma noche, si ello es posible, vivamos en esta casa. E no se venderá la del pueblo aunque sí quiero sea habitada e no dejarla vacía ¡Comience la mudanza!

En Grazalema e a veinte e cuatro de marzo del año de dos mil e ocho.

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