19 octubre, 2007

Del orden y el desorden

alí esta mañana a hacer algunas compras sin decir en la casa nada dello. Al volver, cargado de bultos, abrióme Cayetano e alivióme del peso.

“¿Dónde queréis os deje estas cosas, excelencia? – preguntó -, que no sabiendo si son de escritorio o de trabajo o de ocio, debería ponerlas en sitio distinto”.

“Pónganse en mi bufete por el momento – le dije -, que no son de trabajo como decís. Prepararemos una pequeña estancia como laboratorio, pues son herramientas para mi alquimia e nunca he tenido lugar dedicado a esa labor”.

“¿Preparáis ya la ponzoña para los traidores? – preguntó sin dejar su lectura Su Ilustrísima -, ¿o acaso yerro e pensáis en preparar mejunjes para los males corrientes de la casa?”.

“Acaso, Ilustrísima – le dije -, sean para entrambas cosas, mas he de preparar «mejunjes» como vos decís e no me gusta usar los utensilios de la cocina. Un temazcal nuevo tendremos e habrá que preparar remedios para cualquiera tipo de mal; aunque sea un esguince”.

E subiendo luego a ver qué hacían los pequeños, quedé asombrado, pues recogía Antonio todos los juguetes; los suyos e los de sus hermanos.

“Si habéis jugado los tres –preguntéle con astucia -, ¿por qué recogéis vos solo? ¿Acaso vuestros hermanos no han usado también tales juguetes?”.

“Sin duda, papá – contestóme sin dejar de hacer su labor -, mas ¿qué importancia tiene recoger sólo lo mío? Si eso hiciera, quedaría la estancia aún desordenada con los juguetes de mis hermanos. Lo que hago no es recoger mis juguetes, sino ordenar la habitación. Algún otro día, hará esto Marinín, que aún Carlitos es pequeño e no queremos desordene en vez de ordenar”.

“Quiero bajéis a mi bufete – le dije -, el día que yo os diga, e me ayudéis a ordenar ciertas compras que he hecho”.

“En eso, papá – me dijo sonriendo -, considérome experto. Contad pues con mi ayuda, que no sólo ordeno lo que para jugar nos sirve, sino que quisiera seros de un ayuda para vuestros menesteres”.

E mirándole con cariño e admiración, agachéme e besélo:

“Nadie en esta casa puede condenarse por su pereza”.

En Grazalema e a diez y nueve de octubre del año de dos mil e siete.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario