06 octubre, 2007

Del extraño suceso de la cena de la guardia (2/3)

nsistía el inspector De Lema en que nada hiciese e hízome prometerle no saldría de la casa aquella tarde del domingo. E tal hice, que pedí a todos volviesen a asistir a una reunión vespertina como la del sábado.

“Como voz de la Iglesia – dijo Su Ilustrísima -, otra cosa no digo sino que habemos un claro mandamiento que dice: «No matarás». Mas yo mesmo me extraño, pues estudiando a fondo las Santas Escrituras, no llega uno a comprender cuál debería ser el castigo para el asesino; que se perdone al enemigo por un lado, dice Jesús, mas ¿hemos de perdonar a quien ha quitado la vida a toda nuestra familia e darle un abrazo? A buen seguro acabaríamos nosotros muertos también e sólo quedarían vivos los asesinos, y eso, no es lo que desea Dios Nuestro Señor”.

“Estas extrañas filosofías de la Iglesia – espetó don Justo – son para mí poco comprensibles. Si no existiese dentro del hombre la semilla del mal como existe la del bien, ¿para qué necesitaríamos leyes? E no necesitando leyes ¿por qué hay una que ordena con claridad de día «No matarás»? Si existe esa Ley de Dios, es porque Dios debe saber que el hombre mata. Si el hombre mata ¿lo dejamos seguir su juego o lo condenamos?”.

“Más radical soy yo – dijo Marcos – y es cosa que confieso aquí ante los presentes e sin que signifique me gustaría se aplicase. La Ley del Talión. Parece extrema, sí, ¿quién lo niega?, mas si no encerramos de por vida o devolvemos lo hecho al asesino ¿para qué están esas leyes?”.

“¿Habláis, amigo Marcos – dijo Su Ilustrísima con extraño -, de volver al «ojo por ojo»?”.

“Quizá sólo durante un tiempo – aclaró -. Diría yo que a más asesinos, más dura la ley. Tenemos frente a nosotros a hombres que pueden matar impunemente. ¿Os parece de razón que Marino, pudiendo hacerlo, no lo haga?”.

E así pasamos de la filosofía a la religión en muchos casos e no pudimos aclarar en ningún modo cuál podría ser la solución para que un criminal asesino de inocentes dejase de quitar vidas.

De pronto, sin que ninguno de los reunidos se moviese de su asiento, se abrió la puerta y entró un hombre de vestimenta normal e hasta cuatro guardias. “Un inspector e cuatro de uniforme”, me dije.

“Detenidos quedan todos los aquí reunidos por magnicidio – gritó empuñando un pistolete -, que hasta cincuenta personas han muerto e todos los pasos dados aquí nos traen”.

Levantéme con sigilo e con mi blanca en la mente e, haciéndole reverencia, le dije:

“Bien me parece sois jefe de la guardia, mas antes de entrar e por muchas medallas que colgasen de vuestro pecho, a la puerta deberíais haber tocado para pedir la venia e, luego, teniendo como tenéis a un coronel frente a vos, hubiese yo hecho un saludo. No os voy a enviar a las mazmorras por ello, todo se aclare, mas desta sala no ha de salir persona alguna sin mi consentimiento”.

E viendo le pedía el saludo, miró a los uniformados tembloroso e todos me saludaron.

“Sabed, inspector «como os llaméis» - continué -, que en esta sala estamos desde las seis y son las nueve. Decidme a qué hora se ha cometido tan terrible crimen”.

“Hace sólo unos minutos, Mi Coronel – dijo muy suavemente -, mas tenemos constancia de vuestra intención de «quitar de en medio» a algunas personas”.

“Si todas nuestras intenciones – le dije – las llevásemos a cabo, puedo aseguraros que no os sentiríais agora tan seguro. Demostradme de primero que he sido yo el asesino – recordad que soy coronel – e venid luego a buscarme. Con la prueba del asesinato que decís, yo mesmo me entregaría”.

“Forma no tenéis de demostrarme que habéis estado aquí toda la tarde – continuó aquel hombre de poca gentileza -. Iremos todos a prisión e luego se sabrá la verdad”.

“Acercaos un paso, inspector – le miré fijamente a los ojos -, y acabaréis tan atravesado por mi acero como esos cincuenta pobres desgraciados”.

“Atravesados no han sido, Mi Coronel – insistió terco -, e vuestras artes curativas y ponzoñosas bien conocemos”.

“¿Qué decís? – preguntéle con extraño - ¿Envenenados cincuenta?”.

“Ni plomo ni acero han matado a los comensales de hoy de la alta guardia – aclaró -, sino que no cataron el segundo plato. E sólo ha sido salvo don Torcuato, que no puede comer crema si tiene marisco”.

“Me habláis de una intoxicación, inspector – me acerqué a él amenazante -, no de un asesinato o «magnicidio» como vos lo habéis llamado”.

“Perdonad manifieste unos pensamientos aunque sólo sea un abogado – dijo Marcos -, aunque desta casa soy, pues desta sala persona alguna se ha movido en toda la tarde e así también puedo aseguraros que puedo demostraros lo que digo”.

Todos nos miramos con gran asombro ¿Cómo podía demostrar Marcos que nadie había salido ni entrado de la casa aquella tarde?

En Sevilla e a seis de octubre del año de dos mil e siete.

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