20 octubre, 2007

De cómo se pondría la reja en la Fuentefría

esayunábamos de contento antes de acometer las tareas de cada uno, cuando me pidió Su Ilustrísima dijese a todos el trazado que sobre la reja de la fuente se había hecho.

“Bien sabéis que no acostumbro a hablar mucho mientras yantamos – le dije -, pero ya que me lo pedís e sabiendo que luego los pequeños irán a sus estudios, he de manifestar mi contento por traer a Grazalema la reja forjada que una vez estuviese cerrando la Fuentefría. Siempre estará abierta, que no deseo quitar a las gentes el placer de beber esas aguas. Sépalo el servicio también, que hoy mesmo hablaré con la señora Alcaldesa para pedir licencia”.

“¿Tenía la fuente una reja que la cerraba, papá? – preguntó Antonio -, pues nunca he oído decir tal cosa”.

“No hay papel ni dibujo de cómo estaba – le dije – pero yo víla e disfrutéla como quiero se haga agora por todos. El agua que usaremos en la nueva casa será desa fuente e, robándole a Su Majestad el Emperador don Carlos V una idea para calentar su pequeño palacio de Yuste, habrá una caldera que caliente una parte del agua para la cocina, el aseo e mantener la casa templada todo el invierno, que ya sabéis hace frío a estas alturas”.

E díles una idea de cómo el agua caliente recorrería unos tubos que calentarían la casa completa sin haber chimenea e, por no tirar el agua caliente que la mantendría templada, volvería a pasar por la caldera e de allí otra vez a la casa.

Y en acabando el refectorio, sentáronse Su Ilustrísima e Marcos en el salón e fui yo al Ayuntamiento donde fui recebido con honores e pasé a haber unas pláticas con la señora Alcaldesa.

“Como grazalemeña y agora Alcaldesa desta villa, bien conozco su historia – dijo – e mucho he leído, mas, si he ser verdadera, aún sabiendo algo sobre aquella pequeña aldea de Fuentefría, nada sé de tal reja, sino que el cauce del pequeño Riofrío, que de tan fuente manaba, secóse al hacer la fuente”.

“Ningún documento tengo yo, señora – le aclaré -, ni escrito ni dibujado, donde pueda saberse cómo estaba la tal reja, mas, habiendo vivido yo aquellos años, recuerdo una escalera con peldaños de losa irregulares que subían desde mi casa (la antigüa) hasta la fuente. E sé también hizo mi padre algunos artilugios que con el agua entraban en acción, así, calentaba la casa con agua caliente de la fuente e no con chimenea e pasaba el agua por canales cerrados hasta la casa para que no se helase el agua y, rodeando este canal, había otro que llevaba agua caliente e volvía fría a la casa hasta la caldera”.

“Debió ser vuestro padre hombre de grandes conocimientos – espetó -, que aún hoy en día no se hace tal cosa e las aguas son aprovechadas una e otra vez hasta que la consumimos”.

“Pues la venia le pediría para poner la auténtica reja – que en Ronda se halla a buen recaudo – en el mesmo sitio donde estuvo; mas abierta siempre, que no quiero quitar el placer e la necesidad desas aguas a las gentes”.

“Presentadme proyecto de lo que se hará – dijo con amabilidad – e puedo aseguraros esa reja original volverá a su sitio”.

En Grazalema e a veinte de octubre del año de dos mil e siete.

19 octubre, 2007

Del orden y el desorden

alí esta mañana a hacer algunas compras sin decir en la casa nada dello. Al volver, cargado de bultos, abrióme Cayetano e alivióme del peso.

“¿Dónde queréis os deje estas cosas, excelencia? – preguntó -, que no sabiendo si son de escritorio o de trabajo o de ocio, debería ponerlas en sitio distinto”.

“Pónganse en mi bufete por el momento – le dije -, que no son de trabajo como decís. Prepararemos una pequeña estancia como laboratorio, pues son herramientas para mi alquimia e nunca he tenido lugar dedicado a esa labor”.

“¿Preparáis ya la ponzoña para los traidores? – preguntó sin dejar su lectura Su Ilustrísima -, ¿o acaso yerro e pensáis en preparar mejunjes para los males corrientes de la casa?”.

“Acaso, Ilustrísima – le dije -, sean para entrambas cosas, mas he de preparar «mejunjes» como vos decís e no me gusta usar los utensilios de la cocina. Un temazcal nuevo tendremos e habrá que preparar remedios para cualquiera tipo de mal; aunque sea un esguince”.

E subiendo luego a ver qué hacían los pequeños, quedé asombrado, pues recogía Antonio todos los juguetes; los suyos e los de sus hermanos.

“Si habéis jugado los tres –preguntéle con astucia -, ¿por qué recogéis vos solo? ¿Acaso vuestros hermanos no han usado también tales juguetes?”.

“Sin duda, papá – contestóme sin dejar de hacer su labor -, mas ¿qué importancia tiene recoger sólo lo mío? Si eso hiciera, quedaría la estancia aún desordenada con los juguetes de mis hermanos. Lo que hago no es recoger mis juguetes, sino ordenar la habitación. Algún otro día, hará esto Marinín, que aún Carlitos es pequeño e no queremos desordene en vez de ordenar”.

“Quiero bajéis a mi bufete – le dije -, el día que yo os diga, e me ayudéis a ordenar ciertas compras que he hecho”.

“En eso, papá – me dijo sonriendo -, considérome experto. Contad pues con mi ayuda, que no sólo ordeno lo que para jugar nos sirve, sino que quisiera seros de un ayuda para vuestros menesteres”.

E mirándole con cariño e admiración, agachéme e besélo:

“Nadie en esta casa puede condenarse por su pereza”.

En Grazalema e a diez y nueve de octubre del año de dos mil e siete.

18 octubre, 2007

De la venida inesperada de Su Ilustrísima

ún era temprano, pues acabábamos el desayuno e no habían comenzado los niños sus clases, cuando tocaron a la puerta e fue con presteza Cayetano a abrir. Apareció la figura egregia que ninguno de nosotros desconocíamos:

“¡Regalos traigo para todos! ¡Buenos días nos dé Dios! – saludó en entrando a la casa Su Ilustrísima –, que también viene alguna cosilla para el neonato e sus padres”.

Levantáronse los niños de la mesa e corrieron a la puerta sin pedir la venia, que en llegando su tío Juan, sabían llegaban presentes e parabienes. Fuimos Marcos, Víctor e yo también a recebirle e preguntámosle si ya había desayunado e, aún diciendo que ya había tomado algún bocado tras la misa, no despreció un desayuno de María y Ramón.

“La tentación vive en esta casa – dijo -, pues me atrae como imán y dejo mi empresa en Ronda. Estos tres pequeñuelos me hacen pecar, que sólo a los santos se les venera ¡Venid, pequeños, venid! Mirad lo que trae tío Juan para vuesas mercedes e para María e Cayetano y el nuevo Marino desta casa”.

E púsose a abrir una bolsa e sacó muchos bultos en papeles envueltos de colores.

“Tráeme como siempre el deseo de vuestra compaña – dijo – e una idea que ronda mi cabeza e quisiera yo saber si mi sobrino el Capitán la cree de razón”.

“Hablad, Ilustrísima – le dije -, que ya sabéis en esta casa no sólo se os oye, sino que se os escucha e atiende con respeto”.

“Desearía primero – espetó – felicitar a Ramón e a María por este desayuno, que no es que en casa los desayunos no sean provechosos e una delicia, sino que son éstos como los que nunca he probado en mi vida e, luego, pasaríamos al salón e os diría lo pensado, que, según me dice mi razón, puede ser una idea que os agrade”.

E vino el servicio todo a saludarle e agradecerle su cumplido, les dijo unas palabras que todos oímos con atención e hablé yo:

“Dé buen cumplimiento a esos manjares con calma, que es como debe hacerse, e luego pasaremos al salón a las pláticas”.

E dije a Víctor llevase ya a los niños a su sala a sus estudios e todos querían saber la idea de Su Ilustrísima, mas insistí yo en que se sabría por todos, llevárase a cabo o no.

Así pues, al limpiar con delicadeza sus labios como los limpia en la misa, puso la servilleta en la mesa e nos fuimos al salón. Allí se nos sirvió una copa de licor de guindas e comenzó el Ilustre a hablar:

“Quiero – dijo -, no habiendo ya cripta en el sótano de mi casa, cerrar la puerta que le da entrada a las escaleras y cubrir todo aquello con una gruesa pared. Así, pensé que la puerta de madera que da paso a las escaleras podría servir para la nueva casa. Si no es tal, hay un buen hombre en Ronda que sabe el valor que tiene esta puerta e daríasela yo como agradecimiento a favores pasados. Mas no quisiera olvidar que quedaría allí olvidada la reja forjada que estuvo otrora, hace muchos años, en la fuente que tendréis dentro de poco muy cerca. Tal vez, pienso yo, no sería estorbo para el Ayuntamiento de Grazalema se pusiese allí la reja que un día allí estuvo; aunque abierta al público, está claro”.

E quedé mirándole estupendo e muy contento e le dije:

“Mejor idea que esa no podías traernos, tío Juan (creo que era la primera vez que le llamaba así), que tendría la fuente su adorno e su sello en hierro e quedaría por encima de la casa y el lugar donde una vez viví”.

“Cuando vuelva a Ronda este domingo – me respondió -, he de ordenar a los obreros desmonten la reja e la traigan ¿Qué haríamos con la puerta?”.

“Si donándola a hombre que os ha concedido mercedes – le dije -, le favorecéis, dádsela, que aún siendo puerta de siglos, pueden construirse agora. Donadla”.

En Grazalema e a diez y ocho de octubre del año de dos mil e siete.

14 octubre, 2007

PRÓLOGO

sí como pensaba hace sólo pocos días que dejaría de escribir éste mi diario, algunas cosas que me han venido a la cabeza, unos razonamientos e algún hecho más, han cambiado mi idea. Acaso sea esta una parte más corta; acaso sea más larga. ¿Quí lo sá?

Los abandonados almacenes que quedaban agora por debajo de la Fuentefría e pertenecían al Ayuntamiento, me fueron cedidos por adecentar yo mesmo aquella parte abandonada. E quedó un trozo grande de tierra limpia entre las rocas e los árboles e, viendo esto el Ayuntamiento, quedó tan satisfecho que decidió podía comprar todo aquello. Desta forma, volvía a tener bajo mis pies la tierra que un día me vio vivir muchos años. Construiría allí una buena e cómoda casa con huerto hacia un lado e jardín hacia el otro e, en la parte no visible desde la carretera – donde está la fuente -, se construiría un temazcal mucho mejor que el del jardín de la casa del pueblo. Los niños eran felices sólo de saber que aquello estaba comenzando a ser una empresa para todos.

Cuando se acercó un día María a mí con su pequeño – que ya no era tan pequeño -, quedé estupendo y quedo mirándole, pues cada día que pasaba, era su rostro más parecido al de Marinín e al mío. Los hechos acaescidos en Sevilla en los últimos días, me hicieron pensar en volver a Grazalema durante un tiempo e Marcos encontró al maestro, Víctor, que aún sigue rogando la merced del perdón – sobre todo a Su Ilustrísima, que estaba en Ronda aquellos días – e yo dándosela. Quería yo un día el pequeño de María estudiase así con este joven maestro, que me aseguraba había estado todo el tiempo estudiando mucho más para enseñar a mis hijos. Por cierto, aquellos hechos de Sevilla cambiaron también algo del niño de María: su nombre; pues siendo bautizado en Grazalema, púsole Su Ilustrísima Marino de Santa María.

E acabando con los motivos que me hacen seguir narrando estos días, he de decir que recibí una llamada extraña, pues pensé me daba aviso el inspector De Lema, mas sorprendióme era el inspector leonés:

“Soy yo, excelencia – me dijo -, no el sevillano; que he oído de una purga de bastantes ratas, por lo cual le felicito”.

“Mucho habría que hablar desos acontecimientos, inspector – contestéle muy quedo -, que ha podido demostrarse que no fui yo quien dio el debido cumplimiento a esos roedores”.

“Vos fuisteis, sin duda, excelencia – rió -, que no hay hombre que sepa trazados tan perfectos, o casi perfectos, como vos; sed verdadero”.

“Lo soy, inspector, lo soy – continué – e tan perfecto (como decís) no fue el resultado, pues dizque una de las ratas sigue viva”.

“Lo dicen y bien cierto es, excelencia – dijo grave -, que escapó de la alcantarilla el roedor más peligroso e no tiene ese que moverse mucho para «parir» un ejército”.

“¿Qué decís? – alcé mi voz e temblé - ¿El más peligroso vivo?”.

“Así lo oís, así es, excelencia – dijo con calma -, e tan peligroso es, que no habiendo habido lugar a dar él mesmo las órdenes, con una rata tan peligrosa os encontraréis un día, que necesitaréis ayuda mas, conociendo yo muy bien a tal roedor, en Grazalema he decidido vivir si no os es estorbo. Tomaré así unos días de solaz e os seré de ayuda para ponerle la trampa”.

“¿Vos aquí? – preguntéle incrédulo -; es éste lugar tranquilo e muy bello, mas lejano de vuestra tierra”.

“Tal no me importa – concluyó -, que mi jefe me paga todos los gastos para acabar en una vez con ese nido”.

“En casa tendréis lugar para vos, vuestra esposa e vuestros hijos – le dije con premura -; no os quiero viviendo en mala casa arrendada o en hostal, sino con nosotros”.

“Merced que acepto con mis respetos, excelencia – dijo antes de colgar -, mas solo iré no por mantener salva mi familia, sino por órdenes superiores. En una llamada pronta os diré cuando he de llegar al pueblo. Decidme vuestro domicilio”.

Le dije cómo llegar al pueblo (ya lo sabía) e cómo debería subir por la Calle del doctor Mateos Gago hasta que se acabase la inclinación. Todos le esperaríamos en la puerta.

Así, nos preparamos para la espera que, además de la venida deste gran hombre, queríamos ver presto la nueva Casa de la Fuentefría construida para habitarla.

En Grazalema e a catorce de octubre del año de dos mil e siete.

PARTE DÉCIMO-PRIMERA

De la nueva camada

10 octubre, 2007

Epílogo – Parte final

n saliendo al salón como dos adultos que acaban de despachar, encontramos allí sentado a Su Ilustrísima en sus lecturas e sentéme en el sillón frontero.

“¿Dónde están Marcos e los niños? – preguntéle -: la hora de la cena es pronta”.

“Así, han subido al aseo – contestóme -, que mucho han jugado esta tarde en el jardín y necesitan un repaso antes de tocar el pan”.

Quedó pensativo una corta pieza, soltó el libro en la mesa (La violencia perpetua) y, mirándome por encima de sus lentes, sonrióme:

“Así me gustan a mí un padre e un hijo – espetó -, que hablan cuantas horas sean necesarias en confidencia para aclarar cualquier asunto. Mucho habéis enseñado, sobrino, a este pequeño, e mucho más creo le enseñaréis para la convivencia a partir de agora”.

“Dudo de eso Ilustrísima – le dije riendo -, que este zagal puede enseñarme más de lo que sé e, atreveríame yo, con todos mis respetos, a deciros que también a vuesa merced podría enseñarle cosas”.

“Me asombra e me gusta – aclaróme – que, estando sus hermanos a su lado, tomen dél lo mejor; aunque no sabría deciros si tiene algo malo en su interior”.

“Todos, Ilustrísima, todos – le dije con seguridad -, llevamos dentro una semilla del bien y otra del mal. Entrambas crecen durante la vida; una más e otra menos. No, no es como decís eso de que en las Sagradas Escrituras no se dice más que la ley y no se nombra el castigo, que muchos ejemplos hay de castigos crueles ¿Olvidáis acaso las amenazas e plagas que nombra la Biblia en la vida de Moisés? Sólo con aquellas amenazas, e cumpliéndolas, consiguió salvar a su pueblo de la esclavitud. No me diréis pues que Moisés fue un asesino; sencillamente vivió unos tiempos menos hipócritas que estos, donde todos escriben demasiadas leyes e no cumple ninguna”.

E mirando al pequeño y sonriéndole, dijo:

“¡Venid, ángel mío, venid! Sentaos aquí conmigo una pieza en tanto bajan vuestros hermanos”.

E corriendo sonriente Marinín hacia su tío Juan, tomó su pectoral e lo besó por ambas partes sentándose luego en su regazo e oyendo las palabras del Ilustre:

“Ángel, ángel mío e pronto ángel de la humanidad; lleno de bondad e de belleza de espíritu. Sé que jamás haréis mal a nadie e cumpliréis las leyes de Dios e de los hombres”.

Terminóse de escribir esta Décima Parte en Grazalema y el día décimo de octubre del año de dos mil e siete.

09 octubre, 2007

Epílogo – Parte cuarta

o faltaba mucho tiempo para la cena cuando Marinín e yo volvimos al bufete.

“Hijo – le tomé el rostro e le miré de cerca -, veo ya con claridad de día habéis sido vos quien ha salido de la casa a escondidas y ha puesto algo en la sopa de los traidores, mas no sé qué podéis haber puesto ni cómo lo habéis hecho”.

“Os diré, papá – manifestó su trazado -, que pido a Valeriano muchos días pare para ir un momento al campo. Desta forma, tengo plantas de las que se habla en el libro en blanco”.

“Pienso son todos – le dije – remedios curativos”.

“No habéis de dudarlo, papá – le dije -; todo lo he leído y está en mi memoria. Mas uno de los remedios cura algo que para nosotros no es cura alguna. Este remedio es llamado «la bola del sueño» e no hace sino dormir al enfermo poco a poco e sin sufrimiento alguno cuando su vida está a punto de terminar sin remedio con mucho dolor. Hice hasta cincuenta bolitas del sueño, mas las deshice todas juntas e puse los polvos en una bolsita. No fue dificultoso llegar al lugar, pues bajando la calle hacia la catedral, dijéronme cómo llegar a la Calle de la Sierpes y entré en aquel lugar hasta encontrar las cocinas antes de prepararse la cena. Pusieron dos cocineros la olla en el suelo para batir fuertemente con una máquina la crema e, desde debajo de una mesa, allí puse los polvos e los removí con una pala. Preparada la crema, aproveché un momento de soledad en la cocina e salí con sigilo a la calle. E luego corrí otra vez hasta la casa, abrí la cochera, entré por la puerta de los sótanos e subí a obscuras hasta arriba”.

“Pienso pueden los médicos saber – le dije – qué veneno les ha matado”.

“Ya deben saberlo, papá – me dijo seguro -, pero deben saber agora quién lo puso allí. ¡De nuestra casa no salió nadie!”.

“Aclarado el asunto – le dije golpeando la mesa e besándolo -; tomemos la cena agora”.

Epílogo – Parte tercera

ejamos las pláticas para más tarde. Marcos me notó extraño e quiso saber lo que acontecía, pero hice una promesa que iba a llevar siempre a cabo, aunque mi vida durase aún otros quinientos años.

Al llegar el atardecer, volvimos Marinín y yo al bufete e le di órdenes de manifestarse de espacio, sin precipitarse por un barranco de ideas y palabras que me arrastrase tras de sí. Pidió la venia para continuar e se la di con temor. Comenzó a hablar.

“Papá – me dijo -, ya sabéis que la casa de Sevilla es segura, pero, aunque ningún intruso pueda entrar si no sabe estos misterios, cualquiera de la casa podría salir y entrar sin que nadie hubiese conocimiento dello. Basta tener la llave de la oscura escalera, abrirla e agacharse, entrar e cerrar. Debe bajarse a obscuras e con cuidado de no poner las manos en la pared, pues podría encenderse la luz sin intención e seríamos capturados. Resbalando por los escalones, deben bajarse las tres plantas hasta llegar al lugar donde están las dos puertas de salida. No saldría yo al portal, pues sólo podría volver a subir en el ascensor a cualquier planta o abrir la puerta de la calle. Eso memorizaría también nuestras imágenes. Salgamos pues por la puerta que da a las cocheras. Nadie sabe que esa puerta lleva a los sótanos”.

“Queréis decir que puede bajarse hasta las cocheras sin ser visto por ese… «sistema de seguridad», mas… ¿cómo se saldría luego a la calle?”.

“Hay en esa casa hasta cuatro pequeños artilugios que bien conocéis. Son esas pequeñas cajitas con un botón. Pulsando el botón apuntando a la puerta de la cochera, se abre ésta. Cada coche – el de tío Marcos y el de Valeriano – tiene dos cajitas destas. Tomando una, es suficiente”.

“Queda demostrado, hijo – le dije -, que amén de ser un portento, alguien pudo salir de la casa mas… tendría luego que entrar”.

“De la mesma forma, papá – me dijo con entusiasmo -; tómase la cajita y ábrese la puerta de la cochera como si en coche fuésemos a entrar. Abrimos la puerta de los sótanos sin ser visto por otro vecino e, agachados por los suelos, subiríamos las tres plantas. Abriendo la puerta de arriba e volviéndola a cerrar, se habrá entrado en la casa sin riesgos”.

Quedéme pensativo una pieza en mirando sus bellos ojos e su dulzura e, sonriendo, le dije:

“Salisteis vos, ¿yerro?”.

“Yo salí, padre mío”.

Levantóse e vino hasta mí e se sentó en mi regazo. Razonar, visto como Marinín lo ve, no es cosa dificultosa, mas no quería pensar que fue él mesmo el que pudo quitar la vida a esos cincuenta indeseables.

“Tiene la casa otro defecto”.

“¿Otro defecto decís? – suspiré con ahogo -; muy buenos dineros he pagado por ella”.

“Pues, con perdón, papá – me dijo cabizbajo -, cagando pude oír dónde cenarían e a qué hora”.

Me reí sin poder dejar de dar grandes carcajadas e le miré casi asustado. Me miraba sonriente.

“Junto a vuestro bufete hay un aseo pequeño para los visitantes. Jugábamos y sentí el vientre moverse e creí me cagaba en los pantalones, así, entré allí y me senté un rato. Ya sabéis tardo en…”.

“¿Me decís que mientras evacuabais oíais lo que hablábamos? – preguntéle sin creerlo -. Una casa que tiene cristales como muros…”.

“El inspector dijo el sábado – confesó - que la cena era en el Círculo Mercantil de la Calle de la Sierpes e a las ocho y media. No quería veros seguir arriesgando vuestra vida por las nuestras”.

“Descansemos, que como a Su Ilustrísima le pasa, me pasa a mí, que necesito un bocado a estas horas”.

Epílogo – Parte segunda

ueron los niños a la escuela en la mañana e volvieron de contento, pues sabían ya estaba todo preparado para ir al pueblo.

“Almorcemos todos – les dije -, que volveremos a Grazalema tras una pieza de descanso. Os narraré en el camino todo el trazado que para vosotros tengo e ha de gustaros. Su Ilustrísima lo cree apropiado”.

E viendo Marinín que había más novedades e no sabiendo cuáles eran, quiso venir a mi lado en el coche e me narró muchas cosas e me pidió hubiéramos unas pláticas antes del descanso de la noche.

“Así lo haremos si así lo deseáis – le dije -, que parece llegado el momento de hablar más e de luchar menos”.

Quiso Su Ilustrísima restar con nosotros en Grazalema hasta el domingo por la noche e quedaron los mayores en tertulia en el salón. Marinín e yo entramos en el bufete e nos sentamos formalmente.

“No sabe vuesa merced, papá – comenzó -, que en este mundo de agora no todo es lo que parece. ¿Os ha mostrado alguien los cincuenta cadáveres de Sevilla o el informe de los médicos forenses?”.

Tal comienzo de sus razonamientos me hicieron estremecer.

“¡No, no! – continuó -, el que no tiene seguridad de que esas muertes hayan sido verdaderas, sois vos, papá. Yo sí la tengo”.

“¿Y cómo tenéis tal seguridad? – preguntéle con intriga -, que tampoco vos habéis visto los cadáveres ni informe alguno de médico”.

“Prometedme que lo hablado agora, aquí, en esta sala, nadie lo sabrá sino vos”.

Volví a estremecerme e hice una promesa verdadera.

“Subir e bajar en el ascensor es muy cómodo – prosiguió - ¿No es esto cierto? Pero si el ascensor no sube o no baja y hay que abandonar la casa, debe haber una escalera; una escalera para emergencias. Bajasteis a los sótanos a por la caja roja usando el ascensor, mas no visteis había en la casa una escalera para subir e bajar. Esta escalera baja desde la salita del gabinete, mas también necesita ser segura. Cuando entramos en el ascensor, la cámara que toma nuestras imágenes enciende una pequeña luz roja: está tomando imágenes. Cuando encendemos la luz de las ocultas escaleras, se encienden también estas pequeñas luces rojas”.

“Vive Dios que no sé a do vais – exclamé asustado – pero bien sé vais a un lugar que me asusta”.

“No debéis asustaros, papá – dijo con natural -, que he descubierto cosas e aprender es siempre bueno. Pude abrir un día la puerta de la salita con la llave descuidada del bolsillo de Cayetano e, al encender la luz para ver, vi se encendía también la pequeña luz roja cerca del techo. Las imágenes de los intrusos, si conseguían éstos subir por tal escalera, se guardaban al encender la luz. El… «sistema» era muy seguro. Vos bajasteis a los sótanos en el ascensor, cruzasteis el portal e abristeis la fuerte portezuela que hasta las catacumbas dan paso, mas no visteis la escalera que subía. Tiene ésta una puerta arriba que da a la casa e dos abajo; la que da al portal e otra en la pared frontera que sale a la cochera”.

“¡Callad, por Dios! – le dije -; vuestro camino me pierde”.

“Esto os manifiesto para terminar – continuó terco -, pues si no se enciende la luz de la escalera, alguien puede bajar hasta el portal, mas si abre la puerta de la calle, quedarán guardadas sus imágenes, pero en abriendo la puerta de la cochera, cualquiera puede salir de la casa sin ser visto”.

Sentíme tan mal que me levanté con enojo:

“¡Os he dicho paréis de hablar! – le grité -; no es que no quiera saber lo que vais a decirme, sino que si seguís razonando desa forma, dejaré yo de razonar. Descansemos una pieza”.

08 octubre, 2007

Epílogo – Parte primera

irando al dosel de la cama estábamos Marcos e yo e hablábamos de nuestro futuro.

“¿Qué haréis agora, Marino? – preguntóme Marcos -. Si dejáis vuestra luenga lucha vais a tener mucho tiempo para facer otras cosas”.

“Quizá así sea – contestéle -, he de educar a unos niños e compartir mi vida con vos. Acaso preparase también un huerto en Grazalema; con animales. A los niños les gustará aprender todo sobre las plantas e sobre las criaturas a las que no creemos inteligentes. Digamos que, como en estas épocas todos están sumergidos entre máquinas e violencia, haría lo que suele hacerse agora: jubilarme, que más de los sesenta e cinco tengo ya de sobra”.

“Pero, si nos vamos a vivir al campo, Marino, ¿quién enseñará y examinará a los niños?”.

“Buscad al maestro, a Víctor; buscadlo e decidle sabemos que no piensa que esta sea casa de rosarios e incultura. Volverá. Yo mesmo hablaré con don Julio luego, pues sabe éste que Marinín e Antonio podrían ya examinar con mozos mucho mayores que ellos e quedarían los primeros. Mañana mesmo, viernes, partiremos al pueblo e buscaremos tierras e todo lo demás”.

“¿E qué haréis con este palacete?”

“Es demasiado seguro – reí -; tanto sistema de seguridad me hace sentirme no en Sevilla, sino en una prisión de barrotes de oro”.

“Así haré lo que pensáis – me dijo -, que tampoco despláceme eso de vivir en el campo”.

“Sí, sí, Marcos – volví a reír -, mas tendremos una casa con todo lo nuevo que hay. No quiero niños que no conozcan el mundo e la época en la que viven”.

Rió entonces Marcos, me besó e me dio las buenas noches, mas, cuando ya íbamos a dormir, volvióse a hacia mí e dijo:

“Al cabo, Capitán, volveréis a vuestra lucha… mas conmigo”.

07 octubre, 2007

De los cambios venideros en nuestras vidas

entados en el gabinete en lecturas Marcos e yo, noté me observaba a menudo e con curiosidad.

“¿Tengo algo raro? – preguntéle - ¿Me veis enfermo?”.

“No tal, Marino – me sonrió -, sino que pienso en que la casa tiene un sistema para que nadie pueda entrar sin permiso; entra la guardia, tengo que dar aviso de intruso y en vez de pulsar el botón escondido bajo la mesa, llamo por teléfono a la guardia que vigila el servicio. Esos errores no nos van a costar la vida, mas sí alzó la voz el guardia que contestó, pues dando yo al botón, son ellos los que llaman e, sin decir otra palabra, debe decírsele la clave. Me sorprendió que el guardia notase algo sucedía, me reprimió e me dijo enviaría a su guardia. Absurdo me parece que tenga que avisar a una guardia por vernos atrapados por la guardia, aunque fuese la traidora”.

“¿Y es seguro – preguntéle -, ha quedado demostrado que nadie de aquí ha hecho tal cosa?”.

“Es seguro, Marino – me dijo -; esos sistemas no fallan; aunque nos quedemos sin luz. Sólo el ascensor no funciona, mas no se para ni la luz ni el sistema de seguridad”.

“Pues alguien – le dije – nos ha hecho un favor, que ha borrado del mapa a todos aquellos que nos perseguían”.

“Son como las ratas éstos – me explicó -, que en faltando cincuenta, otros cincuenta pondrán”.

E no pasaron muchas horas desde aquellas pláticas hasta que alguien dio aviso a mi móvil y una voz tenebrosa preguntó por mí:

“¿Excelencia?”.

“Si al Coronel Alacaída os referís – le dije -, con él mesmo habláis”.

“Quisiera deciros que no sé cómo lo habéis hecho esta vez – continuó -, pero es tan extraño el suceso e son tan raros los resultados que nos dan los médicos forenses, que se ha decidido que, si no entráis en pugna, nadie se acercará ni a vos ni a vuestra familia”.

“Acertada decisión – le dije -, que ni yo pienso en seguir la lucha ni quiero vuestra traidora guardia la siga contra mí”.

No hubo respuesta, sino que colgó el teléfono. E tal suceso le comenté a Marcos e hubo gran contento e así le dijimos al inspector De Lema e a Su Ilustrísima que parecía venían vientos nuevos e frescos e con un buen vino brindamos por el extraño asesino que nos libró de los traidores e salvó la vida a ese tal don Torcuato.

“Papá, ¿qué se celebra?”.

En Sevilla e a siete de octubre del año de dos mil e siete.

06 octubre, 2007

De ese sistema de seguridad que llaman «vídeo»

as claves e palabras que dijo Marcos por el teléfono no eran sino aviso de visita de «persona non grata» y el guardia que vino a la inspección, advirtiónos no hiciésemos movimiento alguno ni dijésemos palabra. Dio aviso por un móvil y, en una corta pieza, apareció otro hombre; otro inspector que saludó a De Lema y a «como se llame» sin mucha simpatía.

“Señores – dijo gravemente -, ni policía ni sacerdote ni coronel en esta casa debe moverse hasta dar los pasos necesarios”.

Tomó a Marcos aparte e hablaron alguna cosa e, volviendo con seriedad, dijo Marcos en voz alta se nos acusaba – a mí, según creí – de la muerte de hasta cincuenta altos guardias (que bien sabía yo eran todos de los traicioneros) e, habiendo sistema de seguridad, pedía mi compañero se demostrase al inspector «como se llame» nadie había salido ni entrado de la casa en toda la tarde. E con una señal del nuevo guardia y el nuevo inspector, pasamos a la pequeña salita que hay atravesando el gabinete. Con una extraña llave – que parecióme de oro -, abrió una puertezuela que en la pared frontera se hallaba e no a mucha altura. Todos miramos con curiosidad cómo manipulaba una máquina pequeña que había en su interior.

“Desde las 12:40 (aclaróme Marcos que era la una menos veinte minutos) – dijo severamente aquel hombre -, nadie ha usado el ascensor sino para subir a la segunda e a la primera planta, así, nadie ha salido ni entrado en esta casa desde esa hora”.

“¡Es la hora en que llegaron de misa con los pequeños! – exclamé - ¿Es seguro este «sistema»?”.

“Tan seguro es, señor – aclaróme el guardia que lo manipulaba -, que estoy seguro sabréis cuál es su valor en euros. Es imposible que yerre”.

“¡Nada me dice una hora memorizada en una máquina! – dijo con desprecio el inspector «como se llame» - ¿Acaso un sistema de seguridad tan moderno como este, no guarda las imágenes de la gente que entra y que sale?”.

“Sin duda, inspector… - le dijo el guardia de la máquina -; tan atinado es, que podemos ver agora e aquí mesmo, no sólo las imágenes de las personas que han subido a esta casa, sino las de todos los pisos, e ni yo mesmo puedo cambiar cosa alguna”.

E vimos cómo salieron varias personas hasta tres veces y entraron otras cinco veces. Llamaban a este sistema «vídeo» e podía acercarse la vista de la imagen de tal forma, que pudimos leer una inscripción en una medalla.

“Demostrado queda sin duda – dijo el nuevo inspector -, que vos, excelencia, ni siquiera habéis salido hoy a la calle”.

“¡Qué indiscreto!”, pensé.

“¡Este sobrino mío – farfulló Su Ilustrísima -; ya ni siquiera asiste a la misa del domingo!”.

En Sevilla e a seis de octubre del año de dos mil e siete.

Del extraño suceso de la cena de la guardia (3/3)

odos estábamos ya en pie y expectantes por lo que iba a decir Marcos, cuando nos pidió excusas para salir al patio y visitar al servicio. Díle la venia aunque al inspector «no sé qué» no le gustase e todos le oímos preguntar a los niños en voz bien alta:

“¿Alguien ha salido desta casa esta tarde? Si así es, quiero saber la hora de salida y la de entrada”.

Acercóse Marinín a él e le dijo en voz bien clara e alta:

“Nadie, tío Marcos, nadie ha salido, que llave para el ascensor y portal no habemos”.

Fuése luego a hablar con el servicio e volvió seguro e tomó su sitio sin sentarse dirigiendo sus palabras al inspector:

“Supongo conocéis lo que es un «sistema de seguridad» ¿Yerro?”.

“Si tales artilugios no conociese a la perfección – le contestó altanero el inspector -, no estaría en el puesto en el que estoy”.

“En esta casa, inspector… - le dijo alzando la voz -, hay uno desos sistemas; el más moderno. Ni siquiera yo puedo, sin permiso de la guardia, demostraros que desta casa no ha salido nadie. Al pulsarse el primer botón, se memorizan las imágenes de quien llama abajo; al abrirse el portal también; así se hace durante la subida en el ascensor y hasta la llegada al zaguán. En las imágenes guardadas, podréis leer también fecha y hora de salida o entrada e ni a nosotros ni a la guardia que maneja tales artilugios nos está permitido cambiarlos en forma alguna, así, no se puede borrar ni añadir imagen ahí guardada”.

“¡Esas imágenes quiero ver, pardiez!” – gritó aquel hombre a Marcos que se mantuvo inexpresivo.

“Así se hará si lo demandáis, inspector… - aclaróle Marcos -, mas deberéis esperar a que venga el guardia que puede abrir la caja donde están esos datos e, para ello, hemos de llamar y, sin decir palabra alguna, nombrar dos números secretos de hasta cuatro cifras e dos nombres secretos”.

“¿A qué esperáis, Marcos? – le dije -; si puede demostrarse si alguien ha salido o no desta casa ¿a qué esperáis?”.

“Hay que llamar desde este teléfono fijo – dijo Marcos -, pues ya controlan si la llamada se hace desde esta casa”.

Dio aviso a algún número, esperó una pieza e dijo luego: «4371 6593 clara estudio». Vimos todos que hacía un gesto de sorpresa y escuchaba en silencio. Después, colgó sin decir nada más.

“¿No funciona vuestro sistema de seguridad, señor? – preguntó con sorna el inspector -. No veo una respuesta.

“Ni la veréis por mi parte si no quiero ser castigado – respondió -. Sentémonosnos y esperemos el resultado, que bien me parece que no conoce el «inspector» lo que es la seguridad”.

Así pasó una buena pieza hasta que entraron guardias con pistoletes: «¡Alto todo el mundo!».

Fue a llevar su mano al bolsillo el inspector y dijo que él era de la guardia, cuando el recién llegado, le apuntó a la frente: «¡Arriba las manos!».

Del extraño suceso de la cena de la guardia (2/3)

nsistía el inspector De Lema en que nada hiciese e hízome prometerle no saldría de la casa aquella tarde del domingo. E tal hice, que pedí a todos volviesen a asistir a una reunión vespertina como la del sábado.

“Como voz de la Iglesia – dijo Su Ilustrísima -, otra cosa no digo sino que habemos un claro mandamiento que dice: «No matarás». Mas yo mesmo me extraño, pues estudiando a fondo las Santas Escrituras, no llega uno a comprender cuál debería ser el castigo para el asesino; que se perdone al enemigo por un lado, dice Jesús, mas ¿hemos de perdonar a quien ha quitado la vida a toda nuestra familia e darle un abrazo? A buen seguro acabaríamos nosotros muertos también e sólo quedarían vivos los asesinos, y eso, no es lo que desea Dios Nuestro Señor”.

“Estas extrañas filosofías de la Iglesia – espetó don Justo – son para mí poco comprensibles. Si no existiese dentro del hombre la semilla del mal como existe la del bien, ¿para qué necesitaríamos leyes? E no necesitando leyes ¿por qué hay una que ordena con claridad de día «No matarás»? Si existe esa Ley de Dios, es porque Dios debe saber que el hombre mata. Si el hombre mata ¿lo dejamos seguir su juego o lo condenamos?”.

“Más radical soy yo – dijo Marcos – y es cosa que confieso aquí ante los presentes e sin que signifique me gustaría se aplicase. La Ley del Talión. Parece extrema, sí, ¿quién lo niega?, mas si no encerramos de por vida o devolvemos lo hecho al asesino ¿para qué están esas leyes?”.

“¿Habláis, amigo Marcos – dijo Su Ilustrísima con extraño -, de volver al «ojo por ojo»?”.

“Quizá sólo durante un tiempo – aclaró -. Diría yo que a más asesinos, más dura la ley. Tenemos frente a nosotros a hombres que pueden matar impunemente. ¿Os parece de razón que Marino, pudiendo hacerlo, no lo haga?”.

E así pasamos de la filosofía a la religión en muchos casos e no pudimos aclarar en ningún modo cuál podría ser la solución para que un criminal asesino de inocentes dejase de quitar vidas.

De pronto, sin que ninguno de los reunidos se moviese de su asiento, se abrió la puerta y entró un hombre de vestimenta normal e hasta cuatro guardias. “Un inspector e cuatro de uniforme”, me dije.

“Detenidos quedan todos los aquí reunidos por magnicidio – gritó empuñando un pistolete -, que hasta cincuenta personas han muerto e todos los pasos dados aquí nos traen”.

Levantéme con sigilo e con mi blanca en la mente e, haciéndole reverencia, le dije:

“Bien me parece sois jefe de la guardia, mas antes de entrar e por muchas medallas que colgasen de vuestro pecho, a la puerta deberíais haber tocado para pedir la venia e, luego, teniendo como tenéis a un coronel frente a vos, hubiese yo hecho un saludo. No os voy a enviar a las mazmorras por ello, todo se aclare, mas desta sala no ha de salir persona alguna sin mi consentimiento”.

E viendo le pedía el saludo, miró a los uniformados tembloroso e todos me saludaron.

“Sabed, inspector «como os llaméis» - continué -, que en esta sala estamos desde las seis y son las nueve. Decidme a qué hora se ha cometido tan terrible crimen”.

“Hace sólo unos minutos, Mi Coronel – dijo muy suavemente -, mas tenemos constancia de vuestra intención de «quitar de en medio» a algunas personas”.

“Si todas nuestras intenciones – le dije – las llevásemos a cabo, puedo aseguraros que no os sentiríais agora tan seguro. Demostradme de primero que he sido yo el asesino – recordad que soy coronel – e venid luego a buscarme. Con la prueba del asesinato que decís, yo mesmo me entregaría”.

“Forma no tenéis de demostrarme que habéis estado aquí toda la tarde – continuó aquel hombre de poca gentileza -. Iremos todos a prisión e luego se sabrá la verdad”.

“Acercaos un paso, inspector – le miré fijamente a los ojos -, y acabaréis tan atravesado por mi acero como esos cincuenta pobres desgraciados”.

“Atravesados no han sido, Mi Coronel – insistió terco -, e vuestras artes curativas y ponzoñosas bien conocemos”.

“¿Qué decís? – preguntéle con extraño - ¿Envenenados cincuenta?”.

“Ni plomo ni acero han matado a los comensales de hoy de la alta guardia – aclaró -, sino que no cataron el segundo plato. E sólo ha sido salvo don Torcuato, que no puede comer crema si tiene marisco”.

“Me habláis de una intoxicación, inspector – me acerqué a él amenazante -, no de un asesinato o «magnicidio» como vos lo habéis llamado”.

“Perdonad manifieste unos pensamientos aunque sólo sea un abogado – dijo Marcos -, aunque desta casa soy, pues desta sala persona alguna se ha movido en toda la tarde e así también puedo aseguraros que puedo demostraros lo que digo”.

Todos nos miramos con gran asombro ¿Cómo podía demostrar Marcos que nadie había salido ni entrado de la casa aquella tarde?

En Sevilla e a seis de octubre del año de dos mil e siete.

05 octubre, 2007

Del extraño suceso de la cena de la guardia (1/3)

rganizóse hoy sábado un cónclave en mi bufete, pues, habiéndome manifestado el inspector que todos los hombres más importantes de la guardia traidora cenarían el domingo en Sevilla, quise yo insinuarle sería el momento para dar salvación a nuestras vidas.

“¡Loco estáis, excelencia – exclamó -, que seríais preso e muerto antes del anochecer!”.

Así, decidióse expusiese yo mi trazado ante el propio inspector – representando a la guardia -, don Justo e don Marcos representando a lo civil, e Su Ilustrísima representando a la Iglesia, por saber si debería llevarse a cabo.

“¿Qué decís? – exclamó Su Ilustrísima - ¿Pensáis quitar la vida a cincuenta almas como el que pisa un hormiguero?”.

“Mucho me temo, Marino – me dijo muy serio Marcos -, que si atravesáis con vuestro acero a cincuenta, todos pensarán habéis sido vos”.

“¿Con mi acero? – dije pensativo -. Acaso pudiese quitar la vida a cincuenta yo solo con mi acero e sin ayuda, mas pensaba yo en otro remedio y, ese remedio, no he de confesar hasta saber si sería atinada mi razón”.

Se oyeron murmullos como de espanto en la sala e siguieron las pláticas más de tres horas, hasta llegada la hora de la cena.

Aún jugaban los niños en el patio; les di aviso de que se aseasen e fuimos llamados al comedor. Hice advertencia de que nadie hablase del asunto pendiente durante la cena e delante de los niños e, después del refectorio, hubimos todos una amena plática con los pequeños en el patio e nos retiramos al descanso.

“¿En verdad en verdad – me susurró marcos mesando mis cabellos – daríais muerte a cincuenta sin haber sentimiento de arrepentimiento alguno?”.

“¡Ah, querido Marcos! – respondíle -; no he de pediros que contéis agora cuántas muertes llevo ya desde que me conocéis, mas si hubiese de arrepentirme por las muertes que llevo en mi vida, otra tan larga como esta debería vivir”.

“¿E ni siquiera yo – farfulló – puedo saber cómo lo haríais?”.

“No, mi querido compañero, no podéis – le dije -; empresa es esta que sólo yo puedo llevar a cabo e sabiendo, como pido, la opinión de mis más allegados. Veo que, por lo comentado, seguiremos huyendo. Descansad. Buenas noches”.

En Sevilla e a cinco de octubre del año de dos mil e siete.