ejamos las pláticas para más tarde. Marcos me notó extraño e quiso saber lo que acontecía, pero hice una promesa que iba a llevar siempre a cabo, aunque mi vida durase aún otros quinientos años.Al llegar el atardecer, volvimos Marinín y yo al bufete e le di órdenes de manifestarse de espacio, sin precipitarse por un barranco de ideas y palabras que me arrastrase tras de sí. Pidió la venia para continuar e se la di con temor. Comenzó a hablar.
“Papá – me dijo -, ya sabéis que la casa de Sevilla es segura, pero, aunque ningún intruso pueda entrar si no sabe estos misterios, cualquiera de la casa podría salir y entrar sin que nadie hubiese conocimiento dello. Basta tener la llave de la oscura escalera, abrirla e agacharse, entrar e cerrar. Debe bajarse a obscuras e con cuidado de no poner las manos en la pared, pues podría encenderse la luz sin intención e seríamos capturados. Resbalando por los escalones, deben bajarse las tres plantas hasta llegar al lugar donde están las dos puertas de salida. No saldría yo al portal, pues sólo podría volver a subir en el ascensor a cualquier planta o abrir la puerta de la calle. Eso memorizaría también nuestras imágenes. Salgamos pues por la puerta que da a las cocheras. Nadie sabe que esa puerta lleva a los sótanos”.
“Queréis decir que puede bajarse hasta las cocheras sin ser visto por ese… «sistema de seguridad», mas… ¿cómo se saldría luego a la calle?”.
“Hay en esa casa hasta cuatro pequeños artilugios que bien conocéis. Son esas pequeñas cajitas con un botón. Pulsando el botón apuntando a la puerta de la cochera, se abre ésta. Cada coche – el de tío Marcos y el de Valeriano – tiene dos cajitas destas. Tomando una, es suficiente”.
“Queda demostrado, hijo – le dije -, que amén de ser un portento, alguien pudo salir de la casa mas… tendría luego que entrar”.
“De la mesma forma, papá – me dijo con entusiasmo -; tómase la cajita y ábrese la puerta de la cochera como si en coche fuésemos a entrar. Abrimos la puerta de los sótanos sin ser visto por otro vecino e, agachados por los suelos, subiríamos las tres plantas. Abriendo la puerta de arriba e volviéndola a cerrar, se habrá entrado en la casa sin riesgos”.
Quedéme pensativo una pieza en mirando sus bellos ojos e su dulzura e, sonriendo, le dije:
“Salisteis vos, ¿yerro?”.
“Yo salí, padre mío”.
Levantóse e vino hasta mí e se sentó en mi regazo. Razonar, visto como Marinín lo ve, no es cosa dificultosa, mas no quería pensar que fue él mesmo el que pudo quitar la vida a esos cincuenta indeseables.
“Tiene la casa otro defecto”.
“¿Otro defecto decís? – suspiré con ahogo -; muy buenos dineros he pagado por ella”.
“Pues, con perdón, papá – me dijo cabizbajo -, cagando pude oír dónde cenarían e a qué hora”.
Me reí sin poder dejar de dar grandes carcajadas e le miré casi asustado. Me miraba sonriente.
“Junto a vuestro bufete hay un aseo pequeño para los visitantes. Jugábamos y sentí el vientre moverse e creí me cagaba en los pantalones, así, entré allí y me senté un rato. Ya sabéis tardo en…”.
“¿Me decís que mientras evacuabais oíais lo que hablábamos? – preguntéle sin creerlo -. Una casa que tiene cristales como muros…”.
“El inspector dijo el sábado – confesó - que la cena era en el Círculo Mercantil de la Calle de la Sierpes e a las ocho y media. No quería veros seguir arriesgando vuestra vida por las nuestras”.
“Descansemos, que como a Su Ilustrísima le pasa, me pasa a mí, que necesito un bocado a estas horas”.


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