alieron todos de la casa por ver el sitio que yo había preparado de mañana para construir el temazcal, que cerca de una puerta trasera de la casa quedaba e sería cubierto con lona para pasar allí sin mojarse en días de lluvia.
Marinín e yo nos quedamos sentados en el salón, de forma tal, que quedábamos uno frente a otro. Hubo algo de silencio y me sonrió arrascándose la nariz.
- “Acaso habéis hecho alguna travesura – le dije -, que tal sonrisa paréceme oculta alguna verdad”.
- ¡No, no es aqueso, papá! – contestóme incorporándose -, sino que hanme venido a la cabeza muchos recuerdos de otros tiempos”.
- “No voy a pediros me narréis todos esos recuerdos – le dije -, que es de seguro que yo también los recordaría”.
- “Mas hay agora cosas nuevas – dijo grave -, pues viéndome capaz de curar con remedios como vos lo hacéis, pienso no es necesario ser longevo ni tener estudios para ello”.
- “Así es, Marinín – aclaréle -, mas algo olvidáis, pues no todos sabrían razonar esos remedios ni ponerlos a quien los necesita; e vos tenéis la cualidad que hace falta para tales menesteres”.
- “¿Sois verdadero o lo decís por complacerme?”.
- “Ambas cosas, pequeño, ambas cosas – dije con calma -, que si bien Dios Nuestro Señor os ha dado la virtud de la curación e la facilidad de mantener muchas cosas en la memoria con sólo leerlas una vez, quiero complaceros yo con que seáis mi ayudante desde agora. Así, cuando haya que hacer alguna cura o preparar remedio alguno o usar el temazcal, quiero estéis presente e miréis con atención lo que hago. No me extrañaría que fueseis el primer niño que conozca estas artes tan antigüas y tan remotas en toda la historia”.
- “Me asustáis, papá – respondió -, que habiendo intentado sanar a tío Juan sin vuestro permiso, he visto como ha sanado su pierna”.
- “Mas una promesa quisiera me hagáis – le miré fijamente -. No quiero que digáis a nadie que sabéis hacerlo e, mucho menos, que descubráis los secretos”.
E poniéndose en pie solemnemente e llevando su mano diestra al corazón, dijo estas palabras:
- “Vuesa merced sabe mejor que yo cómo soy, mas puedo prometeros e prometo, porque tío Juan dice que no debe jurarse, que si no hay hombre que pudiere leer mis pensamientos, nadie sabrá lo que en ellos se esconde”.
- “¡Venid, mi pequeño, venid! – le hice un gesto -, que no es necesario como bien decís hagáis juramento ni promesa; que muy bien sabía que cumpliríais lo dicho aunque no os lo hubiese pedido ¡Dadme un beso que selle nuestro secreto!”.
- “En saber lo que vos sabéis sueño – dijo en besándome – y en hacer el bien a los demás aliviándoles el más pequeño dolor”.
- “Yo he de mostraros cómo hacerlo”.
En Grazalema e a treinta e uno de marzo del año de dos mil e ocho.
ubimos una merienda en compañía de Marcos, mis niños, Su Ilustrísima e Víctor e hablóse en ella de las varas ya recogidas para la construcción del temazcal. Mucho material quedaba aún e habría que colocarlo en su sitio, perfectamente orientado y con las dimensiones exactas. Marinín parecía entender cada cosa que yo comentaba e sólo alguno de la reunión hizo preguntas o puso gesto de no entender lo dicho.
E hablando con Marinín, que a mi diestra se hallaba, habléle quedo al oído por saber qué remedio había puesto a su tío Juan que, en tan sólo horas, decía no parecerle tener la pierna fracturada. Levantóse mi pequeño y excusóse, tomóme de la mano e subimos a su estancia. Hízome sentar en su escritorio, donde estaba su estuche portátil, hablamos sólo durante una pieza sobre el libro secreto que descubrióse en Ronda y, en pocos segundos, pude observar con meridiana claridad, la página donde leíase cómo curar una fractura de hueso. Mas no fue eso lo de más importancia, sino que mostróme cómo colocar al tacto los huesos de la pierna (que son llamados tibia e peroné). Colocados con exactitud en su sitio, debería hacerse reposo absoluto para que éstos no se moviesen e tomar el remedio allí descrito.
- “Papá – me dijo -, si en vez de llevar a tío Juan a Ronda para ser curado por estos médicos modernos me hubieseis consultado, estaría tío Juan agora ya curado, que sólo dos días son menester para tal empresa”.
- “¿Queréis decir entonces que es posible que la pierna de tío Juan ya esté sanada? – preguntéle asustado - ¡Tal cosa que afirmáis puede ser peligrosa! Una cura por un lado, la de los médicos, e otra por otro, la vuestra, puede hacer un daño que no sepamos cómo remediar”.
- “Así pues, papá – me dijo el pequeño -, llevaríalo yo esta mesma noche a Ronda porque los médicos comprobasen si ha sanado. Como dijisteis, es posible que no crean lo que están viendo, mas siempre puede ponerse cara de inculto e, no permitiendo ellos se les tome por tal, quitarán esa escayola e dirán ha habido un error”.
- “Sin duda, mi querido pequeño – dije cabizbajo -, un médico no tolerará se le diga ha errado. Tendremos que hacer nosotros el papel de bufón de aquesta obra con un gesto que les diga que nada sabemos”.
- “Un dulce os apuesto, papá – dijo -, a que blancas veréis sus caras al ver el hueso sanado e que comentarán tal hecho echándose las culpas el uno al otro; tal es su orgullo”.
- “Un dulce diré agora se os prepare – hijo mío -, que como vos pienso yo”.
E se llevó a Su Ilustrísima a Ronda e se dijo que no había dolor. Hiciéronle pasar a otras salas y allí esperamos hasta casi dos horas. Finalmente, salieron los médicos sonrientes e dando excusas que ninguno de nosotros oímos; pero salió sin escayola en derredor de su pierna e andando con normalidad.
- “¡Oh! – exclamé - ¡Imaginar no podía que la medicina moderna hiciera tales milagros!”.
- “La medicina avanza cada vez más rápidamente – dijo uno dellos -. Sano está”.
Así, volvimos a la Fuentefría, hubimos una gran cena e comimos exquisitos dulces preparados por Ramón.
- “¡Cómo adelanta la Ciencia!”.
En Grazalema e a treinta de marzo del año de dos mil e ocho.
brí los ojos tras una corta siesta e vi cómo Marcos seguía dormido. Levantéme de la cama con sumo cuidado por no despertalle e asoméme al dormitorios de mis niños. Tenía que haber adivinado que ya no estarían allí durmiendo e, bajando al salón, encontré a Víctor en lecturas.
- “Siesta corta habemos tenido hoy, maestro – le dije -, que hasta que se prepare la buhardilla como clase, creo habrá muchos días de holganza”.
- “No tal, excelencia – contestóme -, que aunque sea en el comedor, vuestros hijos no dejarán sus liciones”.
- “¡En tal no había pensado! – le dije -; me gusta vuestro interés por educar a mis hijos”.
- “Vuestros hijos, excelencia – me sonrió -, andan explorando los alrededores de la casa. Mas quisiera yo adivinarais quién los acompaña”.
- “¿Quién los acompaña? – me asusté -. No quiero más huesos rotos en esta casa. Decidme quién los lleva”.
- “Su Ilustrísima los lleva, excelencia – espetó -, que en queriendo llevarlos yo para buscar las ramas, el barro e todo lo necesario para el temazcal que pensáis construir, díjome era mejor que restase en la casa en lecturas e fuese con ellos su tío Juan”.
- “¡A los campos pedregosos! – exclamé - ¡Vive Dios que no sé si es más travieso este obispo que los niños!”.
E saliendo a buscarlos, encontrélos cerca del arroyo seco que más abajo pasa y, escondido entre las plantas, observé que Su Ilustrísima podía moverse sin dificultad alguna, pero siempre iba de la mano de Marinín e discutían sobre la calidad de una vara o de otra.
- “¡Papá! – gritó Marinín - ¡Venid a decidnos cuáles son las mejores varas!”.
Así, de alguna forma que no alcanzaba a comprender, Marinín sabía, aún estando de espaldas, que yo me escondía tras el follaje. Salí de mi escondite y acerquéme a ellos.
- “Ilustrísima – dije con paciencia -, que con una pierna rota no es este sitio para das paseos”.
- “Aseguraros puedo – contestóme – que dolor alguno siento e voy seguro agarrado de la mano de vuestro pequeño”.
- “Tened cuidado entonces de que Antonio no os tire de la sotana – le dije en risas – o caeréis al arroyo seco”.
- “También yo le ayudo, papá – contestó Antonio -, que en vez de tirarle de la manga, por ella lo sujeto”.
- “Seguro podéis estar, sobrino – sonrió Su Ilustrísima -, que en estando rodeado de mis tres angelitos, nada me ha de suceder”.
- “Así sea – le dije -, mas una curiosidad tengo por saber si la pierna os molesta”.
- “Aunque me creeréis un niño travieso – dijo -, cuando he venido con los niños heme sentido muy seguro e dolor alguno siento”.
- “Dejadme pues os ayude a buscar esas varas – les dije -, que han de ser bastante largas e fuertes e de las que al secarse no se quiebran”.
- “¿Como estas? – preguntó Carlitos mostrando dos dellas -. Son las mejores que hemos encontrado hasta agora”.
E acercándome a mi pequeño y viendo las varas escogidas, las puse en el suelo e lo alcé en mis brazos con emoción.
- “Os prometo a todos en este instante – les dije acariciando a mi pequeño -, que si buscáis doce ramas tan buenas como estas, a todos he de enseñaros a construir el temazcal e algunos remedios para los constipados, la garganta, la piel… Hablo de todos – miré a Su Ilustrísima -, que no sólo los niños aprenden. Mas quisiera yo, si a vuesa merced no os es de estorbo, Ilustrísima, ver esa pierna cuando lleguemos a la casa”.
- “Puedo aseguraros, sobrino – me dijo -, que no parece esté quebrada e que, cuando ando cogido de la mano de Marinín, menos me duele que la sana”.
- “¡Tomad esas varas e vayamos a la merienda!”.
En Grazalema e a treinta de marzo del año de dos mil e ocho.
n el acogedor rincón derecho del fondo del salón, sentámosnos todos como en familia poco antes del almuerzo; a la hora del bocado de Su Ilustrísima, que ya era también bocado nuestro. E observé cómo mi hijo Marinín, acompañado de sus hermanos, reían e contaban cosas con su tío, aunque ninguno osó a sentarse en su regazo.
- “Tío Juan – preguntó Marinín -, decidme cómo os sentís hoy, que vuestra salud e vuestros dolores me preocupan”.
- “Quizá no lo creáis, criatura – díjole éste poniendo su mano en la cabeza del niño -, que aunque nunca me he roto hueso alguno en toda mi vida, pensé sería muy doloroso o molesto. Puedo deciros que, cuando caí en la escalera, sentí un dolor muy fuerte e que me decía: «Ilustrísima, se ha roto vuesa merced una pierna». El camino hasta Ronda fue más doloroso, hasta tal punto, que no sabía cómo poner la pierna para sentir menos dolor. De lo que me hicieron los médicos prefiero no acordarme, que a base de tirones, pusieron estos huesos en su sitio… Hablemos de otra cosa, mi pequeño, pues todo aqueso pasó e, una vez puesta esta funda de escayola e un calmante para el dolor, todo mejoró. Mas no entiendo que agora casi no me duela. Así, creo que no debéis preocuparon ninguno de vosotros por mí, que ando bien; aunque lo de «ando» es una forma de decir las cosas”.
E parecióme le hablaba Marinín en voz baja e le hacía una pregunta a la que Su Ilustrísima contestaba:
- “Sin duda debe ser eso, que bien sé lo dolorosa que es una pierna rota e, o la gente exagera o soy yo distinto”.
Así, parecióme colegir que Marinín comprobaba el efecto de su remedio y éste era bueno.
- Paréceme, Ilustrísima – le dije -, que es pronto para sentirse tan mejorado ¿Acaso habéis tomado algún calmante o una pasta para el dolor?”.
Dudó en su respuesta mirando a Marinín con disimulo e, tocando su pierna, me dijo:
- “En verdad os digo, sobrino, que si no sabéis vos el por qué de mi mejoría ¿Quién va a saberlo?”.
- “E decidme, Ilustrísima – contestelle -, remedio alguno he puesto yo ¿Revelaréis si alguien lo ha puesto?”.
- “¡No! – contestó confuso -, nada tengo que revelar, sino que la mejoría ha llegado antes de lo que se esperaba”.
- “¡Gracias, tío Juan! – díjole Marinín -, ya todos sabemos que pronto estaréis recuperado e corriendo con nosotros por los campos. Recordad que ha de venir la señora alcaldesa a estrenar esta casa e asistirá a misa en la capilla e que buscaremos todo aquello necesario para comenzar el temazcal que curará muchas más cosas además de huesos rotos”.
Sin duda, Marinín había sabido como hacernos saber a cada uno las medidas tomadas sin que ninguno hubiese hablado dello.
En Grazalema e a treinta de marzo del año de dos mil e ocho.
arecíanos ver triste a Su Ilustrísima, que con su pierna inmovilizada e su peso, usaba un bastón para caminar un poco e quiso dormir en una de las estancias del servicio por no poder subir las escaleras. Fue grande idea la de Ramón, pues habiendo en las cocinas lo que ellos llaman «montacargas», allí le llevamos e allí le subimos hasta la planta alta.
- “La palabra lo dice, sobrino – me miró con tristeza -, «montacargas». E como una carga siéntome agora para la familia”.
- “Erráis, Ilustrísima – le dije con calma -, que más carga somos nosotros para vos e la lleváis. Llámese así o de otra forma, esta subida a la planta alta no es sino para que se nos sirva la comida en el comedor de arriba en invierno, que es más recogido. Pero es sin dudas artefacto que nos será de utilidad en los pocos días que no podréis subir las escaleras. Uno desos ascensores debería haber puesto en el salón para subir sin hacer esfuerzo alguno, pero veréis que en pocos días estaréis mejor”.
- “No quisiera yo ser indiscreto – hablóme aparte -, mas hame dado a beber Marinín no sé qué remedio diciendo se lo habéis preparado vos e, como pienso que vos no lo habéis preparado, paréceme que este niño sabe lo que hace, que en tomando esa tisana, mucho mejor me encuentro”.
E sonreíle pensando en lo que mi hijo me dijo sobre ciertos remedios para los huesos que yo desconocía. Con esto, llamé al pequeño a mi bufete e le dije habríamos una corta plática.
- “Seguro estoy de todo lo que hacéis e bien lo hacéis – le dije – e también paréceme que habéis aprendido más que yo dese libro secreto. Sólo quisiera preguntaros si estáis seguro de que el remedio que dais a tío Juan no le perjudicará para otras cosas”.
Asombróse primero porque yo supiera lo que hacía e me dijo luego con grande respeto:
- “No quiero saber más que vos, papá, ni le he dado esa bebida a escondidas, mas en leyendo que cúrase un hueso roto e puesto en su sitio en pocos días, no quisiera ver a tío Juan en sufrimientos”.
- “Buena es vuestra voluntad al hacer esto – le dije -, mas quisiera yo saber cuál es el remedio”.
E sin leer en sitio alguno, díjome cómo prepararla e cómo darla a beber. Oílo con atención y parecióme de razón, que no había planta que fuese dañina e sólo un vaso debería beber al día.
- “Atinado me parece lo hecho, hijo – le dije -, mas preguntadle a diario si nota mejoría”.
E con gran contento e ojos brillantes de alegría, aseguróme hacer las cosas como en el libro las ponía e preguntarle a tío Juan cada día como yo le había dicho.
- “Hoy mesmo he de leer ese libro – le dije -, pero no penséis lo hago por asegurarme de que usáis el remedio adecuado, sino por saber tanto como vos. Usad los remedios aprendidos siempre que lo creáis necesario, mas quisiera yo saber antes qué remedio usaréis”.
- “Así lo decís e así lo haré, papá – se acercó a besarme -, que cuando son dos los que determinan el remedio es la mitad el riesgo. Veréis que cura su hueso en menos de la mitad del tiempo. En diez o veinte días, llevaría yo a tío Juan al médico con alguna excusa para que se le viese el hueso, mas habrá que inventar algo por si lo ve curado el médico mucho antes de tiempo”.
- “Eso que decís sí os pido lo dejéis en mis manos – le dije casi riendo -, que a estos médicos modernos no les gusta que nadie ponga solución a sus enfermos. Dejadme pensar en algo e a nadie digáis lo que toma Su Ilustrísima”.
En Grazalema a veinte e nueve de marzo del año de dos mil e ocho.
levóse a Su Ilustrísima a Ronda ayer por la tarde porque los doctores sanasen su pierna herida y sus huesos quebrados e volvió a casa, no muy dolorido, mas con la pierna cubierta de una capa que se la mantuviese inmóvil. Pero también lo mantenía a él con poca movilidad. Asustados los niños al verle aparecer, dije a Marcos los subiera a su estancia e les pusiera tarea en diciéndoles que nada había ocurrido de gravedad.
Pensé yo que tardaría al menos un mes en andar normalmente e habría que cuidarle, e con esto quedaba la capilla sin bendecir para pasado un tiempo.
Amaneció hoy el día nubloso e de poco sol e parecióme oír unos golpes en la puerta.
- “¿Quién va?” – pregunté casi en sueños -. Si es asunto importante podéis pasar”.
E abrióse la puerta e atravesó la estancia con mirada misteriosa mi pequeño Marinín, que en la su mano traía mi zumo.
- “Bien podíais haberlo dejado en la mesilla del pasillo – le dije -, que no es tan importante se me traiga el zumo a la cama”.
Mas estando ya junto a mí, vio que Marcos aún dormía e hablóme quedo dejando la copa en mi mesilla:
- “A traeros el zumo no vengo, papá – dijo susurrando -, sino que no puedo dormir sin saber si tío Juan está bien e nadie hame dicho nada dello”.
- “Vuestra pregunta tiene fácil respuesta, mi pequeño – lo tomé por la cintura -, pues si nadie os dice que tío Juan está enfermo, es que no lo está. Hízose daño en una pierna y ya está curado”.
- “Mas hay algo que siempre os he oído decir e me preocupa – tomó mi mano -, pues siempre decís que no queréis huesos rotos e, según pienso, tiene el tío Juan alguno maltrecho”.
Me incorporé con cuidado en la cama e lo besé por tranquilizarlo.
- “Razón tenéis al hacer esa pregunta – le dije -, pues mis remedios pueden curar males de toda clase, mas… poner un hueso en su sitio e hacer que cure es tarea que no muy bien entiendo. Así, parecióme mejor dejar a estos médicos curarle, que los huesos rotos no son peligrosos mas sí hay que saber ponerlos en su sitio”.
- “No habéis leído todo el libro secreto, papá – contestóme – que en él se habla de todo eso e de muchas cosas más”.
- “¡Ah! ¿Sí? – preguntéle con cariño -. Tenéis a un padre que a veces olvida leer unas cosas e lee otras. Vos mesmo me diréis lo que he de leer, que ya sabéis que leo con gran rapidez y lo que leo no necesito estudiar”.
- “¿Sabéis una cosa, papá? – preguntóme con misterio -. Acaso, si me hubieseis dicho que su pierna estaba partida, yo mesmo hubiese sabido cómo ponerla en su sitio”.
Me asusté, me moví y desperté a Marcos.
- “¿Qué hace el niño hablando con vos a estas horas?” – preguntó asustado -.
- “Nada importante – le dije -, sino que ha entrado con cautela a traerme mi jugo de naranja e ya sabéis que le gusta hablar”.
E dando media vuelta, volvió a dormirse (o así me lo pareció), mas porque no oyese lo que hablábamos, le dije a Marinín que cuando fuese día e antes del desayuno habríamos unas pláticas sobre ese libro tan interesante. Me besó abrazándome por entender lo que quería manifestarle, me hizo un gesto e salió de la estancia muy quedo.
- “Estos niños vuestros – dijo Marcos con media lengua -, a todas horas preguntan e quieren aprender”.
- “Todos tenemos mucho que aprender, querido. Dormid agora”.
En Grazalema e a veinte y ocho de marzo del año de dos mil e ocho.
cudió a media mañana Su Ilustrísima a buscarme como si le persiguieran diablos y, tomándome por los hombros, le vi de primero sonreír e luego dejar caer unas lágrimas.
- “Lo que queréis decirme no sabré – le dije – si no lo decís con palabras”.
- “Agradecido os estoy, sobrino – dijo -, pues pocos han pensado en toda mi vida en mí tanto como vos”.
- “En vos pienso a menudo – contestelle – como pienso en Marcos y en mis niños; vuestros angelitos. Pensar en alguien no paréceme señal de egoísmo”.
- “Tal no he dicho, sobrino – puso gesto grave -, que todos deberíamos pensar en todos de cuando en cuando e no lo hacemos. Así, el pobre no piensa en el rico porque cree que todo lo posee e no tiene más que dinero; el rico no piensa en el pobre por creer que nada le hace falta e que con lo que tiene vive e nada más necesita”.
- “Quizá sea como decís, Ilustrísima – razonéle -, mas creo que es el rico el que en el pobre no piensa, que a veces no tiene ni para comer hierbas del campo. El rico no sólo tiene dinero, que el dinero es como la piedra filosofal, que en todo se convierte. Así, en habiendo muchos cuartos, puede tenerse una casa con muchos cuartos”.
- “Excesivamente lujosa me parece aquesta casa – espetó -, que hasta diez baños he contado en un paseo”.
- “E… ¿nada más habéis descubierto en vuestro paseo por la casa? – preguntéle indiferente -, pues no sólo baños hay”.
- “Por eso venía a veros en agradecimiento, sobrino – dijo -, que descubriendo una puerta casi invisible que al salón da, empujé la cerradura e vi algo maravilloso de ver”.
- “¿Qué visteis, Ilustrísima?”
- “¡Una capilla! – exclamó -; una capilla que en el centro de la casa se halla”.
- “Bien decís en el centro de la casa – aclaré -, que fue idea de Marcos que la capilla estuviese en el centro e orientada al Este. Vuestro lugar tendréis para la misa diaria e, no estando vos aquí porque se os llame de Ronda, el párroco de Grazalema vendrá si fuere menester”.
- “Perdón he de pediros agora, sobrino – dijo -, que es merced que espero me concedáis, pues no debería haber andado por la casa buscando sitios”.
- “Nada tengo que perdonaros – le dije -, pues aunque pensaba mostrárosla para que la bendigáis e digáis la primera misa en acción de gracias, si vos mesmo la habéis encontrado…Aquí tenéis unas llaves que la cerrarán e abrirán cuando vos lo creáis menester”.
E fue tal su estado de alegría e nervios, que en subiendo los primeros escalones hacia su estancia, pisó su raída sotana e cayó al suelo.
- “¡Santo Dios! – exclamé - ¡No quiero huesos rotos en esta casa!”.
E mirándome con tristeza e aguantando el dolor, se asió a mi brazo e dijo:
- “Una cosa es lo que queráis, sobrino, e otra la voluntad de Dios Nuestro Señor. Llevadme a Ronda que la pierna creo tengo partida en dos”.
En Grazalema e a veinte e siete de marzo del año de dos mil e ocho.
ue la tarde del día anterior, como la mañana desta, de no parar, que aunque el servicio bien sabía lo que habría que mover, nosotros bien sabíamos lo que habríamos de movernos. Así, llenóse un coche grande que viniera de Ronda sólo con algunas cosas de los tres pequeños, e volvió a la carga e llevóse otro tanto de cosas de Marcos e mías. E otro coche que buscó Su Ilustrísima, trujo algunas de las sus cosas de la casa de Ronda e llenóse de otras muchas de la casa de Grazalema. E concluyeron los viajes – que no eran largos – con los enseres del servicio.
E no sólo el coche de carga fue yendo e viniendo a la nueva casa, sino que nosotros mesmos llenamos nuestro coche de los enseres que nos parecieron más delicados. E todo fue poniéndose, más o menos, en su lugar e quedó el salón de la entrada lleno de cajas que sería menester vaciar e colocar su contenido en anaqueles y escribanías. Aparte lleváronse las delicadas máquinas de los niños e las nuestras, mas, pregunté a Marcos que si estando en el campo podríamos tener contacto por lo que llaman Internet e por teléfono, e contestóme Marcos que «la comunicación es la clave del mundo presente». Con esto, quiso decirme que antes de enfoscar las paredes ya había en la casa todo lo necesario para usar nuestro teléfono, los móviles e los estuches portátiles e, puedo decir con orgullo, que es aquesta la primera vez que escribo mi diario desde nuestra nueva casa. E de todo esto, sólo el teléfono que llaman fijo tenía otros números e conservábanse los de la casa del pueblo.
- “A muchas gentes habrá que decir estos números nuevos – le dije a Marcos -, que si nos dan aviso a los otros no habrá quien hable”.
- “He ordenado agora, Marino – me dijo -, aunque tal cosa sea algo más costosa, que si alguien nos da aviso al teléfono de la casa del pueblo, suene este. Evitamos así dos cosas, pues al cambiar los números, habría que dar muchos avisos de los números nuevos e, si alguien da aviso a aquellos, pensará estamos en la casa del pueblo”.
- “¡Vive Dios que tales adelantos no llego a comprender!” – le dije - ¡Los tiempos cambian que es una barbaridad!”.
- “E de todo hablando un poco, amigo – dijo azorado -, poco apropiado veo llamar a «esto» casa si es más que un palacio”.
- “Preguntad a Su Ilustrísima si deberíamos llamarlo palacio – le dije -; ostentoso me parece, que en apareciendo como casa por de fuera, así deberíamos llamarlo”.
E oyéndonos Su Ilustrísima que a pocos metros se hallaba, se dirigió a nosotros:
- “No quisiera yo entrar en pláticas que no son mías, mas estando tan cerca, uno todo lo oye e paréceme más humilde llamar a esto «casa», aunque no lo sea. E habiendo ya dos en Grazalema, llamaría yo a esta «La Casa de la Fuentefría» si hubiese confusión con la otra”.
- “Es uso en estos tiempos, Ilustrísima – añadió Marcos -, abreviar a veces las cosas. Así, en estando en otro lugar, podría decirse «voy a la Fuentefría» para referirnos a esta mansión”.
- “Sea así – dije -, que tal nombre pláceme”.
E hubimos una cena primera en el comedor e más de media mesa sobraba, que pensé que habría que invitar a diario a indigentes por cubrir los sitios.
En Grazalema e a veinte y seis de marzo del año de dos mil e ocho.
ino con nosotros en el coche el arquitecto que había construido la casa bajo mis directrices. Al pasar para Grazalema a la vuelta del viaje, vimos todos abajo, al otro lado de la fuente, lo que los árboles nos dejaron ver de los tejados, pero llegados ahora sin priesa a la Fuentefría, pudimos ya ver con detenimiento la verja de hierro en su sitio respuesta e vinieron a mi mente recuerdos de otrora.
Entrábase a la casa por una cancela que podía abrirse sin bajar del coche e que daba paso a un corto camino que bajaba hasta la puerta de la casa. Vista ésta desde la entrada aparecía muy grande, mas una vez que entramos, parecía se habían movido las paredes y dejaban más sitio en su interior.
El recibidor de la casa era tan grande como una estancia e de gran parecido al que tuviese en mi casa de Sevilla e, pasando luego una gran puerta doble, accedimos a la sala principal, muy ornada e muy cómoda – según parecióme -, con cómodos butacones para sentarse e gran mesa redonda e de cristal grueso en el centro. Por las paredes de los lados, discurrían dos escaleras que llevaban a un pasillo en alto que asomaba al mesmo salón desde el fondo y, sobre él, se levantaba un techo inclinado e de cristal que iluminaba la sala.
Corrieron los niños por subir a lo alto e quise yo mirasen e bajasen para acompañarnos en la visita. Desde el centro del pasillo superior, corría hacia el fondo otro pasillo hacia las estancias terminado en una pared de cristal que ni era puerta ni era ventana, sino muro transparente. Así, pregunté yo a don Emilio, el arquitecto, si tales paredes eran seguras e no dejaban pasar el frío.
- “Chimenea no veo tal como se habló – le dije -, mas siendo algunas paredes de cristal, difícil paréceme mantener el calor desta casa”.
- “No tal, excelencia – razonó -, que lo que no veis o creéis falta, pensado está, pues tiene esa pared de cristal tal hechura, que vuélvese caliente si afuera hace frío”.
- “Me hacéis pensar – le dije – que cosa alguna de lo que os tracé habéis olvidado e otras habéis mejorado”.
- Así lo he intentado, excelencia – sonrió -, mas si cualesquiera partes desta casa no hicieren la función para la que se han construido, yo mesmo daré la orden de que sean reparadas, con su consentimiento, para que sean lo que se pensó fueran”.
Las dos puertas de la parte baja llevaban a la zona de servicio e a un gran comedor, con mesa tan grande que habría usar pértigas para limpiarla. E al fondo del comedor, daba una puerta de metal brillante, con ventanas redondas, a las cocinas, y éstas, tenían salida hacia la parte del servicio.
Como habíamos interés por saber cómo eran nuestras estancias, subimos todos a la primera planta e Antonio tiraba de mis ropas e Carlitos tomó mi mano. Marinín, aunque nos precedía, miraba todo con asombro, mas creí yo que con la vista tomaba medidas. Y en entrando en el ancho corredor, descubrimos la puerta tallada e otras semejantes que habíanse tallado en el mesmo pueblo por hacerlas parecidas a la original. Describir no puedo lo que sentí al ver la alcoba e los pequeños entraron casi asustados a miralla e asomáronse a las ventanas. E casi no se oyó otra palabra; así fue cómo nos impresionó lo visto.
E por terminar la visita – comenzaron las pláticas sobre lo visto -, pasamos a la zona de servicio e de allí a una sala extraña donde sólo un artilugio me era conocido, pues era la llamada caldera que toda la casa mantendría a una temperatura ideal y cuyos soportes tenían la misma forma que de los que yo recordara de los construídos por mi padre. E fue tal mi emoción, que hube de volverme e salir de allí.
- ¡Marino! – siguióme Marcos -, bien veo que la casa os place y que no sólo cumple vuestros deseos, sino que os trae gratos recuerdo sin duda”.
E volviéndome hacia él, le abracé e rompí en llantos.
- “Atináis, compañero – le hablé como pude -, e quiero dar fe de que todo esto ha de ser para los niños, mas en usufructo, de forma tal, que mientras que viváis sea vuestro si yo falto”.
- “Cosa tal sabéis no va a ocurrir – dijo -, pero las palabras se las lleva el viento. Así pues, todo quedará por escrito junto al testamento que ya otorga todas vuestras pertenencias a vuestros hijos. E como ya es voluntad de Marinín, todo lo que herede al cumplir sus dieciocho años de su tío de Plasencia, pasará a formar parte destos bienes. Quizá, amigo, vos lo veáis e no así nosotros”.
- “Désen las órdenes oportunas – dije – para que esta mesma noche, si ello es posible, vivamos en esta casa. E no se venderá la del pueblo aunque sí quiero sea habitada e no dejarla vacía ¡Comience la mudanza!
En Grazalema e a veinte e cuatro de marzo del año de dos mil e ocho.
olvió la tarde a ser como las que pasáramos hacía meses sentados todos en el salón, mas no en lecturas sino en pláticas, recordando muchos momentos vividos en las Américas; el frío intenso pasado algunas tardes, las noches abrazados a mi pequeño Marinín, que no pensaba que hubiese tormentas más fuertes que las que aquí vivimos, los extraños sabores de muchas comidas, que de picantes, nos hacían beber cerveza y refrescos y respirar con intensidad. E de todo ello se alegraba Su Ilustrísima, que pocas veces se apartó de sus niños e muchas hubo de decirles que mirasen alguna cosa porque no vieran otra. E como ellos hubo gran contento e veíasele su rostro feliz, hasta tal extremo, que era él y no los niños el que recordaba aqueste u otros momentos vividos.
Mas sabiéndose estábamos ya en nuestra casa, recebimos aviso del inspector dándonos la bienvenida e no quise yo los niños oyesen trazado alguno. Así, hablamos por teléfono Marcos e yo en la alcoba e nos dijo que la confusión destos parciales llegó hasta tal punto, que nos creyeron huidos para siempre.
- “No alcéis las campanas al vuelo, capitán – me dijo -, que atentas están las ratas para acudir a por su bocado; mas no saben éstas que no irán a casa alguna a robar el queso, sino que entrarán en una ratonera que salida no tiene. Trazado tengo el plan e pocos días antes del ataque, allí me tendréis por hacer los preparativos.
Con esto, Marcos e yo pensamos en visitar la nueva casa todos e preparar todo lo necesario para la mudanza si ésta estaba habitable. Pedí nos acompañase el arquitecto a esta primera visita para descubrirnos los secretos de su construcción e quedó fijado el día y la hora: el lunes veinte y cuatro a las doce del medio día por haber luz suficiente.
Saltaron los niños de contento e comenzó el servicio a aprestar cuanto hubiese que llevarse y preparó Su Ilustrísima lecturas e oraciones al efecto.
- “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”.
- “Papá – espetó Marinín -, decidme cómo es cierto que nuestro dormitorio está junto al vuestro en esa nueva casa”.
- “¿Acaso lo dudáis, pequeño? – lo senté sobre mi pierna -; bien sé que no queréis separaros mucho de mí e yo de vos e de vuestros hermanos. Todos los dormitorios, el del tío Juan y el de los invitados que pudiesen visitarnos, están en la planta alta. E no se sube allí por una escalera que asciende desde un lado del salón, sino de dos dellas; cada una a un lado del salón principal. Subiréis por la que más os convenga. Mas quiero aclarar meridianamente que se seguirán las normas de convivencia que hasta agora se han seguido. Así pues, antes de pasar a cualquier estancia, llamaréis en espera de respuesta e, si no la hubiese, dejaréis de llamar y no entraréis”.
Me sonrió feliz e miró a sus hermanos e, besándome luego, se apeó de mi pierna y se acercó a Su Ilustrísima, que feliz también estaba por lo oído, aunque aquello de subir las escaleras e bajarlas no le agradaba tanto.
E sin hablar de otras cosas, preparamos Marcos e yo la mudanza en nuestra alcoba para que fuese presta e cómoda e hicimos planes para los temidos ataques de los que nos habló el inspector. De tal forma debería darse fin a tanta lucha, que ni los niños ni Su Ilustrísima lo notasen. Todo estaba dispuesto.
En Grazalema e a veinte y tres de marzo del año de dos mil e ocho.
erminado el largo viaje al que nos llevó Marcos, retomo mi diario no sin antes manifestar mi asombro por todo lo visto y oído, que más que sentir haber estado en la otra parte del mundo, hemos sentido estar en otro mundo diferente, de forma tal, que insistían los niños en no volver a Grazalema y, sin decir nada desto, comencé yo mesmo a pensar que allí podríamos poner nuestra casa, mas, no así pensaba Su Ilustrísima, que como ya dijo antes de salir, más prefería lo tranquilo destos pueblos.
Viajamos a Sevilla todos en nuestro coche e dio Marcos el encargo a Rafael de ir cada quince días a cuidar dél. No hubimos de esperar mucho tiempo e pasamos a una nave grande como palacio e llena de gentes que podíanse oír hablar en varias lenguas, aunque casi todos ellos hablaban español o inglés, pero con extraño acento. Fue largo el viaje e hube de preguntar a Marcos me explicase cómo era posible haber comenzado el viaje a las doce del medio día y, tras más de siete horas de viaje, llegar al otro lugar una hora y media más tarde. No demasiado cerca del lugar de nuestra llegada, tomamos un coche grande e fuimos viendo carreteras e casas e gentes que nunca antes habíamos visto hasta llegar al hotel, que también era como palacio, donde pasamos los primeros días. Y eran las gentes destas tierras muy cordiales e con ellos hablábamos mucho por aprehender su acento, que a veces, más que inglés parecía otra lengua.
De una ciudad viajamos a otra y desta a otra más, mas en ningún momento nos sentimos fatigados, pues en cada una dellas parábamos hasta veinte días, veíamos sin priesa las maravillas que se mostraban ante nuestros ojos y descansábamos días enteros en el hotel, que dentro de sí tenía lugares tan bellos, que quise Marcos tomase nota para poner alguno parecido en mi modesto palacio. E yo mesmo compré papel e una caja de lo que llamaban «coulor pencils» e hice algunos bocetos.
No quiero fatigar a vuestras mercedes narrándoles todo los visto, mas sí me gustaría supiesen que, los primeros días, tuvimos dolores en la nuca, pues eran tan altos los edificios como nunca los habíamos visto e, para ver su parte alta, había que retirarse a los frondosos e grandes jardines o levantar la cabeza. No todos eran edificios de gran talla e altura, sino que en alguna ciudad rentamos casas de una sola planta e de gran tamaño con servicio e mayordomo; e algunos dellos eran negros o chinos o americanos que hablaban español.
Recorrimos ciudades de todo aquel país que es llamado Estados Unidos e Marcos fue mostrándome en un mapa dónde estábamos, de tal forma, que ni yo mesmo sabía cuál sería la ciudad de la siguiente visita. Era el país tan grande, que para ir de una ciudad importante a la siguiente, deberíamos volar, que las distancias eran muy grandes. Así, Su Ilustrísima, a veces preguntaba con ilusión cuándo sería el siguiente vuelo, pues sobre las nubes sentía e le parecía estar más cerca de Dios, no por la altura, sino por la belleza que vio había construido para nosotros. Sólo en dos de los viajes notamos que la nave vacilaba e, los niños, que a nada temen, siguieron sus juegos e, Su Ilustrísima e yo preguntamos a Marcos si habría algún fallo, mas nos consoló éste en diciéndonos que el movimiento era poco e producido por los grandes vientos de aquellas tierras. Aún así, la primera vez, observé cómo Su Ilustrísima destrozaba nerviosamente entre sus manos las hojas de noticias (newspapers) que le habían entregado al llegar.
Fueron los vuelos revueltos, e hame pedido Marcos no desvele el orden en que se visitaron las ciudades, más sí puedo decir que estuvimos en lugares llamados New York, Boston, Philadelphia, Denver, Houston, Chicago, Montreal (ciudad del país vecino por el frío norte e que es llamado Canadá donde se habla también el francés), e visitamos unas tierras llamadas California donde muchas de las ciudades tienen nombres españoles, de santos casi todos ellos, e fueron estas tierras las descubiertas por mi tío don Álvar a donde llevó nuestra fe. E también visitamos otros lugares donde la gente hablaba español (aunque con algunas raras palabras). Así como lo prometió lo cumplió, que restamos muchos días en la ciudad de la fantasía que era maravilla de ver e que cambió a los niños, quizá para toda su vida, e la mía quedó marcada en un antes y un después por ver su contento. E toda ella fue idea de un hombre llamado Walt Disney.
E no queriendo revelar mucho más de nuestro luengo viaje y estancia en aquellas tierras, sí quiero decir a vuesas mercedes que llevóme Marcos a lugares inesperados, entre montañas y bosques; lugares salvajes e bellísimos por donde en algún momento vivió mi padre.
Vueltos al fin del periplo, fuimos recebidos con grande algarabía e chirimías e nos dieron muchas músicas a todas horas e vino la excelentísima señora alcaldesa doña María José Lara Mateos a preocuparse personalmente por nosotros e a manifestarnos ella mesma había cuidado de la construcción de la nueva casa de Fuentefría e sentíase orgullosa de haber dado al pueblo algo que le faltaba, pues aseguróme que, como yo le dije, la reja de la fuente, encajaba en su sitio como anillo al dedo. Así, invitéla a nuestra primera visita e a un almuerzo de honor. E pocos días después, lleváronse sólo los muebles necesarios, que todo estaba ya bien aderezado. E fue para mí gran sorpresa que la puerta que otrora diese paso a la cripta de mi hermano en Ronda, diese paso a mi alcoba compartida con Marcos. Sorpresa esta que fue idea de Su Ilustrísima, pues era puerta tallada en madera, de grande anchura e altura e de edad de muchos siglos. E así como he detallado a vuesas mercedes nuestros viajes y estancias en otras tierras, he de describilles cómo ha quedado nuestro modesto palacio, mas esto será para cuando yo bien lo conozca.
En Grazalema e a veinte y tres de marzo del año de dos mil e ocho.