sí os digo – espetó seguro y grave Su Ilustrísima – que o vos o yo podemos errar en lo que os hablo, más paréceme me tomáis por simple al asegurarme que Marinín no pega su rostro a los cristales de la ventana e observa vuestras artes por aprenderlas, pues niño de talento sin igual, sólo mirando aprehende”.- “Verdadero os creo, Ilustrísima – dije -, no os digo tal sino por si acaso creyerais ver un rostro en una ventana y sea ese tal rostro otro y no sea el de Marinín”.
Quedóse dudoso mi Ilustre tío, levantóse como exhalación e hízome señas de seguirle hasta el jardín.
- “Salid aquí, sobrino – me llamó desde la parte descubierta -, que he de deciros con claridad de día en qué ventana observo se os mira ¡Mirad, mirad! Esa que os señalo, es la ventana desde la que mira Marinín”.
E mirando las ventanas que al jardín se asomaban, vilo señalar la de nuestra estancia e le miré sonriendo:
- "Acaso Su Ilustrísima ignora – le dije – que la ventana que señaláis no es la de la buhardilla, sino la de mi estancia y, estando los niños en sus liciones, Marcos anda en la empresa de los cálculos de la nueva casa e, cuando es llegada la hora de mis entrenamientos, su trabajo deja e con gran admiración me observa”.
- “Podría juraros – contestó – e bien sabéis que yo no juro, que en ese mesmo cristal que os señalo, he visto la cara de vuestro hijo cuando paseaba por el fondo del jardín estando vos en vuestras obligaciones”.
- “Bien es cierto – aclaréle – que Marcos e Marinín no han gran parecido, que si uno es de edad más avanzada, el otro parece tener mis rasgos en cara más infantil”.
- “Mucho me extraña, sobrino – volvió hacia la casa -, que penséis que yerro al deciros esto. Muy bien sé que la ventana de la buhardilla queda más alta, pero aseguraros puedo de que vuestro hijo os observa desde esa otra”.
Pensé entonces que en algo estaba yo errando y volví a subir a nuestra estancia encontrando a Marcos en sus quehaceres.
- "¿Cuánto tiempo os queda de labor? – preguntéle -, que la hora del almuerzo se acerca e debemos respetarla como todos los días”.
- "Y así será, Marino – contestóme -, que no habréis visto aún que yo deje el almuerzo por acabar esta empresa ni ésta por acabar aquél”.
- "Muchas horas ocupáis en la mañana – le dije – y es cosa de agradecer que, sin descanso, llevéis a cabo la labor que os he encomendado”.
- “Mentiría si os dijera que no descanso – me dijo -, pues aprovechando la hora del medio día, cuando hacéis vuestras artes en el jardín, holgando hasta diez minutos”.
E sabiendo yo muy bien la hora en que salgo al jardín todos los días, volví a subir a la buhardilla, llamé a Víctor a la escalera e preguntéle si las liciones matutinas se hacían sin receso.
- “¡No tal, excelencia! – contestóme turbado -, que no se puede mantener a los niños en sus estudios desde temprano hasta el almuerzo sin darles un breve descanso”.
- ¿E podríais decirme a qué hora descansan? – quise saber más.
- "A medio día como es costumbre, excelencia – dijo -, que no sería de razón un descanso si no está a la mitad de la mañana”.
E quedé meditabundo e atando cabos, pues salía yo al jardín a medio día e a esa mesma hora descansaba Marcos por observarme e descansaban los niños de sus liciones. Así, preguntéle a Víctor qué cosa hacían los niños en su descanso e díjome que bajaban a la cocina e que María les daba algún bocado.
Volví entonces a visitar a Marcos que recibióme sonriente e, dirigiéndome a él, le dije:
- "¡Ay! ¡Querido compañero Marcos! No os digo que mintáis, pero sí me parece omitís algún detalle”.
- “¡Está la casa como vos dijisteis estuviera! – exclamó - ¿A qué omisión os referís?
- “Decidme, Marcos – le dije - ¿Acaso os acompaña alguien en vuestro descanso cuando os asomáis a verme?”.
Púsose su rostro como alabastro e miróme fijamente.
- “Cierto es lo que decís, Marino – miró a la ventana -, e mirad soy verdadero, que siendo la hora del descanso de los pequeños, permito a vuestro hijo os vea para su disfrute e aprendizaje, así, entrambos miramos por los cristales vuestros precisos movimientos. No culpéis a vuestro hijo de tal, que fui yo mesmo, yo, quién le dije viniese a esa hora a veros. Vuestro hijo os venera, Marino, os estudia e os imita e si aprehende todo lo que hacéis y sois, será mañana otro Alacaída envidiable”.
E no sabiendo qué decir a esas palabras e no queriendo prohibirle dejase a mi hijo estar con su tío Marcos disfrutando de mis artes, con una leve sonrisa me despedí dél y bajé al salón a aclarar tal entuerto a Su Ilustrísima, más porque no se preocupase que por disculparme de yerro.
En Grazalema e a veinte y tres de noviembre del año de dos mil e siete.


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