enía del jardín entrando en el salón, cuando encontré a Su Ilustrísima con un libro en una mano y el rosario en la otra e pude observar en su mirada un tanto de enfado e otro tanto de disgusto.“¿Acaso, Ilustrísima – espeté -, hay algo que no os place?”.
“Tal cosa no diría yo – respondióme -, que ni es disgusto ni es enfado, sino preocupación. No os dais cuenta, sobrino, de que cuando hacéis vuestros ejercicios de la esgrima en el jardín, que bien sé debéis hacerlos por mantener vuestra destreza, puede haber alguien observándoos”.
“Difícil me parece – le dije -, que andan los niños en sus liciones y el servicio en la cocina y preparando la casa”.
“Acaso – continuó -, no hayáis visto como yo la cara de Marinín pegada al cristal mirándoos y, ya lo sabéis, por un motivo que sólo Dios Nuestro Señor sabe, lo que aprehende Marinín, aprehenden sus hermanos”.
“¿Qué decís? – exclamé - ¿Marinín observando mis artes y abandonando sus clases? Tal cosa he de manifestar con disgusto a Víctor, que cuando los niños deben estar en sus estudios, no deben estar asomados a las ventanas”.
“Más me preocupa esto por el pequeño Carlitos que por Antonio – siguió leyendo -; no quisiera ver a ese pequeño usando esas artes contra sus amigos”.
“Siento deciros, Ilustrísima – me acerqué a él -, que igual que aprehenden estas artes aprehenden otras y Marinín no usaría jamás la espada contra sus amigos”.
“¡Dios os oiga! – sonrió -, que ya sabéis que fácil se aprehende lo malo e no tan fácil lo bueno”.
Subí a nuestra estancia y encontré a Marcos escribiendo.
“Ya he terminado mis ejercicios hoy – le dije - ¿Qué escribís?”.
“Un resumen hago de todo lo que llevará hacer la nueva casa – me miró sonriente – e intento calcular cuándo podríamos ya vivir allí, que estando el tiempo frío pero poco lluvioso, avanzan las obras que no parece cosa creíble”.
“¿Observáis desde aquí – preguntéle con astucia – los ejercicios que hago?”.
“¡Sin duda, compañero! – dijo con sinceridad -; me asombra vuestra destreza e paréceme espectáculo digno de ser admirado”.
Y acercándome a la ventana, vi que estaban allí aún las manchas leves de su rostro pegado al cristal.
“Quizá – me dijo -, os sea de estorbo que yo os mire”.
Me acerqué a él y abracéle fuertemente por la espalada:
“Sin mi licencia – le dije -, sabéis que podéis observarme cuanto os plazca”.
Subí luego a la buhardilla e interrumpí las liciones. Pusiéronse los niños en pié e acercóse Víctor.
“Con vos quisiera yo haber una plática – le dije -; mas no aquí. Salgamos una corta pieza a la escalera”.
“¡Sentaos! – dijo a los niños -, que vuestro padre necesita hacerme una consulta”.
Saliendo a la escalera y cerrando la puerta le pregunté si dejaba a los niños asomarse a las ventanas durante las clases y fue tal su asombro que así me respondió:
“Sabéis, excelencia, que soy recto con los niños, mas jamás en este tiempo ninguno ha osado a desobedecerme ni asomarse a ventana alguna alguno dellos ¿Ocurre algo?”.
“Creo que sí, Víctor – me eché a reír -, mas no lo que yo pensaba. Seguid vuestra labor, que no pongo en duda es excelente”.
Al abrir la puerta de la buhardilla, observé cómo los niños seguían sentados, en silencio y en lecturas.
No es difícil, pensé, que un anciano que siendo obispo no es tonto, confunda una ventana con otra.
En Grazalema e a veinte e dos de noviembre del año de dos mil e siete.


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