A fe, Majestad, que no sé qué cosa he tomado o que hechizo me han hecho, pues hace tiempo que conservo siempre el mesmo aspecto, la mesma fuerza, y una extraña encarnadura que cura mis heridas como si no las hubiese sufrido.
Mi alma daría por descubrir el secreto que paró vuestros días por parar los míos e no dejar nunca vuestro lado.
De estatura media, buen porte, buena presencia, buen yantar e mejor dormir, no ha guardado su sotana, que de vieja y remendada, paréceme no le quedan rastros de la tela primitiva, mas es maravilla de ver cuán bien se conservan entrambos.
Criatura como vos no puede encontrarse otra, que hasta yo me siento pequeño a vuestro lado e no os hacen falta ricas galas ni plumas ni relojes de oro para que cualquiera clave su mirada en vos.
¡Ángel de mis angelitos! Ojos tan claros e mirada habladora como esta no se ven, que son los angelitos invisibles e los mortales afortunados los únicos que habemos tal merced.
la puerta llamaron con insistencia e asomóse Cayetano con su compadre Lorenzo por ver quién avisaba con tales priesas en la cancela que mi finca cierra. E hasta dos coches había esperando e, junto a la reja, estaba el joven de la tienda de Ronda.
- ¡Excelencia! – gritó -; perdonad no os atendiese como os merecíais, que no sabía los «portátiles» eran para vos; e aquí los traemos.
- ¿Qué decís? – acerquéme de contento - ¿Aquí ya?
- Sí, señor – respondió ijadeando -, que hasta Sevilla hemos ido por buscarlos e traerlos a vuestra casa.
- Merced que os agradezco, joven – le dije -, e paréceme el dinero es buen acicate. Pasadlos donde os diga e decidme el montante, que bien sé que habréis una buena fiesta del fin del año con lo que por esta venta ganéis. E una buena propina he de daros por traer la mercancía a mi casa (miré a Marinín)… de parte de los Reyes Magos.
- ¿De los Reyes Magos, papá? – abrazóse a mis piernas ilusionado -.
- ¡Sí, pequeño! – le dijo el joven con misterio -, que sabiendo Melchor no podríais haber vuestros equipos hasta pasada la fiesta, hanos encargado vayamos en persona a recogellos e… ¡aquí los tenéis!
E a un lado restó mudo e pasaron los coches e subieron los tres jóvenes a poner cada equipo en su sitio; e hubo gran contento de todos. E tomándolos aparte en mi bufete, hice efectivo el pago de lo pedido e agradecíles hiciesen creer a los niños eran mensajeros de Sus Majestades.
- Aquí, en este sobre – les dije -, habéis una buena recompensa para cada uno… mas no me habéis dicho vuestros nombres.
E mirándose unos a otros en sonriendo, acercáronse a la puerta por salir, hicieron reverencia e dijo uno dellos:
- Melchor, Gaspar e Baltasar, excelencia. Así son nuestros nombres.
E cerró la puerta e a ella corrí mas, cuando lleguéme al salón, viéndome Cayetano como asustado, preguntéle por aquellos tres hombres jóvenes.
- Dentro de una buena pieza han partido, excelencia ¿Quisiéredes mandase a llamarlos?
E sin decir palabra alguna a mi bufete volví y, en entrando en él, encontré una caja sobre la mesa e fui a verla con recelo. Abriendo con cuidado la tapa, allí dentro encontré una nota manuscrita en papel real e un abultado sobre con todo el dinero que húbeles entregado.
En Grazalema e a treinta e uno de diciembre del año de dos mil e ocho.
antas Navidades he vivido como años tengo, mas ninguna como esta, pues preparóse la mesa de tal guisa, que ya todo servido en mesas con ruedas, sentóse el servicio con nosotros e movíanse aquestas mesas por detrás de nuestras sillas e de allí nos servíamos sin haber de levantarse.
Presidió Su Ilustrísima la cena e bendijo los alimentos e, junto a él, a su diestra, sus cuatro angelitos se hallaban; e Marcos e yo mesmo e Lorenzo – que porque así lo pedí, a mi lado acomodóse –; e Víctor e doña Pastora; don Pablo e su esposa doña Fuencisla e su hijo mayor Guillermo; Cayetano e María con el pequeño Marino, que hasta un año ya tiene, sobre sus faldas; Ramón e las cuatro mujeres del servicio (excúseseme nunca diga sus nombres que así lo piden). E a otras personas quisimos sentar a nuestra mesa mas, por tristes acontecimientos pasados, excusaron su asistencia.
E fue la cena preparada de modo tal, que con las salsas de colores sobre las carnes de cada plato hallábase escrito el nombre de quien habría de comerlo. E por esto hube gran contento e hice honores a Ramón, que a más de cocinar adorna los platos e hasta los nombra con sus salsas coloreadas.
E no cabían las viandas en las fauces de Su Ilustrísima, que así, de cuando en cuando, vaciaba su boca por beber buen vino e aconsejaba no comer mucho por haber luego la Misa del Gallo en nuestra capilla.
Mas hubo gran fiesta en el salón e cánticos e juegos; e ardía la leña en el hogar manteniendo la casa caliente. E, acercándose ya las doce, apagáronse las luces e restamos todos como en una cueva de techo iluminado de azules e destellantes estrellas. E así, abriéronse las puertas de la capilla e pasó solemnemente Su Ilustrísima hasta su propio belén rondeño con el Niño Divino arropado en paño blanco; e todos le adoramos. E púsose en el pesebre en señal de haber nascido e hubo cánticos angelicales de mis hijos, que a todos ellos Marinín había enseñado. Y en la penumbra de nuestra azulada «cueva», pasamos hasta la capilla.
Oficióse misa solemne e homilía tal nos dio Su Ilustrísima, que nadie osó parpadear en oyéndolo e mirábame Lorenzo con disimulo abriendo la su boca en señal de asombro.
E hubo también moderno ofertorio, que levantáronse mis cuatro pequeños e al altar llevaron un pan redondo, un cáliz de vino en barro cocido e dos velas blancas en candelabros dorados que a cada flanco pusieron.
E, terminada la misa y comenzada de nuevo la fiesta, arremetí a Su Ilustrísima porque me diese razón que yo no alcanzaba, pues habiendo pan e vino en el altar, siempre usábase la redonda hostia por ser consagrada.
- A fe, sobrino – me dijo -, que ni yo a veces entiendo por qué se facen ciertas cosas, mas esta puedo explicaros. Dícese que muchos años antes de nacer Nuestro Señor entre nosotros, usaban los egipcios de poner panes aplastados e redondos en sus altares esperando bajasen sus dioses a santificarlos. Y eran estos panes ácimos, entiéndase sin levadura, e hasta tres letras llevaban en ellos puestas: La «I», la «H» e la «S».
- ¡Iesus, Hominus, Salvator! – razonéle -, que así tengo dicho.
- Costumbre es esa que la Iglesia tomó para sí más tarde – apuntó -, que mucho se habla desto e nadie sabe a ciencia cierta por qué así está puesto desde el Siglo III, pues dícese aquellas letras que en los panes egipcios se ponían, no eran otras sino las de sus tres dioses: Isis, Horus e Osiris, así llamado Seb. Sea cual sea, pues, el origen o significado destas tres letras, sólo los panes redondos e marcados con ellas, las hostias, pueden ser convertidas en el cuerpo de Cristo por la llamada transustanciación.
E viendo yo era complejo el tal tema, en los libros decidí mirarlo por mí mesmo e uníme a la fiesta. Mas, acercándome a ver al Niño ya en su pesebre puesto, a sus pies descubrí el rosario de claras semillas e de borlón de seda que vi en manos de Lorenzo.
- Excelencia – dijo suave a mi oído -; así como un día un niño entregáseme ese rosario en esta mesma noche, quiero ponerlo agora a sus pies.
En Grazalema e a treinta de diciembre del año de dos mil e ocho.
n llegándonos a la tienda que en Ronda vendía estos tales equipos portátiles, arremetióme al punto un joven por preguntar qué cosa deseábamos e, viendo yo que Marinín colocábase en el centro de la sala e miraba de espacio a su en derredor, hícele señas al tal joven porque esperase.
E mirando a la parte frontera e luego a mí sonriente, acercóse mi hijo e señalóme un estuche:
- ¡Ese, papá! – dijo -; como ese no hay otro, que es el mejor.
- Dice verdad vuestro hijo – apuntó el joven -, que como ese no hay otro y es el mejor, mas es también su precio el más alto.
- Acaso – contestéle – sea lo mejor lo más valioso e para mí ha de ser como presea e como ayudante en mis labores e para mis cuatro hijos e mi acompañante (a Marcos señalé) han de ser también de gran ayuda.
- Rencillas habréis por sentaros ante él, señor – dijo el joven en riendo -, que ninguno querrá dejar de usarlo.
- ¿E por eso habremos de reñir? – extrañéme - ¡Pónganseme seis dellos e cada uno use el suyo!
E mirándome con espanto, retiróse al punto el joven balbuceando:
- Mirad, señor – decía -, que como bien dice vuestro hijo, es el mejor, mas siendo el más costoso, es el único que habemos ¿E pedís seis dellos?
- Prepárese ese como diga mi hijo – contestéle con amabilidad – e dígame vuesa merced si otros cinco podrían encontrarse.
- ¡Otros cinco, claro está! – creí se ponía enfermo -. A fe, señor, que otros cinco tendríais aquí en acabando la fiesta de los Reyes Magos (miró al pequeño)… que están agora los Reyes muy ocupados en sus repartos.
- ¡Sea así, joven! – miré a mi pequeño -; ese que dice mi hijo he de llevar e todo lo que él os pida e, así como yo retire agora, así quiero cinco más.
Y en sacando mi cartera, puse sobre la mesa hasta cinco mil euros e pregunté el precio e aquel joven, oyó a Marinín sin dejar de mirarme e fue poniendo en una mesa todo lo preciso, hizo cálculo de su precio, entregué el dinero deste e parte de los pedidos y hasta la puerta salieron cuatro jóvenes a despedirnos.
- ¡Jo, papá! – decía mi pequeño en el viaje -, os aseguro que con estos equipos no saldremos nunca de nuestra estancia, ¡que todo lo hacen!
- A alguna cosa habrá que salir – le dije en riendo -, pues ni la comida ni el aseo se os servirá sentado ante el equipo.
- Yo mesmo he de prepararos cada cosa – añadió -, hasta tal punto, que esta mesma noche lo estéis usando.
E como dijo Marinín fue, pues pusimos cada cosa en su sitio e preparó el equipo para mi uso e, descansando para el almuerzo, seguimos con unas liciones de cómo debería de usarlo. Y era maravilla de ver cómo lo que yo hablaba se escribía e cómo podía darle órdenes en diciendo «haz esto», «borra eso», «copia eso»…
Así, pedí se me dejase a solas e púseme el cairel con las esponjas en la cabeza (que son llamados «auriculares») e lo que agora leen vuesas mercedes, escrito está sin tocar tecla alguna, sino en hablando. E quise mi equipo se llamase «Chuti».
En Grazalema e a treinta de diciembre del año de dos mil e ocho.
entado ante mi estuche portátil, decidido estaba ya a narrar a vuesas mercedes cuanto vivimos en las pasadas Fiestas de la Natividad de Nuestro Señor, cuando apagóse la ventana luminosa e no había forma de escribir mis pensamientos. Así que tan impotente vime, que a gritos maldije al tal estuche que habíame permitido escribir mi diario durante años, según las liciones que diérame Chuti, a quien Dios tenga a Su diestra.
En esto estaba, cuando parecióme oír alguien tocaba prudente a mi puerta.
- ¿Quién va? – grité - ¡Podéis pasar que atrancada no está la puerta!
E abrióse ésta muy de espacio e asomó la cabeza de Marinín e veíase en su rostro el asombro.
- A fe, papá – hablóme azorado -, que tales gritos dais que he pensado algo os sucedía.
- ¡Pasad, hijo – sonreíle -, que si bien es cierto que algo me sucede, no es cosa que remedio no haya, sino que mi estuche portátil no quiere que hoy escriba mi diario.
E acercándose, mirándolo e tocando algunas partes dél, fizo gesto de extraño e miróme sorpreso.
- Diría yo – habló – que ni podéis ni podréis escribir más vuestro diario en este estuche, papá, pues estos equipos han corta vida y este la suya ha cumplido.
- Al taller de expertos he de llevarlo pues, porque se me repare – dije enojado -, que en este he escrito siempre y en este he de seguir haciéndolo.
- Cosa tal no es posible, papá – abrazóme e acaricióme -, que como difunto está e no como enfermo. Ya os digo que estos equipos han corta vida y, en muriendo, con la basura habréis de ponerlo e comprar uno nuevo.
- ¡A tal me niego! – alcé la voz -; como mi compañero es ¿Pensáis acaso voy a arrojarlo con la basura?
- Sí – contestó seguro -, pues no es persona, sino equipo.
- ¡Esperad, hijo! – quedé en pensamientos - ¡La palabra exacta habéis dado!, pues no es esto ordenador ni computadora ni estuche ni portátil, sino máquina llena de herramientas invisibles que tanto nos dejan escribir, como dibujar, como hacer músicas o jugar ¡Equipo! ¡Pláceme tal palabra!
- Pues así os ha de placer – dijo – el venir a mi estancia e usar el mío por escribir vuestro diario e ver la grande diferencia que entre este (el mío señaló) y el que yo uso hay.
Tendió su mano porque le acompañase e levantéme, que no era de razón negarme a algo que mi hijo pensaba era mejor para mí. Y en llegando a su estancia, hízome sentar frente a su «equipo» e puso sobre mi cabeza un a modo de cairel negro con sendas esponjas que mis oídos tapaban e una a modo de manecilla que por delante de mi boca quedaba.
- Ahí tenéis la página en blanco, papá – apretó mi mano -; decid cualquiera cosa que queráis escribir. Y en esto dije: «Pues agora no sé qué decir».
E así lo dije, en el papel luminoso vi escritas las mesmas palabras: «Pues agora no sé qué decir».
Quitéme el cairel e levantéme espantado.
- ¿Qué cosa es esta que escribe lo mesmo que yo digo?
- A fe, papá – díjome mi hijo en riendo -, que si no me tomáis como otro «Chuti» que os enseñe, nunca vais a avanzar. Un equipo nuevo habréis de comprar; no tan costoso como el vuestro e que muchas otras cosas face e más rápidamente. Así, cuando queráis escribir vuestro diario, sólo habréis de decir las palabras, narrándolo, y solas se escribirán; e cuando queráis repasar lo escrito, le decís al equipo os lo lea, que es cosa que hace en perfecto castellano.
E sin dejar mi sorpresa y estupor, mirélo fíjamente e sonreíle.
- Mañana mesmo – le dije -, hemos de ir a Ronda a comprar el mejor… «equipo» que encontréis, que quiero haber unas pláticas con él e que me escriba el diario e luego lo lea, pues mucho he de narrar de lo acontecido en estas fiestas.
- Decidlo a papá Marcos – contestóme -; Pablo e yo, que desto mucho habemos conocimiento, hemos de acompañaros e yo mesmo he de daros cuatro liciones.
- A buscar a Marcos voy – dije en acercándome a la puerta -; preparaos para venir con nosotros a por ese «equipo» que me escuche e que por mí escriba e que luego lo lea.
E derramando en los aires una sonrisa (que Su Ilustrísima hubiese querido ver por angelical) ofrecióme el suyo por no quedar sin escribir, mas decidí hacerlo con el que fuere mi nuevo «equipo».
En Grazalema e a veinte y nueve de diciembre del año de dos mil e ocho.
erminaba mis afeites por la tarde, pues por la mañana no hube tiempo, mientras ojeaba Marcos los papeles de Lorenzo y en voz alta me hablaba:
- A fe, Marino, que este zagal no es como los otros, pues a los niños da juegos e como niño se aparece e, hablando luego con él, adviértese una mirada dulce, un rostro resplandeciente e palabras sin mancilla. Nadie diría pudo verlo Su Ilustrísima en ciertos menesteres.
- De lo que me habláis asaz conozco – le dije -, que hablando con los niños es como uno dellos e hablando con Su Ilustrísima diríase de todo sabe y de todo habla con conocimiento mas, ¿cuándo ha comenzar su trabajo en nuestra casa?
- Acaso pasada la fiesta de la Navidad – me dijo -, mas arde en deseos de comenzar y esta mesma tarde ha venido e arriba en la buhardilla jugando con los pequeños se halla.
- ¿Arriba decís está? – puse atención -.
- Arriba – repitió -, que hace frío para andar en juegos en el campo.
Y en oyendo lo dicho, excuséme por ir a verlos en sus juegos e subí muy quedo e a la puerta acerquéme, que entreabierta estaba, por ver qué hacían. E vi a mis niños sentados en la alfombra, todos ellos frente a él, e a Carlitos tenía sentado en una de sus rodillas e algo les narraba:
«Sabed, les decía, que mañana por la noche, cuando es el momento de recordar el nascimiento del Niño Divino, un año hará que estaba yo en cuidando mis ovejas ahí cerca y, hallándome en lecturas, sentí un grande frío que helaba mis huesos. Con esto, púseme junto a una pira que encendiese a la entrada e donde había una jarrita de la dulce leche de las ovejas calentándose un poco. E fui a beberla cuando, caminando por entre los árboles en la obscuridad de la noche, vi se acercaba un bulto resplandeciente; e no era ese bulto otra cosa sino un niño de edad como hasta la de vuesas mercedes, que hasta los once años no había. E venía con poca ropa, pues sólo vestía una a modo de túnica blanca que hasta sus pies le cubría y eran sus cabellos largos e dorados e, acercándose a la luz del fuego, turbéme al vello ¿No habéis frío con esas ropas? ¡Acercaos al fuego!, le dije, que horas no son estas de andar por los campos ¡Tomad! ¡Bebed un poco de leche caliente! E tomó mi jarrita con entrambas manos por calentarlas acaso e un poco bebió sin dejar de mirarme ¡Dime, niño!, le dije, ¿De quién eres todo vestidito de blanco? E dejando de beber e sonriéndome, oí la su dulce voz en diciendo: Soy de la Virgen María y del Espíritu Santo. E tanto turbéme al oír su palabras, que caí hacia atrás como en sueños y en el suelo caído despertéme e no sabía si soñando estaba. Mas, por acercarme al fuego e calentarme, vi mi jarra puesta sobre un tronco grueso que a la sazón está junto a la puerta por atrancarla, e allí encontré mi jarrita. E no había leche en ella. E cuando acerquéme por ver si toda la había bebido, a vino olía. E mirad soy verdadero, que poco vino bebo, mas por paliar el frío apreté mi capa e de allí bebí toda la jarrita llena. ¡E a gloria sabía!».
- ¡Acaso – dijo Marinín con sus ojos muy abiertos – dormido os quedasteis!
- No tal, Marino – respondióle -, que la pira encendida con algunas ramas secas aún ardía e junto a mi jarrita esto hallé.
E vilo tomar algo de su bolsillo e mostrarlo a los niños e parecióme un rosario con cuentas de semillas de color claro e, donde la cruz había de estar, había un brillante borloncillo blanco de seda. E no queriendo interrumpir sus pláticas e sintiéndome turbado, bajé con sigilo, mas a priesa, por decir lo oído a Marcos; e tan turbado como yo quedó.
En Grazalema e a veinte y dos de diciembre del año de dos mil e ocho.
ormía profundamente, cuando oí un grande estruendo al abrirse la puerta e no vi a Marcos a mi lado, sino que por la puerta entraba trayéndome el jugo de naranja e sonriente.
- ¡Levantaos, Marino! – espetó -, que es día de facer cosas.
- ¿E qué hacéis vos ya vestido tan de temprano? – preguntéle -; sin mí os habéis levantado e dello no me he apercibido.
- Acaso olvidáis que venía hoy el nuevo cuidador de los caballos, como me dijisteis – manifestó –, e muy de temprano ha venido. Paréceme ese joven ha mucha ilusión por tomar para sí este puesto del servicio e… a lo que he visto, también paréceme que no es otro sino el zagal que llegóse antier por haber ciertas… «necesidades».
- El mesmo es, Marcos – confeséle -, mas desto no he querido cosa alguna decir, que en no viendo la su faz ni Su Ilustrísima ni nadie, nadie ha de reconocerlo.
- Cosa que en nada me atañe, Marino – dijo en acercándose -, que con él acabo de hablar por tomar sus datos para el contrato de su trabajo en Ronda e paréceme gentil y educado como pocos. Tomaos vuestro jugo e bajad presto, que abajo está en pláticas con Su Ilustrísima. Yo he de partir por hacerlo sirviente en lo tocante a la ley.
- ¿Con Su Ilustrísima está? – preguntéle asustado -; ¡no creo sepa éste quién es el otro e sepa el otro no debe llamar «cura» a don Juan! ¡Al punto bajo!
- Antes de hablar con don Juan – díjome con picardía – con él he habido unas pláticas e así hele aclarado que no ha de temer se le reconozca e que debe llamaros a vos «excelencia» e a don Juan «Ilustrísima», que no es cura, sino obispo e de grande renombre en Ronda.
En poco, tomé la ropa e abriguéme por bajar al punto y, en llegándome a las escaleras, oía a Lorenzo ya hablar con Su Ilustrísima.
- ¡Buenos días nos dé Dios! – saludélos -; bien veo que ya conoce Su Ilustrísima a Lorenzo… ¡No levantaos, joven, pues he de sentarme yo!
- Mucho tiempo no ha de perderse en el desayuno – apuntó Su Ilustrísima -, que pronto han de empezar a cantar la lotería desta Navidad los niños de San Ildefonso e hasta siete números llevo.
- ¿Siete números? – exclamé -. No me asombra sean muchos, sino que es el siete el número de la suerte.
- Así le decía a este joven, sobrino – contestó -, que si algún premio cayese en esta casa, he de repartirlo con todos e ya forma él parte desta nuestra familia. Su presencia me agrada, e siendo nascido como es en la Ribera e bautizado en Grazalema, aquí siempre ha vivido e poco ha estudiado. Mas bien paréceme sus padres le han educado en algunas materias.
- ¿No es vuestra educación de la escuela, Lorenzo? – preguntéle -; a fe que parecéis culto como si hubieseis examinado.
- Examinado no he, excelencia – sonrióme -, mas habiendo mucho tiempo para lecturas en la noche, mucho he leído, que en cuidando animales…
- ¡No decid nada más! – interrumpílo -, que vuestra cultura nos importa e vuestra educación sin mácula. No hablemos de trabajos pasados e sí del venidero.
E razonando éste yo no quería de las ovejas hablase, sonrióme en un gesto de aprobación e como cómplice.
- Haciendo excepción, sobrino – me dijo don Juan -, durante el desayuno habremos unas pláticas, pues a Lorenzo he invitado a sentarse a nuestra mesa.
- Os aseguro, Capitán – dijo Lorenzo en apuro -, que siendo campesino no ha sido mía la idea de sentarme a vuestra mesa.
- Mal me parece – le dije -, que campesino o marqués, según oí decir acaso hace un par de años, todos somos iguales. Con nosotros habéis de desayunar, pues aún no sois parte del servicio. Y esto digo, no por prohibir al servicio sentarse a mi mesa, que en Navidad lo facen, sino que tiene el servicio otro horario y en comedor tan lujoso como este las mesmas viandas que nos han por desayuno, almuerzo e cena.
- A fe, excelencia – dijo con dulzura en mirándome -, que no he de encontrar lugar alguno donde las cosas así sean. Un honor e un privilegio habré en yantar en la mesma mesa que vuesas mercedes en no siendo aún del servicio, y el mesmo honor y privilegio será compartir mesa con los que han de ser mis compañeros en las labores desta casa.
E levantóse Su Ilustrísima a encender la «ventana luminosa» por oír el sorteo e, tan fuerte se oía, que molestaba.
- ¡Por oírlo desde el comedor hablan tan fuerte – gritó -, que no quiero perderme premio alguno que del bombo salga! ¡Desayunemos!
- ¿E dónde están mis niños, Ilustrísima? – grité - ¡Por aquí no los veo!
- Siguiendo las costumbres desta Casa – dijo entrándonos en el comedor – aquí les tenéis ya sentados, que no era de razón estuviesen presentes en conversaciones de adultos.
- ¡Papá, papá! – vino a mí Pablo -, que no es otro, sino Lorenzo, el que ha de cuidar de nuestros caballos.
- Así es, pequeño – diles los buenos días -; un vecino de la Ribera que creo conoscéis.
- ¡No hay duda, papá! – respondieron también los otros -, pues muchas veces ha jugado con nosotros a la pelota y es divertido e muchas historias nos cuenta.
E mirando con cuidado a Lorenzo, que sonreíame, hícele pasar e díjele se sentase junto a los niños e hubieron éstos gran contento.
Así, tomamos el desayuno en pláticas y entre risas en oyendo allá, al fondo, el cántico navideño de la lotería e, sin cosa decir alguna, levantóse Su Ilustrísima en limpiando sus labios e al salón corrió.
- Acaso – les dije – ya tenga premio.
E no fue así, sino que volvió mirando sus papeles con desilusión y en diciendo había más premios. E, acabado el desayuno, en el salón quise yo nos sentásemos todos con Lorenzo (Marcos en Ronda estaba) e junto a éste acomodéme, aunque algo justo, pues los niños me empujaban por oírnos.
E tomando un anís con guindas de la cosecha de don Juan e algunos dulces, vimos (e oímos) grandes voces, pues el premio que llaman «el gordo» había salido. Y en mirando don Juan sus papeles, trocóse su rostro en alabastro, levantóse e retiróse a su estancia.
- ¿Acaso hemos dicho o hecho – dijo Antonio – cosa alguna que le haya disgustado?
- Más bien paréceme, hijo – acariciélo -, que el tal «gordo» le ha tocado. Pronto volverá ya recuperado del susto e lo sabremos.
- ¡No he de tomar yo parte desto! – murmuró Lorenzo -, que aunque de la casa me siento, tal merced no merezco.
- A Su Ilustrísima no conoscéis, Lorenzo – toméle la mano -, que cuando habla de repartir el premio, incluye al servicio e como parte dél os toma ya.
- A fe, excelencia – díjome muy quedo -, que si supiese a quién va a darle parte dese premio, otra semblanza habría.
- De ovejas no habléis – le dije – e nada desto sabrá. No rechacéis lo que os dé, si es que nos da algo.
- ¡Vive Dios que tal cosa no he de hacer!
Y en esto, volvía Su Ilustrísima con otro semblante e otra sonrisa:
- ¡Buena parte del gordo me ha tocado!
Y en una corta pieza, supieron Marinín e Pablo cuánto había tocado e a cuánto tocábamos cada uno.
- ¡Jo, papá! ¡Hasta 7.000 euros por cabeza!
En Grazalema e a veinte y dos de diciembre del año de dos mil e ocho.
n día sólo hubo pasado cuando volvió por la mañana a llamar a nuestra puerta el joven zagal que las ovejas cuidaba cerca de la casa. Abrióle Cayetano e dióme aviso, pues supo quién era aunque no qué le traía.
- ¿Capitán? – preguntó el zagal -; acaso os sea agora de estorbo…
- ¡No tal, zagalón! – sonreíle -, que en estando el tiempo tan frío no he de salir y en la chimenea me caliento ¡Pasad!
E quitando su embozo, descolgando su capa e destocándose, le dijo Cayetano podía dejar ropa e sombrero en el vestidor e ponerlos luego al salir.
- ¡No tanto – respondióle -, que poca he comprado para estos helores por no haber caudales!
E a esto, mirólo Cayetano con extraño e dijo el zagal trabalenguas tal, que aún intento decirlo sin errar:
- Quien poca capa parda compra, poca capa parda paga; yo, que poca capa parda compré, poca capa parda pagué.
- Así ha de ser – le dije -, que además de dificultoso el decir eso, debe ser dificultoso el hacerlo; mas paréceme capa de mucho abrigo. Pasad una pieza a calentaros, que siendo hoy domingo, hanse ido todos al pueblo hasta el medio día y en lecturas ya me aburro.
- Poca educación pensaréis tengo – dijo dulcemente -, pues ni siquiera os he dicho mi nombre.
- Así es que no lo sé – contestéle -; e si el mío no sabéis, sabed es Marino aunque todos me llamen excelencia.
- Ya lo sabía, excelencia – dijo en entrando -, pues no muy lejos de aquí con mis padres vivo e, aún más cerca, las ovejas cuido por ganar unos céntimos por las tardes e las noches.
- ¿Unos céntimos decís? – creí era una chanza -; algunos euros, supongo.
- Como decís no es – dijo en acerándonos a un asiento -, que más no me da el dueño desas ovejas e poco más de dos euros he de ganancia en toda la noche.
E mi mirada en sus ojos quedó como pegada al oír aquello.
- Lorenzo he por nombre, excelencia – sonrióme -, e Lorenzo me llaman, que título alguno tengo.
- Para poco os serviría, Lorenzo – le dije -, sino para ganar unos cuartos e gastar el doble. Mas a lo que me decís de vuestra soldada por toda una noche no alcanza mi razón, que aunque tengáis «buena compaña», paréceme penoso tal trabajo por un par de euros.
- Otra cosa no hago – dijo – e casi siempre duermo. Así, no duermo en casa mas gano algo.
- ¿Quisiéredes haber otro sueldo más? – preguntéle -; trabajo tendría para vos e no por dos euros.
- E… - miróme dudoso - ¿qué habría de hacer e cuánto ganaría por ello?
Reí, pues sabía había otros pensamientos por lo hablado el día anterior.
- No habed cuidado, Lorenzo – así su mano fría -, que es trabajo honrado el que os ofrezco. Unos caballos tengo que han de cuidarse debidamente e Cayetano lo hace con gusto, mas no es su trabajo allende, sino aquende; dentro de la casa. Así pues, seríais el cuidador e yo mesmo os diría cuál sería vuestra labor. Sólo trabajaríais hasta ocho horas de día cuidándolos e hasta dos mil euros en un mes os daría con descanso dominical como es costumbre desta casa. E a más, si quisiéredes aquí haber aposento alguna noche, vuestra estancia tendríais.
- ¡Creer no puedo lo que me decís! – exclamó - ¿E cómo digo yo agora a don Amancio dejo de cuidar sus ovejas?
- Acaso conozcáis a otro zagal que quisiera hacerlo – dije insinuante – por tal cantidad de dinero.
E volvió a mirarme sonriente mas dudando de mis intenciones y, en esto, trujo Cayetano algo de café caliente que le hube pedido e habló al zagal.
- A fe, Lorenzo, y excúseme su excelencia entre en puertas cerradas, que lo que el Capitán os dice es cierto, pues no ha mucho que llegaron los caballos e yo mesmo los cuido e hasta uno dellos es regalo que se me fizo. Sé que muy bien cuidáis a los animales e cómo los amáis e, siendo así, a su excelencia aconsejo tome a Lorenzo como cuidador de caballos e a vos, compadre, toméis tal puesto. E de tal decisión nunca habréis de arrepentiros.
- Dejadme pensarlo – nos dijo a entrambos -, que otro trabajo como el que se me brinda nunca he de encontrar ni aquí ni en Grazalema ni en Ronda.
E haciendo reverencia, marchóse Cayetano e seguía mi vista clavada en los ojos de aquel zagal.
- Capitán – dijo cabizbajo -, a veros he venido por el gran placer que ello me causa, no por obligaros a darme un trabajo en esta casa ni…
- Lo que pensáis sé e no importa, Lorenzo – sonreíle -, si es vuestro deseo el verme, trabajando aquí me veréis cada día mas… también os veré yo.
- En casa extraña me hallo – dijo – e asustado por volver a ver al señor «cura» que aquí vive.
- Lo que teméis – le dije – ya no habréis de temer, que está enmendado e, si quisiéredes acompañarme, os mostraría con gusto la casa e conoceríais al resto del servicio.
- Con gusto os acompañaré a donde digáis – apretó mi mano – e con gusto he de tomar ese puesto de cuidador que me ofrecéis; e con gusto he de trabajar para vos.
E sabiendo yo lo que pasaba a todo el que a mí se acercaba e que luego Marcos sentíase mal, a nadie dije lo que hicimos en el paseo por la casa, sino que advertí a Lorenzo de que a trabajar habría de venir e no a otra cosa. Con esto, fuimos a las cocinas e hubo unas pláticas con los criados (a los cuales bien conoscía) e quiso marcharse antes de que llegase mi familia mas, al abrir la puerta para salir, ya embozado, llegaron mis niños en gran contento e besáronme todos (mas no así Su Ilustrísima) e así supieron habrían a un nuevo sirviente, mas no vieron su rostro. E habló don Juan cuando fuése.
- A fe, sobrino – me dijo -, que ese zagal paréceme el adecuado para cuidador de los caballos e, siendo tan joven como en sus ojos se advierte, muy amigo habrá de ser también de Víctor e de mis angelitos.
- Así lo decís, así lo pienso, Ilustrísima.
En Grazalema e a veinte y uno de diciembre del año de dos mil e ocho.