asó el desayuno como era costumbre en la casa; fuéronse los pequeños a sus estudios, Marcos a realizar las labores que yo le encomendase e así quedó Su Ilustrísima en lecturas en el salón muy arrimado al fuego, que cuando volví al salón parecióme oler a ropa tostada.- “¿Acaso hay hoy alguna novedad, sobrino? – preguntóme Su Ilustrísima sin levantar la vista del libro -; no es hora de que se os vea holgando”.
- “Bien decís no es hora de holganza para mí – le dije -, mas hame manifestado Marcos que aquesta mesma mañana ha de revelarnos novedades que cambiarán nuestras vidas por algún tiempo”.
Levantó Su Ilustrísima la vista del libro e miróme por encima de los cristales de las sus lentes.
- “¿Novedades decís? – espetó inquieto -. Cuando Marcos habla de novedades me tiembla el pulso mas, si han de cambiar nuestras vidas por un tiempo, preferiría volverme «ese tiempo» a la casa de Ronda, que más me apetece solaz que ajetreo”.
- “¡Vamos, Ilustrísima! – le rogué -, escuchemos sus proyectos durante el almuerzo y decidamos entre todos si ese tiempo ha de seguirse pasando en esta casa como ha lugar a diario o haremos lo por él trazado”.
- “Bien sabéis, sobrino – contestó sin atención -, que no soy parcial de pláticas en la mesa mientras yantamos como tampoco lo soy de tanto trafego como hasta agora llevamos. ¡Haya paz, calma, reposo, tranquilidad y sosiego!”.
- “Sea como vos decís – contestelle -, que poco movimiento vuelve a las cosas piedras y mucho, terremotos. Esperemos sus nuevas”.
- “Esperémoslas – dijo – aunque tenga que ser en la mesa donde descansa el cuerpo del Señor, que nos alimenta”.
- “Amén”.
Esperé todo el tiempo con Su Ilustrísima en el salón estando como él en lecturas, se nos sirvió el bocado y el vino que ya era costumbre y llegó la hora del almuerzo. Salió Ramón de la cocina al comedor (con sus movimientos tambaleantes) e diónos aviso de la hora del almuerzo.
Bajaron puntuales mis niños con Víctor e allí esperamos todos unos segundos a Marcos, que bajó las escaleras con un cartapacio lleno de papeles.
- “La puntualidad en ciertos asuntos de la vida – dijo Su Ilustrísima - es cosa que nunca debe adelantarse ni atrasarse ni tan sólo unos segundos”.
- “Os comprendo, Ilustrísima – le dijo Marcos -, mas si el reloj atrasa y necesito preparar unos documentos de forma tal que su orden sea perfecto, no creo unos segundos sean tan importantes. Al menos, tan importantes como lo que quiero manifestaros a todos”.
Los niños saltaron de contento, tal vez pensando que la nueva casa ya estaría preparada, y Víctor lo miró con sospechas.
- “Traíganse de primero las viandas – dije -, bendígase la mesa, comamos al menos el primer plato en silencio como es costumbre y comiéncese a hablar de proyectos”.
Así se hizo, que fue servido el primer plato con sus entremeses, elevó Su Ilustrísima sus oraciones para bendecir los alimentos y, en tomando yo el cuchillo para la carne, todos comenzaron a comer el plato servido.
Y en esto que el servicio retiraba un plato e iba sirviendo otro, comenzó Marcos a dar las explicaciones de su trazado:
- “Duda no hay de que en este pueblo, en esta casa y con esta compaña, el tiempo es útil e provechoso. Mas habiendo yo oído que pudiese en cierto momento aparecer por aquí alguien no deseado y con no tan buena compaña, he pensado en llevar a cabo aquella empresa que quedó en el aire. Y al hablar de aire, hablo de volar también, que para llegar al otro lado del mundo no es de razón encerrarse en una embarcación molesta durante muchos días cuando en pocas horas estaremos allí sobrevolando los mares como los pájaros”.
- “¡Jo!, tío Marcos – exclamó Marinín - ¿Habláis acaso de viajar a ese país de fantasía para nosotros?”.
Cambió el semblante de Su Ilustrísima.
- “No sólo de lo que decís hablo, hijo – contestóle -, sino que dando la vuelta al mundo e no habiendo mejores cosas que hacer, también he pensado en llevar a vuestro padre a la tierra de su padre, que es hoy la llamada Nicaragua, y a que veáis ciudades donde los edificios, de altos, se pierden entre las nubes. Todo eso, y mucho más, será pagado íntegramente con dinero de mis arcas para todos y, en vez de ser un viaje corto de nueve o diez días, pararemos en algunos sitios hasta quince dellos e celebraremos la Navidad y la Nochevieja y también el Día de los Reyes en aquellos bellos parajes. Pido agora, como es de razón, la venia de vuestro padre para llevar a cabo esta empresa”.
- “Un tanto perplejo me dejáis – dije -, sorpreso, asustado, ilusionado, temeroso, halagado…Diría yo que habría de pensarlo. Si tal no os es de estorbo, dejadme meditar tan complicado proyecto al menos un día”.
- “Sea así, Marino – contestóme con reverencia -, que no es cosa de salir mañana volando; mas os pediría yo que no meditéis demasiado, que nos convendría salir de aquí lo antes posible”.
- “¿Volar, decís? – exclamó Su Ilustrísima espantado - ¡Jamás de los jamases he puesto un pie en esas naves para cruzar los mares por los aires!
- “No es cosa de espanto, Ilustrísima – le dije – que yo mesmo he volado con pavor la primera vez y con placer las siguientes, pues son estas naves tan seguras, que menos se mueven que un coche e menos que una embarcación, hasta el punto de que ni si quiera notáis movimiento alguno. Y os lo dice alguien más viejo que vos”.
- “Terminado está el trazado de la casa y empezadas las obras – dijo Marcos -, entregados los permisos y los dineros de adelanto ¿Quién sabe si cuando lleguemos estará la nueva casa acabada para nuestro gozo?”.
- “¡Jo, tío Juan! – rogó Antonio -, que si no venís con nosotros echaremos a faltar muchas cosas ¡Aceptad!”.
- “¡Como vuestro padre os digo! – le respondió -; dejadme pensar al menos un día”
- “Ofrecedlo a Dios Nuestro Señor como sacrificio – le dije -, que aunque de sacrificio poco tiene, haréis felices a vuestros angelitos”.
- “Sobre todo – contestóme – por acompañarlos a los cielos”.
Grazalema e a veinte y cuatro de noviembre del año de dos mil e siete.


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