sí como pensaba hace sólo pocos días que dejaría de escribir éste mi diario, algunas cosas que me han venido a la cabeza, unos razonamientos e algún hecho más, han cambiado mi idea. Acaso sea esta una parte más corta; acaso sea más larga. ¿Quí lo sá?Los abandonados almacenes que quedaban agora por debajo de la Fuentefría e pertenecían al Ayuntamiento, me fueron cedidos por adecentar yo mesmo aquella parte abandonada. E quedó un trozo grande de tierra limpia entre las rocas e los árboles e, viendo esto el Ayuntamiento, quedó tan satisfecho que decidió podía comprar todo aquello. Desta forma, volvía a tener bajo mis pies la tierra que un día me vio vivir muchos años. Construiría allí una buena e cómoda casa con huerto hacia un lado e jardín hacia el otro e, en la parte no visible desde la carretera – donde está la fuente -, se construiría un temazcal mucho mejor que el del jardín de la casa del pueblo. Los niños eran felices sólo de saber que aquello estaba comenzando a ser una empresa para todos.
Cuando se acercó un día María a mí con su pequeño – que ya no era tan pequeño -, quedé estupendo y quedo mirándole, pues cada día que pasaba, era su rostro más parecido al de Marinín e al mío. Los hechos acaescidos en Sevilla en los últimos días, me hicieron pensar en volver a Grazalema durante un tiempo e Marcos encontró al maestro, Víctor, que aún sigue rogando la merced del perdón – sobre todo a Su Ilustrísima, que estaba en Ronda aquellos días – e yo dándosela. Quería yo un día el pequeño de María estudiase así con este joven maestro, que me aseguraba había estado todo el tiempo estudiando mucho más para enseñar a mis hijos. Por cierto, aquellos hechos de Sevilla cambiaron también algo del niño de María: su nombre; pues siendo bautizado en Grazalema, púsole Su Ilustrísima Marino de Santa María.
E acabando con los motivos que me hacen seguir narrando estos días, he de decir que recibí una llamada extraña, pues pensé me daba aviso el inspector De Lema, mas sorprendióme era el inspector leonés:
“Soy yo, excelencia – me dijo -, no el sevillano; que he oído de una purga de bastantes ratas, por lo cual le felicito”.
“Mucho habría que hablar desos acontecimientos, inspector – contestéle muy quedo -, que ha podido demostrarse que no fui yo quien dio el debido cumplimiento a esos roedores”.
“Vos fuisteis, sin duda, excelencia – rió -, que no hay hombre que sepa trazados tan perfectos, o casi perfectos, como vos; sed verdadero”.
“Lo soy, inspector, lo soy – continué – e tan perfecto (como decís) no fue el resultado, pues dizque una de las ratas sigue viva”.
“Lo dicen y bien cierto es, excelencia – dijo grave -, que escapó de la alcantarilla el roedor más peligroso e no tiene ese que moverse mucho para «parir» un ejército”.
“¿Qué decís? – alcé mi voz e temblé - ¿El más peligroso vivo?”.
“Así lo oís, así es, excelencia – dijo con calma -, e tan peligroso es, que no habiendo habido lugar a dar él mesmo las órdenes, con una rata tan peligrosa os encontraréis un día, que necesitaréis ayuda mas, conociendo yo muy bien a tal roedor, en Grazalema he decidido vivir si no os es estorbo. Tomaré así unos días de solaz e os seré de ayuda para ponerle la trampa”.
“¿Vos aquí? – preguntéle incrédulo -; es éste lugar tranquilo e muy bello, mas lejano de vuestra tierra”.
“Tal no me importa – concluyó -, que mi jefe me paga todos los gastos para acabar en una vez con ese nido”.
“En casa tendréis lugar para vos, vuestra esposa e vuestros hijos – le dije con premura -; no os quiero viviendo en mala casa arrendada o en hostal, sino con nosotros”.
“Merced que acepto con mis respetos, excelencia – dijo antes de colgar -, mas solo iré no por mantener salva mi familia, sino por órdenes superiores. En una llamada pronta os diré cuando he de llegar al pueblo. Decidme vuestro domicilio”.
Le dije cómo llegar al pueblo (ya lo sabía) e cómo debería subir por la Calle del doctor Mateos Gago hasta que se acabase la inclinación. Todos le esperaríamos en la puerta.
Así, nos preparamos para la espera que, además de la venida deste gran hombre, queríamos ver presto la nueva Casa de la Fuentefría construida para habitarla.
En Grazalema e a catorce de octubre del año de dos mil e siete.


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