19 noviembre, 2007

De los conocimientos de mis pequeños (1/2)

asaban los días sin novedades que narrar en este mi diario. Mis niños estudiaban sus clases por la mañana y dedicábanse a sus juegos y labores por las tardes y Su Ilustrísima y yo, ya la chimenea encendida por el frío que se nos venía, habíamos largas pláticas e lecturas e latines. Aprovechábase el tiempo como Dios nos lo manda e modificábanse ciertas partes de la casa y su mobiliario.

Mas esta mesma tarde, llamaron con fuerza a la puerta e corrió Cayetano a abrir – que algo urgente parecía – encontrándose con el maestro de la escuela del pueblo. Hízolo pasar hacia el salón e levantámosnos a recibillo:

- Presentación creo no es necesaria – dijo Su Ilustrísima -, que bien nos conocemos todos de asistir a la Santa Misa.

- Sin duda, Monseñor – respondióle -, que varias veces he confesado con vuesa merced.

- No quisiera yo corregir al maestro – le dije -, mas preferiría tratase a don Juan como Ilustrísima.

- Corrección – dijo el maestro – que me parece pertinente, señor.

- Tampoco quisiera yo ser impertinente, maestro – espetó Su Ilustrísima -, pero creo más apropiado tratase vuesa merced al «señor» como «excelencia», que es uso de tal tratamiento de cortesía cuando se habla con un marqués.

- Así será pues – dijo grave -, mas quisiera yo aclararles también que no soy maestro, sino profesor.

- Aclarados pues tanto título y tratamiento – dije -, dejad el abrigo a Cayetano e sentaos aquí cerca del fuego, que vendrán pronto los niños a asar unas castañas e habremos de catallas con un buen licor.

- De tales niños, sus hijos, excelencia – pisóme al sentarse -, quería yo hacerle algún comentario, pues bien sabe Su Excelencia que hoy en día es obligatoria la enseñanza e, viendo que sus hijos no aparecen por la escuela, me atrevería a pedirle les hiciese un breve examen por saber qué materias conocen.

Su Ilustrísima hubo de taparse la boca y toser por disimular lo que veíase venir.

- Habría – continuó – la necesidad de llevarlos a la escuela la mañana que más le fuese conveniente para tal examen.

- Antes de examinarlos, señor «profesor» - le dije con cierta pompa -, quisiera supiese han pasado ya examen en las escuelas sevillanas de Highland, una de las más severas y bien reconocidas en España.

- Bien deben entonces haber aprendido las materias destos últimos cursos – espetó -, que no hay allí alumno que pase con menos de un notable al siguiente curso.

- Y habiendo su propia aula en la buhardilla desta su casa, señor «profesor» - insistí con cierta sorna -, preferiría viniese vuesa merced el día que le plazca o pueda hacerlo, que me interesaría a mí mesmo e a su maestro, don Víctor, saber hasta dónde llegan sus conocimientos.

- No es costumbre que el profesor vaya a la casa del alumno – dijo éste -, mas si así os parece oportuno, esta mesma tarde, incluso, les haría un breve examen e, a la vista de los resultados, podría yo darles una clasificación oficial en la escuela.

- Problema alguno veo en eso – le dije -, que he de llamarlos agora para que vengan a vuestra presencia ¡Cayetano!

Advertí a Cayetano subiese a buscar tanto a los niños como a Víctor, que todos deberían conocerse, e les dijese bajasen con orden e repasando su ropa e cabellos, a conocer al «profesor» del pueblo.

Bajaron al poco los tres niños de espacio e con orden por las escaleras seguidos de su maestro e paráronse al acercarse a nosotros. Levantámosnos todos por recebilles e dije en voz alta e clara:

- Don Víctor. Niños. Este señor que está aquí con nosotros no es otro sino el «profesor» de las escuelas de Grazalema.

- Ya le conocemos, papá – dijo Antonio -, aunque a sus clases nunca hemos ido.

- Es mi nombre don Ignacio – dijo -, que con las presentaciones no he dado a conocer.

- Agora – le dije a los niños con tono cariñoso -, el «profesor» os pasará examen para haber conocimiento de las enseñanzas que ya habéis recebido. E, para ello, seguiremos a don Víctor hasta vuestra aula en la buhardilla. Dióse Víctor la vuelta tras una pequeña reverencia (más cómica que de cortesía) e todos le seguimos por las escaleras mientras Su Ilustrísima, sin separarse de la chimenea, nos advertía que seguiría allí sentado.

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