19 noviembre, 2007

De los conocimientos de mis pequeños (2/2)

a sentados con orden mis pequeños es sus mesas, se oían los comentarios de don Ignacio sobre aquella pequeña escuela lujosa que no podía imaginar en una buhardilla exclusivamente preparada para tres niños.

Tomando Víctor una buena silla, púsola delante de su mesa de maestro mirando hacia los niños e invitó al «profesor» a sentarse.

- Comience cuando lo crea necesario – le dije -, que al fondo restaremos por no interrumpirles.

- Me gustaría empezar por saber si tienen buenos conocimientos de idiomas – me dijo -; les haré unas pruebas de inglés: This is a hat and that’s an umbrella. A ver, Marino, traduzca.

Pero Marinín, más astuto e más talentoso que aquel hombre, miróme pidiendo antes excusas e púsose a hablar conmigo en perfecto inglés preguntándome si estaba obligado a traducir tan tonta frase. Y en perfecto inglés le dije que hiciese todo aquello que don Ignacio le pidiese.

- ¡Bien, bien! – dijo visiblemente nervioso el profesor -; veo que es muy posible que sea su lengua materna.

- En ningún caso, don Ignacio – apunté -, que olvidáis en qué escuela han estudiado antes.

- ¡Cierto! – dijo llevándose la mano a la cabeza -; demos por pasada la prueba pues. Pasaremos al cálculo… ¿No hay papel donde escribir?

Di órdenes a Carlitos de que se levantase e tomase sus tres cuadernos de los anaqueles y hasta tres plumas.

- Con lápiz y goma para borrar los errores lo preferiría yo – advirtió don Ignacio -, que no me parecen correctos los tachones.

Y viendo que «el profesor» ignoraba ciertos conocimientos de mis niños, hice unas señas a Víctor y le entregó éste una pequeña máquina calculadora.

- Cerrad los cuadernos, chicos – les ordenó Víctor -, e poneos en pié cuando os pregunte don Ignacio dándole la respuesta.

Don Ignacio, un tanto confundido, le preguntó a Víctor qué clase de prueba debería hacerles y Víctor, con naturalidad e amabilidad, le dijo que preguntase de viva voz a los niños el resultado de cualquiera operación e, que si le era dificultoso comprobar si era correcto, lo hiciese con la pequeña máquina. Me pareció no creyó «el profesor» lo que le decía Víctor e le temblaban las manos, mas empezó una ronda sencilla. Llamó primero a Marinín y le pidió le diese el resultado de la suma de dos sencillos números, e viendo la respuesta era correcta, hizo lo mismo con Antonio, que respondió con certeza. Pidió una respuesta aún más fácil a Carlitos e recibió la respuesta correcta.

- ¿Qué otra cosa puedo hacer? – preguntó don Ignacio a Víctor - ¡No voy a pedirles hagan sumas complejas en la memoria!

- No, señor – le respondió con naturalidad Víctor -; podéis preguntar el resultado de alguna multiplicación o división… de momento. Dejad raíces cuadradas e cálculos complejos para más tarde.

Pudimos ver con claridad cómo enrojecía la faz de aquel hombre, que sin darse cuenta, cruzó las piernas sentándose inadecuadamente.

Hizo levantarse a Marinín con su orgullo herido e quiso dejarlo en ridículo pidiéndole la solución a una suma de hasta seis cifras, pero la respuesta de Marinín fue tan rápida, que quiso ver la solución en la máquina, pero no recordaba ya entonces las cifras que había mencionado y quedóse pasmado. Fue entonces cuando Marinín, con toda corrección, le dijo las dos cantidades a sumar (lentamente) y el resultado de la tal suma. Asustado de tal actitud, no preguntó a Antonio (que sabía era el de más edad), sino que preguntó a Carlitos el resultado de una suma tan complicada como el que pidió a Marinín, mas tuvo la precaución de ir apuntando las cantidades en la maquinita. Terminada la pregunta, dio Carlitos la respuesta y púsose don Ignacio en pie como empujado por un resorte.

-¡Vive Dios – exclamó -, que jamás antes había visto ni oído cosa igual!

- Hagamos otra prueba, don Ignacio – dijo con amabilidad el maestro Víctor -, e no os sintáis incómodo por lo que veis, que tenéis ante vos a unos niños a los que tengo que preguntar a veces algunas cosas. ¡Carlitos! Toma unos folios de aquella mesa. No los cuentes y que sean bastantes.

Fue Carlitos obediente a por los folios, los tomó casi sin mirarlos y los puso en las manos de don Ignacio.

- Veamos, Antonio – dijo Víctor con gravedad -, decidle a don Ignacio cuántos folios tiene en sus manos.

Y levantándose con respeto, le dijo que había trescientos y doce.

No podía don Ignacio ponerse a contar tal cantidad de papel si no quería tenernos allí esperando más de un cuarto de una hora. Tomó los folios y los puso detrás, en la mesa.

- En verdad, en verdad – espetó -, he de deciros que nunca he visto cosa igual.

Mas, en su inocencia (que reñida no está con los conocimientos), preguntó Carlitos que si no serían examinados de latines.

- ¿De latines? – exclamó don Ignacio mirándolo asustado -.

Y volviéndose el pequeño a su maestro, le preguntó en perfecto latín por qué no quería don Ignacio examinarles.

Dirigióse a mí don Ignacio asustado y, haciéndome una exagerada reverencia, comenzó a hablar:

- He de felicitaros y agradeceros lo que hacéis por estos niños, excelencia. Confiésome torpe e inútil ante ellos e no os quepa la menor duda de que, terminado el curso y sin examinar, todos ellos tendrán una nota sobresaliente académica que llegará a las manos que deben llegar. Agora, tras pediros mis más sinceras excusas, quisiera yo retirarme.

- No nos hagáis tal, profesor – exclamé -, que han los niños ilusión de tostar unas castañas en la chimenea e tendréis la oportunidad de hablar con ellos de cualquiera otra cosa que os interese saber. Invitado quedáis.

- Me sorprende vuestra cultura – dijo -, vuestra amabilidad e vuestra hospitalidad e tal cosa no me permite rechazar vuestra invitación. Detrás de vos, excelencia.

En Grazalema e a diez y nueve de noviembre del año de dos mil e siete.

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