18 octubre, 2007

De la venida inesperada de Su Ilustrísima

ún era temprano, pues acabábamos el desayuno e no habían comenzado los niños sus clases, cuando tocaron a la puerta e fue con presteza Cayetano a abrir. Apareció la figura egregia que ninguno de nosotros desconocíamos:

“¡Regalos traigo para todos! ¡Buenos días nos dé Dios! – saludó en entrando a la casa Su Ilustrísima –, que también viene alguna cosilla para el neonato e sus padres”.

Levantáronse los niños de la mesa e corrieron a la puerta sin pedir la venia, que en llegando su tío Juan, sabían llegaban presentes e parabienes. Fuimos Marcos, Víctor e yo también a recebirle e preguntámosle si ya había desayunado e, aún diciendo que ya había tomado algún bocado tras la misa, no despreció un desayuno de María y Ramón.

“La tentación vive en esta casa – dijo -, pues me atrae como imán y dejo mi empresa en Ronda. Estos tres pequeñuelos me hacen pecar, que sólo a los santos se les venera ¡Venid, pequeños, venid! Mirad lo que trae tío Juan para vuesas mercedes e para María e Cayetano y el nuevo Marino desta casa”.

E púsose a abrir una bolsa e sacó muchos bultos en papeles envueltos de colores.

“Tráeme como siempre el deseo de vuestra compaña – dijo – e una idea que ronda mi cabeza e quisiera yo saber si mi sobrino el Capitán la cree de razón”.

“Hablad, Ilustrísima – le dije -, que ya sabéis en esta casa no sólo se os oye, sino que se os escucha e atiende con respeto”.

“Desearía primero – espetó – felicitar a Ramón e a María por este desayuno, que no es que en casa los desayunos no sean provechosos e una delicia, sino que son éstos como los que nunca he probado en mi vida e, luego, pasaríamos al salón e os diría lo pensado, que, según me dice mi razón, puede ser una idea que os agrade”.

E vino el servicio todo a saludarle e agradecerle su cumplido, les dijo unas palabras que todos oímos con atención e hablé yo:

“Dé buen cumplimiento a esos manjares con calma, que es como debe hacerse, e luego pasaremos al salón a las pláticas”.

E dije a Víctor llevase ya a los niños a su sala a sus estudios e todos querían saber la idea de Su Ilustrísima, mas insistí yo en que se sabría por todos, llevárase a cabo o no.

Así pues, al limpiar con delicadeza sus labios como los limpia en la misa, puso la servilleta en la mesa e nos fuimos al salón. Allí se nos sirvió una copa de licor de guindas e comenzó el Ilustre a hablar:

“Quiero – dijo -, no habiendo ya cripta en el sótano de mi casa, cerrar la puerta que le da entrada a las escaleras y cubrir todo aquello con una gruesa pared. Así, pensé que la puerta de madera que da paso a las escaleras podría servir para la nueva casa. Si no es tal, hay un buen hombre en Ronda que sabe el valor que tiene esta puerta e daríasela yo como agradecimiento a favores pasados. Mas no quisiera olvidar que quedaría allí olvidada la reja forjada que estuvo otrora, hace muchos años, en la fuente que tendréis dentro de poco muy cerca. Tal vez, pienso yo, no sería estorbo para el Ayuntamiento de Grazalema se pusiese allí la reja que un día allí estuvo; aunque abierta al público, está claro”.

E quedé mirándole estupendo e muy contento e le dije:

“Mejor idea que esa no podías traernos, tío Juan (creo que era la primera vez que le llamaba así), que tendría la fuente su adorno e su sello en hierro e quedaría por encima de la casa y el lugar donde una vez viví”.

“Cuando vuelva a Ronda este domingo – me respondió -, he de ordenar a los obreros desmonten la reja e la traigan ¿Qué haríamos con la puerta?”.

“Si donándola a hombre que os ha concedido mercedes – le dije -, le favorecéis, dádsela, que aún siendo puerta de siglos, pueden construirse agora. Donadla”.

En Grazalema e a diez y ocho de octubre del año de dos mil e siete.

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