08 octubre, 2007

Epílogo – Parte primera

irando al dosel de la cama estábamos Marcos e yo e hablábamos de nuestro futuro.

“¿Qué haréis agora, Marino? – preguntóme Marcos -. Si dejáis vuestra luenga lucha vais a tener mucho tiempo para facer otras cosas”.

“Quizá así sea – contestéle -, he de educar a unos niños e compartir mi vida con vos. Acaso preparase también un huerto en Grazalema; con animales. A los niños les gustará aprender todo sobre las plantas e sobre las criaturas a las que no creemos inteligentes. Digamos que, como en estas épocas todos están sumergidos entre máquinas e violencia, haría lo que suele hacerse agora: jubilarme, que más de los sesenta e cinco tengo ya de sobra”.

“Pero, si nos vamos a vivir al campo, Marino, ¿quién enseñará y examinará a los niños?”.

“Buscad al maestro, a Víctor; buscadlo e decidle sabemos que no piensa que esta sea casa de rosarios e incultura. Volverá. Yo mesmo hablaré con don Julio luego, pues sabe éste que Marinín e Antonio podrían ya examinar con mozos mucho mayores que ellos e quedarían los primeros. Mañana mesmo, viernes, partiremos al pueblo e buscaremos tierras e todo lo demás”.

“¿E qué haréis con este palacete?”

“Es demasiado seguro – reí -; tanto sistema de seguridad me hace sentirme no en Sevilla, sino en una prisión de barrotes de oro”.

“Así haré lo que pensáis – me dijo -, que tampoco despláceme eso de vivir en el campo”.

“Sí, sí, Marcos – volví a reír -, mas tendremos una casa con todo lo nuevo que hay. No quiero niños que no conozcan el mundo e la época en la que viven”.

Rió entonces Marcos, me besó e me dio las buenas noches, mas, cuando ya íbamos a dormir, volvióse a hacia mí e dijo:

“Al cabo, Capitán, volveréis a vuestra lucha… mas conmigo”.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario