09 octubre, 2007

Epílogo – Parte segunda

ueron los niños a la escuela en la mañana e volvieron de contento, pues sabían ya estaba todo preparado para ir al pueblo.

“Almorcemos todos – les dije -, que volveremos a Grazalema tras una pieza de descanso. Os narraré en el camino todo el trazado que para vosotros tengo e ha de gustaros. Su Ilustrísima lo cree apropiado”.

E viendo Marinín que había más novedades e no sabiendo cuáles eran, quiso venir a mi lado en el coche e me narró muchas cosas e me pidió hubiéramos unas pláticas antes del descanso de la noche.

“Así lo haremos si así lo deseáis – le dije -, que parece llegado el momento de hablar más e de luchar menos”.

Quiso Su Ilustrísima restar con nosotros en Grazalema hasta el domingo por la noche e quedaron los mayores en tertulia en el salón. Marinín e yo entramos en el bufete e nos sentamos formalmente.

“No sabe vuesa merced, papá – comenzó -, que en este mundo de agora no todo es lo que parece. ¿Os ha mostrado alguien los cincuenta cadáveres de Sevilla o el informe de los médicos forenses?”.

Tal comienzo de sus razonamientos me hicieron estremecer.

“¡No, no! – continuó -, el que no tiene seguridad de que esas muertes hayan sido verdaderas, sois vos, papá. Yo sí la tengo”.

“¿Y cómo tenéis tal seguridad? – preguntéle con intriga -, que tampoco vos habéis visto los cadáveres ni informe alguno de médico”.

“Prometedme que lo hablado agora, aquí, en esta sala, nadie lo sabrá sino vos”.

Volví a estremecerme e hice una promesa verdadera.

“Subir e bajar en el ascensor es muy cómodo – prosiguió - ¿No es esto cierto? Pero si el ascensor no sube o no baja y hay que abandonar la casa, debe haber una escalera; una escalera para emergencias. Bajasteis a los sótanos a por la caja roja usando el ascensor, mas no visteis había en la casa una escalera para subir e bajar. Esta escalera baja desde la salita del gabinete, mas también necesita ser segura. Cuando entramos en el ascensor, la cámara que toma nuestras imágenes enciende una pequeña luz roja: está tomando imágenes. Cuando encendemos la luz de las ocultas escaleras, se encienden también estas pequeñas luces rojas”.

“Vive Dios que no sé a do vais – exclamé asustado – pero bien sé vais a un lugar que me asusta”.

“No debéis asustaros, papá – dijo con natural -, que he descubierto cosas e aprender es siempre bueno. Pude abrir un día la puerta de la salita con la llave descuidada del bolsillo de Cayetano e, al encender la luz para ver, vi se encendía también la pequeña luz roja cerca del techo. Las imágenes de los intrusos, si conseguían éstos subir por tal escalera, se guardaban al encender la luz. El… «sistema» era muy seguro. Vos bajasteis a los sótanos en el ascensor, cruzasteis el portal e abristeis la fuerte portezuela que hasta las catacumbas dan paso, mas no visteis la escalera que subía. Tiene ésta una puerta arriba que da a la casa e dos abajo; la que da al portal e otra en la pared frontera que sale a la cochera”.

“¡Callad, por Dios! – le dije -; vuestro camino me pierde”.

“Esto os manifiesto para terminar – continuó terco -, pues si no se enciende la luz de la escalera, alguien puede bajar hasta el portal, mas si abre la puerta de la calle, quedarán guardadas sus imágenes, pero en abriendo la puerta de la cochera, cualquiera puede salir de la casa sin ser visto”.

Sentíme tan mal que me levanté con enojo:

“¡Os he dicho paréis de hablar! – le grité -; no es que no quiera saber lo que vais a decirme, sino que si seguís razonando desa forma, dejaré yo de razonar. Descansemos una pieza”.

1 comentario:

  1. Que tal Capitan?
    Un saludo desde Panorámica Cazorlense. Felicidades por tu gran trabajo.

    ResponderBorrar