10 octubre, 2007

Epílogo – Parte final

n saliendo al salón como dos adultos que acaban de despachar, encontramos allí sentado a Su Ilustrísima en sus lecturas e sentéme en el sillón frontero.

“¿Dónde están Marcos e los niños? – preguntéle -: la hora de la cena es pronta”.

“Así, han subido al aseo – contestóme -, que mucho han jugado esta tarde en el jardín y necesitan un repaso antes de tocar el pan”.

Quedó pensativo una corta pieza, soltó el libro en la mesa (La violencia perpetua) y, mirándome por encima de sus lentes, sonrióme:

“Así me gustan a mí un padre e un hijo – espetó -, que hablan cuantas horas sean necesarias en confidencia para aclarar cualquier asunto. Mucho habéis enseñado, sobrino, a este pequeño, e mucho más creo le enseñaréis para la convivencia a partir de agora”.

“Dudo de eso Ilustrísima – le dije riendo -, que este zagal puede enseñarme más de lo que sé e, atreveríame yo, con todos mis respetos, a deciros que también a vuesa merced podría enseñarle cosas”.

“Me asombra e me gusta – aclaróme – que, estando sus hermanos a su lado, tomen dél lo mejor; aunque no sabría deciros si tiene algo malo en su interior”.

“Todos, Ilustrísima, todos – le dije con seguridad -, llevamos dentro una semilla del bien y otra del mal. Entrambas crecen durante la vida; una más e otra menos. No, no es como decís eso de que en las Sagradas Escrituras no se dice más que la ley y no se nombra el castigo, que muchos ejemplos hay de castigos crueles ¿Olvidáis acaso las amenazas e plagas que nombra la Biblia en la vida de Moisés? Sólo con aquellas amenazas, e cumpliéndolas, consiguió salvar a su pueblo de la esclavitud. No me diréis pues que Moisés fue un asesino; sencillamente vivió unos tiempos menos hipócritas que estos, donde todos escriben demasiadas leyes e no cumple ninguna”.

E mirando al pequeño y sonriéndole, dijo:

“¡Venid, ángel mío, venid! Sentaos aquí conmigo una pieza en tanto bajan vuestros hermanos”.

E corriendo sonriente Marinín hacia su tío Juan, tomó su pectoral e lo besó por ambas partes sentándose luego en su regazo e oyendo las palabras del Ilustre:

“Ángel, ángel mío e pronto ángel de la humanidad; lleno de bondad e de belleza de espíritu. Sé que jamás haréis mal a nadie e cumpliréis las leyes de Dios e de los hombres”.

Terminóse de escribir esta Décima Parte en Grazalema y el día décimo de octubre del año de dos mil e siete.

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