06 octubre, 2007

De ese sistema de seguridad que llaman «vídeo»

as claves e palabras que dijo Marcos por el teléfono no eran sino aviso de visita de «persona non grata» y el guardia que vino a la inspección, advirtiónos no hiciésemos movimiento alguno ni dijésemos palabra. Dio aviso por un móvil y, en una corta pieza, apareció otro hombre; otro inspector que saludó a De Lema y a «como se llame» sin mucha simpatía.

“Señores – dijo gravemente -, ni policía ni sacerdote ni coronel en esta casa debe moverse hasta dar los pasos necesarios”.

Tomó a Marcos aparte e hablaron alguna cosa e, volviendo con seriedad, dijo Marcos en voz alta se nos acusaba – a mí, según creí – de la muerte de hasta cincuenta altos guardias (que bien sabía yo eran todos de los traicioneros) e, habiendo sistema de seguridad, pedía mi compañero se demostrase al inspector «como se llame» nadie había salido ni entrado de la casa en toda la tarde. E con una señal del nuevo guardia y el nuevo inspector, pasamos a la pequeña salita que hay atravesando el gabinete. Con una extraña llave – que parecióme de oro -, abrió una puertezuela que en la pared frontera se hallaba e no a mucha altura. Todos miramos con curiosidad cómo manipulaba una máquina pequeña que había en su interior.

“Desde las 12:40 (aclaróme Marcos que era la una menos veinte minutos) – dijo severamente aquel hombre -, nadie ha usado el ascensor sino para subir a la segunda e a la primera planta, así, nadie ha salido ni entrado en esta casa desde esa hora”.

“¡Es la hora en que llegaron de misa con los pequeños! – exclamé - ¿Es seguro este «sistema»?”.

“Tan seguro es, señor – aclaróme el guardia que lo manipulaba -, que estoy seguro sabréis cuál es su valor en euros. Es imposible que yerre”.

“¡Nada me dice una hora memorizada en una máquina! – dijo con desprecio el inspector «como se llame» - ¿Acaso un sistema de seguridad tan moderno como este, no guarda las imágenes de la gente que entra y que sale?”.

“Sin duda, inspector… - le dijo el guardia de la máquina -; tan atinado es, que podemos ver agora e aquí mesmo, no sólo las imágenes de las personas que han subido a esta casa, sino las de todos los pisos, e ni yo mesmo puedo cambiar cosa alguna”.

E vimos cómo salieron varias personas hasta tres veces y entraron otras cinco veces. Llamaban a este sistema «vídeo» e podía acercarse la vista de la imagen de tal forma, que pudimos leer una inscripción en una medalla.

“Demostrado queda sin duda – dijo el nuevo inspector -, que vos, excelencia, ni siquiera habéis salido hoy a la calle”.

“¡Qué indiscreto!”, pensé.

“¡Este sobrino mío – farfulló Su Ilustrísima -; ya ni siquiera asiste a la misa del domingo!”.

En Sevilla e a seis de octubre del año de dos mil e siete.

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