entados en el gabinete en lecturas Marcos e yo, noté me observaba a menudo e con curiosidad.“¿Tengo algo raro? – preguntéle - ¿Me veis enfermo?”.
“No tal, Marino – me sonrió -, sino que pienso en que la casa tiene un sistema para que nadie pueda entrar sin permiso; entra la guardia, tengo que dar aviso de intruso y en vez de pulsar el botón escondido bajo la mesa, llamo por teléfono a la guardia que vigila el servicio. Esos errores no nos van a costar la vida, mas sí alzó la voz el guardia que contestó, pues dando yo al botón, son ellos los que llaman e, sin decir otra palabra, debe decírsele la clave. Me sorprendió que el guardia notase algo sucedía, me reprimió e me dijo enviaría a su guardia. Absurdo me parece que tenga que avisar a una guardia por vernos atrapados por la guardia, aunque fuese la traidora”.
“¿Y es seguro – preguntéle -, ha quedado demostrado que nadie de aquí ha hecho tal cosa?”.
“Es seguro, Marino – me dijo -; esos sistemas no fallan; aunque nos quedemos sin luz. Sólo el ascensor no funciona, mas no se para ni la luz ni el sistema de seguridad”.
“Pues alguien – le dije – nos ha hecho un favor, que ha borrado del mapa a todos aquellos que nos perseguían”.
“Son como las ratas éstos – me explicó -, que en faltando cincuenta, otros cincuenta pondrán”.
E no pasaron muchas horas desde aquellas pláticas hasta que alguien dio aviso a mi móvil y una voz tenebrosa preguntó por mí:
“¿Excelencia?”.
“Si al Coronel Alacaída os referís – le dije -, con él mesmo habláis”.
“Quisiera deciros que no sé cómo lo habéis hecho esta vez – continuó -, pero es tan extraño el suceso e son tan raros los resultados que nos dan los médicos forenses, que se ha decidido que, si no entráis en pugna, nadie se acercará ni a vos ni a vuestra familia”.
“Acertada decisión – le dije -, que ni yo pienso en seguir la lucha ni quiero vuestra traidora guardia la siga contra mí”.
No hubo respuesta, sino que colgó el teléfono. E tal suceso le comenté a Marcos e hubo gran contento e así le dijimos al inspector De Lema e a Su Ilustrísima que parecía venían vientos nuevos e frescos e con un buen vino brindamos por el extraño asesino que nos libró de los traidores e salvó la vida a ese tal don Torcuato.
“Papá, ¿qué se celebra?”.
En Sevilla e a siete de octubre del año de dos mil e siete.


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