25 noviembre, 2007

De las decisiones tomadas

ióse en el desayuno un cruce de miradas, que todos estaban pendientes de las miradas de los otros. Sabíamos que Marcos e así mesmo los niños no iban a negarse a tan llamativa llamada a viajar, más tomándome Marcos aparte, manifestóme su preocupación por una misiva recebida en su estuche portátil donde se aseguraba que, en el ataque definitivo no quedaría con vida miembro alguno de la familia incluida Su ilustrísima y el servicio e describíase, sin mucho detalle, cómo se me daría a mí mesmo la muerte definitiva. E no queriendo Marcos dar más señas de lo trazado por el enemigo, propuso la huída, mas temporal, a otros países lejanos por saber que si yo no era encontrado, nada ocurriría al servicio.

Con esto, fui yo el que avisé al inspector leonés e le dije no viniese. Convencer a Su Ilustrísima por salvarle la vida, sería lo más complejo, mas ya tenía también mi compañero forma de que se aviniese, aún en contra de su voluntad, pues si quedaba éste en Ronda, bien podría ser torturado o sacrificado.

Sentados por la mañana en el salón, dijimos a Su Ilustrísima que no era tal viaje el que una vez se trazó para los pequeños, sino uno mucho más largo para salvar todas nuestras vidas e que no ponía en peligro al servicio que, hasta ese momento, no sabía dónde nos hallaríamos cada día. E tenía Marco pensado un viaje de forma tal que no se nos pudiera seguir e que nos manutuviésemos en contacto con el inspector de León, sin decirle tampoco dónde nos encontrábamos, para preparar nuestra vuelta. Tal cosa significaba que, al regreso, debería yo estar preparado para dar muerte, de una sola vez, a todos los que nos acechaban; y el inspector se encargaría de hacer los preparativos.

Llegado el almuerzo, parecía presente en el aire del comedor cierta tensión hasta llegado el segundo plato.

- “He pensado – les dije – que me parece atinada e razonable la idea de Marcos, que en estando de viajes por tanto tiempo, más hemos de disfrutar de nuestra nueva casa cuando regresemos”.

Su Ilustrísima, haciendo como el que meditaba mientras los niños saltaban de su contento, esperó una pausa y así dijo:

- “Mañana mesmo hemos de hacer una misa en petición de favores, pues dispuesto estoy a acompañar a mi familia al viaje pensado”.

E fue tan grande la alegría, que salió todo el servicio por ver si algo ocurría, mas en ningún momento se habló de los lugares a donde nos dirigiríamos.

- Bien me parece que todos estemos en acuerdo – dijo Marcos – e, siendo así, prepárense las maletas esta mesma tarde e no se ponga en ella más que lo necesario para tres días, que en llegando a los lugares sorpresa, han de comprarse las ropas mejores de tales lugares, que no en todas las tierras se viste del mesmo modo. Y en llegando luego a una desde otra, se cambiarán por las del nuevo lugar e no volverán a usarse las nuestras hasta el momento del regreso”.

Omitió, por razones de seguridad, que el mesmo día primero de diciembre partiríamos a aquellas otras tierras fantásticas en vuelo desde Sevilla. E así, quiero que conste que, hasta la vuelta, no escribiré en este diario palabra alguna.

En Grazalema e a veinte y cinco de noviembre del año de dos mil e siete.

24 noviembre, 2007

De la sorpresa de Marcos para todos

asó el desayuno como era costumbre en la casa; fuéronse los pequeños a sus estudios, Marcos a realizar las labores que yo le encomendase e así quedó Su Ilustrísima en lecturas en el salón muy arrimado al fuego, que cuando volví al salón parecióme oler a ropa tostada.

- “¿Acaso hay hoy alguna novedad, sobrino? – preguntóme Su Ilustrísima sin levantar la vista del libro -; no es hora de que se os vea holgando”.

- “Bien decís no es hora de holganza para mí – le dije -, mas hame manifestado Marcos que aquesta mesma mañana ha de revelarnos novedades que cambiarán nuestras vidas por algún tiempo”.

Levantó Su Ilustrísima la vista del libro e miróme por encima de los cristales de las sus lentes.

- “¿Novedades decís? – espetó inquieto -. Cuando Marcos habla de novedades me tiembla el pulso mas, si han de cambiar nuestras vidas por un tiempo, preferiría volverme «ese tiempo» a la casa de Ronda, que más me apetece solaz que ajetreo”.

- “¡Vamos, Ilustrísima! – le rogué -, escuchemos sus proyectos durante el almuerzo y decidamos entre todos si ese tiempo ha de seguirse pasando en esta casa como ha lugar a diario o haremos lo por él trazado”.

- “Bien sabéis, sobrino – contestó sin atención -, que no soy parcial de pláticas en la mesa mientras yantamos como tampoco lo soy de tanto trafego como hasta agora llevamos. ¡Haya paz, calma, reposo, tranquilidad y sosiego!”.

- “Sea como vos decís – contestelle -, que poco movimiento vuelve a las cosas piedras y mucho, terremotos. Esperemos sus nuevas”.

- “Esperémoslas – dijo – aunque tenga que ser en la mesa donde descansa el cuerpo del Señor, que nos alimenta”.

- “Amén”.

Esperé todo el tiempo con Su Ilustrísima en el salón estando como él en lecturas, se nos sirvió el bocado y el vino que ya era costumbre y llegó la hora del almuerzo. Salió Ramón de la cocina al comedor (con sus movimientos tambaleantes) e diónos aviso de la hora del almuerzo.

Bajaron puntuales mis niños con Víctor e allí esperamos todos unos segundos a Marcos, que bajó las escaleras con un cartapacio lleno de papeles.

- “La puntualidad en ciertos asuntos de la vida – dijo Su Ilustrísima - es cosa que nunca debe adelantarse ni atrasarse ni tan sólo unos segundos”.

- “Os comprendo, Ilustrísima – le dijo Marcos -, mas si el reloj atrasa y necesito preparar unos documentos de forma tal que su orden sea perfecto, no creo unos segundos sean tan importantes. Al menos, tan importantes como lo que quiero manifestaros a todos”.

Los niños saltaron de contento, tal vez pensando que la nueva casa ya estaría preparada, y Víctor lo miró con sospechas.

- “Traíganse de primero las viandas – dije -, bendígase la mesa, comamos al menos el primer plato en silencio como es costumbre y comiéncese a hablar de proyectos”.

Así se hizo, que fue servido el primer plato con sus entremeses, elevó Su Ilustrísima sus oraciones para bendecir los alimentos y, en tomando yo el cuchillo para la carne, todos comenzaron a comer el plato servido.

Y en esto que el servicio retiraba un plato e iba sirviendo otro, comenzó Marcos a dar las explicaciones de su trazado:

- “Duda no hay de que en este pueblo, en esta casa y con esta compaña, el tiempo es útil e provechoso. Mas habiendo yo oído que pudiese en cierto momento aparecer por aquí alguien no deseado y con no tan buena compaña, he pensado en llevar a cabo aquella empresa que quedó en el aire. Y al hablar de aire, hablo de volar también, que para llegar al otro lado del mundo no es de razón encerrarse en una embarcación molesta durante muchos días cuando en pocas horas estaremos allí sobrevolando los mares como los pájaros”.

- “¡Jo!, tío Marcos – exclamó Marinín - ¿Habláis acaso de viajar a ese país de fantasía para nosotros?”.

Cambió el semblante de Su Ilustrísima.

- “No sólo de lo que decís hablo, hijo – contestóle -, sino que dando la vuelta al mundo e no habiendo mejores cosas que hacer, también he pensado en llevar a vuestro padre a la tierra de su padre, que es hoy la llamada Nicaragua, y a que veáis ciudades donde los edificios, de altos, se pierden entre las nubes. Todo eso, y mucho más, será pagado íntegramente con dinero de mis arcas para todos y, en vez de ser un viaje corto de nueve o diez días, pararemos en algunos sitios hasta quince dellos e celebraremos la Navidad y la Nochevieja y también el Día de los Reyes en aquellos bellos parajes. Pido agora, como es de razón, la venia de vuestro padre para llevar a cabo esta empresa”.

- “Un tanto perplejo me dejáis – dije -, sorpreso, asustado, ilusionado, temeroso, halagado…Diría yo que habría de pensarlo. Si tal no os es de estorbo, dejadme meditar tan complicado proyecto al menos un día”.

- “Sea así, Marino – contestóme con reverencia -, que no es cosa de salir mañana volando; mas os pediría yo que no meditéis demasiado, que nos convendría salir de aquí lo antes posible”.

- “¿Volar, decís? – exclamó Su Ilustrísima espantado - ¡Jamás de los jamases he puesto un pie en esas naves para cruzar los mares por los aires!

- “No es cosa de espanto, Ilustrísima – le dije – que yo mesmo he volado con pavor la primera vez y con placer las siguientes, pues son estas naves tan seguras, que menos se mueven que un coche e menos que una embarcación, hasta el punto de que ni si quiera notáis movimiento alguno. Y os lo dice alguien más viejo que vos”.

- “Terminado está el trazado de la casa y empezadas las obras – dijo Marcos -, entregados los permisos y los dineros de adelanto ¿Quién sabe si cuando lleguemos estará la nueva casa acabada para nuestro gozo?”.

- “¡Jo, tío Juan! – rogó Antonio -, que si no venís con nosotros echaremos a faltar muchas cosas ¡Aceptad!”.

- “¡Como vuestro padre os digo! – le respondió -; dejadme pensar al menos un día”

- “Ofrecedlo a Dios Nuestro Señor como sacrificio – le dije -, que aunque de sacrificio poco tiene, haréis felices a vuestros angelitos”.

- “Sobre todo – contestóme – por acompañarlos a los cielos”.

Grazalema e a veinte y cuatro de noviembre del año de dos mil e siete.

23 noviembre, 2007

De otro rostro en la mesma ventana

sí os digo – espetó seguro y grave Su Ilustrísima – que o vos o yo podemos errar en lo que os hablo, más paréceme me tomáis por simple al asegurarme que Marinín no pega su rostro a los cristales de la ventana e observa vuestras artes por aprenderlas, pues niño de talento sin igual, sólo mirando aprehende”.

- “Verdadero os creo, Ilustrísima – dije -, no os digo tal sino por si acaso creyerais ver un rostro en una ventana y sea ese tal rostro otro y no sea el de Marinín”.

Quedóse dudoso mi Ilustre tío, levantóse como exhalación e hízome señas de seguirle hasta el jardín.

- “Salid aquí, sobrino – me llamó desde la parte descubierta -, que he de deciros con claridad de día en qué ventana observo se os mira ¡Mirad, mirad! Esa que os señalo, es la ventana desde la que mira Marinín”.

E mirando las ventanas que al jardín se asomaban, vilo señalar la de nuestra estancia e le miré sonriendo:

- "Acaso Su Ilustrísima ignora – le dije – que la ventana que señaláis no es la de la buhardilla, sino la de mi estancia y, estando los niños en sus liciones, Marcos anda en la empresa de los cálculos de la nueva casa e, cuando es llegada la hora de mis entrenamientos, su trabajo deja e con gran admiración me observa”.

- “Podría juraros – contestó – e bien sabéis que yo no juro, que en ese mesmo cristal que os señalo, he visto la cara de vuestro hijo cuando paseaba por el fondo del jardín estando vos en vuestras obligaciones”.

- “Bien es cierto – aclaréle – que Marcos e Marinín no han gran parecido, que si uno es de edad más avanzada, el otro parece tener mis rasgos en cara más infantil”.

- “Mucho me extraña, sobrino – volvió hacia la casa -, que penséis que yerro al deciros esto. Muy bien sé que la ventana de la buhardilla queda más alta, pero aseguraros puedo de que vuestro hijo os observa desde esa otra”.

Pensé entonces que en algo estaba yo errando y volví a subir a nuestra estancia encontrando a Marcos en sus quehaceres.

- "¿Cuánto tiempo os queda de labor? – preguntéle -, que la hora del almuerzo se acerca e debemos respetarla como todos los días”.

- "Y así será, Marino – contestóme -, que no habréis visto aún que yo deje el almuerzo por acabar esta empresa ni ésta por acabar aquél”.

- "Muchas horas ocupáis en la mañana – le dije – y es cosa de agradecer que, sin descanso, llevéis a cabo la labor que os he encomendado”.

- “Mentiría si os dijera que no descanso – me dijo -, pues aprovechando la hora del medio día, cuando hacéis vuestras artes en el jardín, holgando hasta diez minutos”.

E sabiendo yo muy bien la hora en que salgo al jardín todos los días, volví a subir a la buhardilla, llamé a Víctor a la escalera e preguntéle si las liciones matutinas se hacían sin receso.

- “¡No tal, excelencia! – contestóme turbado -, que no se puede mantener a los niños en sus estudios desde temprano hasta el almuerzo sin darles un breve descanso”.

- ¿E podríais decirme a qué hora descansan? – quise saber más.

- "A medio día como es costumbre, excelencia – dijo -, que no sería de razón un descanso si no está a la mitad de la mañana”.

E quedé meditabundo e atando cabos, pues salía yo al jardín a medio día e a esa mesma hora descansaba Marcos por observarme e descansaban los niños de sus liciones. Así, preguntéle a Víctor qué cosa hacían los niños en su descanso e díjome que bajaban a la cocina e que María les daba algún bocado.

Volví entonces a visitar a Marcos que recibióme sonriente e, dirigiéndome a él, le dije:

- "¡Ay! ¡Querido compañero Marcos! No os digo que mintáis, pero sí me parece omitís algún detalle”.

- “¡Está la casa como vos dijisteis estuviera! – exclamó - ¿A qué omisión os referís?

- “Decidme, Marcos – le dije - ¿Acaso os acompaña alguien en vuestro descanso cuando os asomáis a verme?”.

Púsose su rostro como alabastro e miróme fijamente.

- “Cierto es lo que decís, Marino – miró a la ventana -, e mirad soy verdadero, que siendo la hora del descanso de los pequeños, permito a vuestro hijo os vea para su disfrute e aprendizaje, así, entrambos miramos por los cristales vuestros precisos movimientos. No culpéis a vuestro hijo de tal, que fui yo mesmo, yo, quién le dije viniese a esa hora a veros. Vuestro hijo os venera, Marino, os estudia e os imita e si aprehende todo lo que hacéis y sois, será mañana otro Alacaída envidiable”.

E no sabiendo qué decir a esas palabras e no queriendo prohibirle dejase a mi hijo estar con su tío Marcos disfrutando de mis artes, con una leve sonrisa me despedí dél y bajé al salón a aclarar tal entuerto a Su Ilustrísima, más porque no se preocupase que por disculparme de yerro.

En Grazalema e a veinte y tres de noviembre del año de dos mil e siete.

22 noviembre, 2007

De un rostro en una ventana

enía del jardín entrando en el salón, cuando encontré a Su Ilustrísima con un libro en una mano y el rosario en la otra e pude observar en su mirada un tanto de enfado e otro tanto de disgusto.

“¿Acaso, Ilustrísima – espeté -, hay algo que no os place?”.

“Tal cosa no diría yo – respondióme -, que ni es disgusto ni es enfado, sino preocupación. No os dais cuenta, sobrino, de que cuando hacéis vuestros ejercicios de la esgrima en el jardín, que bien sé debéis hacerlos por mantener vuestra destreza, puede haber alguien observándoos”.

“Difícil me parece – le dije -, que andan los niños en sus liciones y el servicio en la cocina y preparando la casa”.

“Acaso – continuó -, no hayáis visto como yo la cara de Marinín pegada al cristal mirándoos y, ya lo sabéis, por un motivo que sólo Dios Nuestro Señor sabe, lo que aprehende Marinín, aprehenden sus hermanos”.

“¿Qué decís? – exclamé - ¿Marinín observando mis artes y abandonando sus clases? Tal cosa he de manifestar con disgusto a Víctor, que cuando los niños deben estar en sus estudios, no deben estar asomados a las ventanas”.

“Más me preocupa esto por el pequeño Carlitos que por Antonio – siguió leyendo -; no quisiera ver a ese pequeño usando esas artes contra sus amigos”.

“Siento deciros, Ilustrísima – me acerqué a él -, que igual que aprehenden estas artes aprehenden otras y Marinín no usaría jamás la espada contra sus amigos”.

“¡Dios os oiga! – sonrió -, que ya sabéis que fácil se aprehende lo malo e no tan fácil lo bueno”.

Subí a nuestra estancia y encontré a Marcos escribiendo.

“Ya he terminado mis ejercicios hoy – le dije - ¿Qué escribís?”.

“Un resumen hago de todo lo que llevará hacer la nueva casa – me miró sonriente – e intento calcular cuándo podríamos ya vivir allí, que estando el tiempo frío pero poco lluvioso, avanzan las obras que no parece cosa creíble”.

“¿Observáis desde aquí – preguntéle con astucia – los ejercicios que hago?”.

“¡Sin duda, compañero! – dijo con sinceridad -; me asombra vuestra destreza e paréceme espectáculo digno de ser admirado”.

Y acercándome a la ventana, vi que estaban allí aún las manchas leves de su rostro pegado al cristal.

“Quizá – me dijo -, os sea de estorbo que yo os mire”.

Me acerqué a él y abracéle fuertemente por la espalada:

“Sin mi licencia – le dije -, sabéis que podéis observarme cuanto os plazca”.

Subí luego a la buhardilla e interrumpí las liciones. Pusiéronse los niños en pié e acercóse Víctor.

“Con vos quisiera yo haber una plática – le dije -; mas no aquí. Salgamos una corta pieza a la escalera”.

“¡Sentaos! – dijo a los niños -, que vuestro padre necesita hacerme una consulta”.

Saliendo a la escalera y cerrando la puerta le pregunté si dejaba a los niños asomarse a las ventanas durante las clases y fue tal su asombro que así me respondió:

“Sabéis, excelencia, que soy recto con los niños, mas jamás en este tiempo ninguno ha osado a desobedecerme ni asomarse a ventana alguna alguno dellos ¿Ocurre algo?”.

“Creo que sí, Víctor – me eché a reír -, mas no lo que yo pensaba. Seguid vuestra labor, que no pongo en duda es excelente”.

Al abrir la puerta de la buhardilla, observé cómo los niños seguían sentados, en silencio y en lecturas.

No es difícil, pensé, que un anciano que siendo obispo no es tonto, confunda una ventana con otra.

En Grazalema e a veinte e dos de noviembre del año de dos mil e siete.

19 noviembre, 2007

De los conocimientos de mis pequeños (2/2)

a sentados con orden mis pequeños es sus mesas, se oían los comentarios de don Ignacio sobre aquella pequeña escuela lujosa que no podía imaginar en una buhardilla exclusivamente preparada para tres niños.

Tomando Víctor una buena silla, púsola delante de su mesa de maestro mirando hacia los niños e invitó al «profesor» a sentarse.

- Comience cuando lo crea necesario – le dije -, que al fondo restaremos por no interrumpirles.

- Me gustaría empezar por saber si tienen buenos conocimientos de idiomas – me dijo -; les haré unas pruebas de inglés: This is a hat and that’s an umbrella. A ver, Marino, traduzca.

Pero Marinín, más astuto e más talentoso que aquel hombre, miróme pidiendo antes excusas e púsose a hablar conmigo en perfecto inglés preguntándome si estaba obligado a traducir tan tonta frase. Y en perfecto inglés le dije que hiciese todo aquello que don Ignacio le pidiese.

- ¡Bien, bien! – dijo visiblemente nervioso el profesor -; veo que es muy posible que sea su lengua materna.

- En ningún caso, don Ignacio – apunté -, que olvidáis en qué escuela han estudiado antes.

- ¡Cierto! – dijo llevándose la mano a la cabeza -; demos por pasada la prueba pues. Pasaremos al cálculo… ¿No hay papel donde escribir?

Di órdenes a Carlitos de que se levantase e tomase sus tres cuadernos de los anaqueles y hasta tres plumas.

- Con lápiz y goma para borrar los errores lo preferiría yo – advirtió don Ignacio -, que no me parecen correctos los tachones.

Y viendo que «el profesor» ignoraba ciertos conocimientos de mis niños, hice unas señas a Víctor y le entregó éste una pequeña máquina calculadora.

- Cerrad los cuadernos, chicos – les ordenó Víctor -, e poneos en pié cuando os pregunte don Ignacio dándole la respuesta.

Don Ignacio, un tanto confundido, le preguntó a Víctor qué clase de prueba debería hacerles y Víctor, con naturalidad e amabilidad, le dijo que preguntase de viva voz a los niños el resultado de cualquiera operación e, que si le era dificultoso comprobar si era correcto, lo hiciese con la pequeña máquina. Me pareció no creyó «el profesor» lo que le decía Víctor e le temblaban las manos, mas empezó una ronda sencilla. Llamó primero a Marinín y le pidió le diese el resultado de la suma de dos sencillos números, e viendo la respuesta era correcta, hizo lo mismo con Antonio, que respondió con certeza. Pidió una respuesta aún más fácil a Carlitos e recibió la respuesta correcta.

- ¿Qué otra cosa puedo hacer? – preguntó don Ignacio a Víctor - ¡No voy a pedirles hagan sumas complejas en la memoria!

- No, señor – le respondió con naturalidad Víctor -; podéis preguntar el resultado de alguna multiplicación o división… de momento. Dejad raíces cuadradas e cálculos complejos para más tarde.

Pudimos ver con claridad cómo enrojecía la faz de aquel hombre, que sin darse cuenta, cruzó las piernas sentándose inadecuadamente.

Hizo levantarse a Marinín con su orgullo herido e quiso dejarlo en ridículo pidiéndole la solución a una suma de hasta seis cifras, pero la respuesta de Marinín fue tan rápida, que quiso ver la solución en la máquina, pero no recordaba ya entonces las cifras que había mencionado y quedóse pasmado. Fue entonces cuando Marinín, con toda corrección, le dijo las dos cantidades a sumar (lentamente) y el resultado de la tal suma. Asustado de tal actitud, no preguntó a Antonio (que sabía era el de más edad), sino que preguntó a Carlitos el resultado de una suma tan complicada como el que pidió a Marinín, mas tuvo la precaución de ir apuntando las cantidades en la maquinita. Terminada la pregunta, dio Carlitos la respuesta y púsose don Ignacio en pie como empujado por un resorte.

-¡Vive Dios – exclamó -, que jamás antes había visto ni oído cosa igual!

- Hagamos otra prueba, don Ignacio – dijo con amabilidad el maestro Víctor -, e no os sintáis incómodo por lo que veis, que tenéis ante vos a unos niños a los que tengo que preguntar a veces algunas cosas. ¡Carlitos! Toma unos folios de aquella mesa. No los cuentes y que sean bastantes.

Fue Carlitos obediente a por los folios, los tomó casi sin mirarlos y los puso en las manos de don Ignacio.

- Veamos, Antonio – dijo Víctor con gravedad -, decidle a don Ignacio cuántos folios tiene en sus manos.

Y levantándose con respeto, le dijo que había trescientos y doce.

No podía don Ignacio ponerse a contar tal cantidad de papel si no quería tenernos allí esperando más de un cuarto de una hora. Tomó los folios y los puso detrás, en la mesa.

- En verdad, en verdad – espetó -, he de deciros que nunca he visto cosa igual.

Mas, en su inocencia (que reñida no está con los conocimientos), preguntó Carlitos que si no serían examinados de latines.

- ¿De latines? – exclamó don Ignacio mirándolo asustado -.

Y volviéndose el pequeño a su maestro, le preguntó en perfecto latín por qué no quería don Ignacio examinarles.

Dirigióse a mí don Ignacio asustado y, haciéndome una exagerada reverencia, comenzó a hablar:

- He de felicitaros y agradeceros lo que hacéis por estos niños, excelencia. Confiésome torpe e inútil ante ellos e no os quepa la menor duda de que, terminado el curso y sin examinar, todos ellos tendrán una nota sobresaliente académica que llegará a las manos que deben llegar. Agora, tras pediros mis más sinceras excusas, quisiera yo retirarme.

- No nos hagáis tal, profesor – exclamé -, que han los niños ilusión de tostar unas castañas en la chimenea e tendréis la oportunidad de hablar con ellos de cualquiera otra cosa que os interese saber. Invitado quedáis.

- Me sorprende vuestra cultura – dijo -, vuestra amabilidad e vuestra hospitalidad e tal cosa no me permite rechazar vuestra invitación. Detrás de vos, excelencia.

En Grazalema e a diez y nueve de noviembre del año de dos mil e siete.

De los conocimientos de mis pequeños (1/2)

asaban los días sin novedades que narrar en este mi diario. Mis niños estudiaban sus clases por la mañana y dedicábanse a sus juegos y labores por las tardes y Su Ilustrísima y yo, ya la chimenea encendida por el frío que se nos venía, habíamos largas pláticas e lecturas e latines. Aprovechábase el tiempo como Dios nos lo manda e modificábanse ciertas partes de la casa y su mobiliario.

Mas esta mesma tarde, llamaron con fuerza a la puerta e corrió Cayetano a abrir – que algo urgente parecía – encontrándose con el maestro de la escuela del pueblo. Hízolo pasar hacia el salón e levantámosnos a recibillo:

- Presentación creo no es necesaria – dijo Su Ilustrísima -, que bien nos conocemos todos de asistir a la Santa Misa.

- Sin duda, Monseñor – respondióle -, que varias veces he confesado con vuesa merced.

- No quisiera yo corregir al maestro – le dije -, mas preferiría tratase a don Juan como Ilustrísima.

- Corrección – dijo el maestro – que me parece pertinente, señor.

- Tampoco quisiera yo ser impertinente, maestro – espetó Su Ilustrísima -, pero creo más apropiado tratase vuesa merced al «señor» como «excelencia», que es uso de tal tratamiento de cortesía cuando se habla con un marqués.

- Así será pues – dijo grave -, mas quisiera yo aclararles también que no soy maestro, sino profesor.

- Aclarados pues tanto título y tratamiento – dije -, dejad el abrigo a Cayetano e sentaos aquí cerca del fuego, que vendrán pronto los niños a asar unas castañas e habremos de catallas con un buen licor.

- De tales niños, sus hijos, excelencia – pisóme al sentarse -, quería yo hacerle algún comentario, pues bien sabe Su Excelencia que hoy en día es obligatoria la enseñanza e, viendo que sus hijos no aparecen por la escuela, me atrevería a pedirle les hiciese un breve examen por saber qué materias conocen.

Su Ilustrísima hubo de taparse la boca y toser por disimular lo que veíase venir.

- Habría – continuó – la necesidad de llevarlos a la escuela la mañana que más le fuese conveniente para tal examen.

- Antes de examinarlos, señor «profesor» - le dije con cierta pompa -, quisiera supiese han pasado ya examen en las escuelas sevillanas de Highland, una de las más severas y bien reconocidas en España.

- Bien deben entonces haber aprendido las materias destos últimos cursos – espetó -, que no hay allí alumno que pase con menos de un notable al siguiente curso.

- Y habiendo su propia aula en la buhardilla desta su casa, señor «profesor» - insistí con cierta sorna -, preferiría viniese vuesa merced el día que le plazca o pueda hacerlo, que me interesaría a mí mesmo e a su maestro, don Víctor, saber hasta dónde llegan sus conocimientos.

- No es costumbre que el profesor vaya a la casa del alumno – dijo éste -, mas si así os parece oportuno, esta mesma tarde, incluso, les haría un breve examen e, a la vista de los resultados, podría yo darles una clasificación oficial en la escuela.

- Problema alguno veo en eso – le dije -, que he de llamarlos agora para que vengan a vuestra presencia ¡Cayetano!

Advertí a Cayetano subiese a buscar tanto a los niños como a Víctor, que todos deberían conocerse, e les dijese bajasen con orden e repasando su ropa e cabellos, a conocer al «profesor» del pueblo.

Bajaron al poco los tres niños de espacio e con orden por las escaleras seguidos de su maestro e paráronse al acercarse a nosotros. Levantámosnos todos por recebilles e dije en voz alta e clara:

- Don Víctor. Niños. Este señor que está aquí con nosotros no es otro sino el «profesor» de las escuelas de Grazalema.

- Ya le conocemos, papá – dijo Antonio -, aunque a sus clases nunca hemos ido.

- Es mi nombre don Ignacio – dijo -, que con las presentaciones no he dado a conocer.

- Agora – le dije a los niños con tono cariñoso -, el «profesor» os pasará examen para haber conocimiento de las enseñanzas que ya habéis recebido. E, para ello, seguiremos a don Víctor hasta vuestra aula en la buhardilla. Dióse Víctor la vuelta tras una pequeña reverencia (más cómica que de cortesía) e todos le seguimos por las escaleras mientras Su Ilustrísima, sin separarse de la chimenea, nos advertía que seguiría allí sentado.