o faltaba mucho tiempo para la cena cuando Marinín e yo volvimos al bufete.“Hijo – le tomé el rostro e le miré de cerca -, veo ya con claridad de día habéis sido vos quien ha salido de la casa a escondidas y ha puesto algo en la sopa de los traidores, mas no sé qué podéis haber puesto ni cómo lo habéis hecho”.
“Os diré, papá – manifestó su trazado -, que pido a Valeriano muchos días pare para ir un momento al campo. Desta forma, tengo plantas de las que se habla en el libro en blanco”.
“Pienso son todos – le dije – remedios curativos”.
“No habéis de dudarlo, papá – le dije -; todo lo he leído y está en mi memoria. Mas uno de los remedios cura algo que para nosotros no es cura alguna. Este remedio es llamado «la bola del sueño» e no hace sino dormir al enfermo poco a poco e sin sufrimiento alguno cuando su vida está a punto de terminar sin remedio con mucho dolor. Hice hasta cincuenta bolitas del sueño, mas las deshice todas juntas e puse los polvos en una bolsita. No fue dificultoso llegar al lugar, pues bajando la calle hacia la catedral, dijéronme cómo llegar a la Calle de la Sierpes y entré en aquel lugar hasta encontrar las cocinas antes de prepararse la cena. Pusieron dos cocineros la olla en el suelo para batir fuertemente con una máquina la crema e, desde debajo de una mesa, allí puse los polvos e los removí con una pala. Preparada la crema, aproveché un momento de soledad en la cocina e salí con sigilo a la calle. E luego corrí otra vez hasta la casa, abrí la cochera, entré por la puerta de los sótanos e subí a obscuras hasta arriba”.
“Pienso pueden los médicos saber – le dije – qué veneno les ha matado”.
“Ya deben saberlo, papá – me dijo seguro -, pero deben saber agora quién lo puso allí. ¡De nuestra casa no salió nadie!”.
“Aclarado el asunto – le dije golpeando la mesa e besándolo -; tomemos la cena agora”.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario