02 septiembre, 2007

Del trazado para viajar al nuevo palacete e de la nueva criatura que espera María

pasaron más días de asueto e menos se me antojaba que ir a Sevilla por ver el palacete fuese un placer, así, le dije a Marcos que iríamos un día antes por ver las condiciones en que se hallaba e, ya sabiéndolo, viajaría el servicio con nosotros por buscar los muebles e preparar la casa. Con esto, hube de pedir a Su Ilustrísima restase sólo unos días en Grazalema con los pequeños, Cayetano e María e así me dijo:

“Acaso olvidáis que María está a punto de dar a luz e no quisiera yo verme con el mandil en la cocina. He de traer pues aquí a parte de mi servicio si así deseáis hacerlo, mas insisto en que en esto de irse a Sevilla hay cierto riesgo”.

“Haylo e nadie lo niega, Ilustrísima – espeté -, más muy bien sabéis cuán triste e penoso es el invierno en estas sierras, e quisiera yo de contento a los pequeños y en una buena escuela, que todos han de estudiar”.

“Por mucha razón que os dé, sobrino – contestóme Su Ilustrísima -, sé haréis lo que en gana os venga. Hágase pues lo que trazáis. Mejor será que cuando los niños lleguen a su nueva casa sevillana esté todo presto; en ello no hay duda”.

“Partiremos mañana mesmo – dije -, al amanecer, Marcos e yo por ver si todo está como lo quiero. Si así es, se amueblará la casa la semana entrante e, la próxima, se hará todo el traslado. En cuanto al parto que ya espera María, dejemos de la mano de Dios Nuestro Señor que decida si ha de ser el niño grazalemeño o sevillano. Ambas cosas me placerían”.

“E yo mesmo quisiera bautizarlo – aclaró Su Ilustrísima -, ya sea en la pila de Santa María de la Encarnación de este precioso pueblo o en la pila de San Isidoro de Sevilla, que ha visto muchas cabezas famosas purificarse y entrar en el recto camino de Jesús”.

Y en esto, apareció María sonriente trayendo una bandeja con algunas cosas y en diciendo:

“Mi nombre he oído y pensaba pedían vuesas mercedes algo de yantar e algo de beber, mas, no he podido evitar oírles hablar del bautizo de mi hijo. Me gustaría, Ilustrísima, si ello fuese posible, que si bautizáis a este mi nuevo hijo que a punto está de venir a este mundo, pusiérasele el nombre de Marino de Santa María si en Grazalema se bautizare o Marino de San Isidoro si fuere en Sevilla”.

“¿E por qué no iba a poder ser, mujer? – le sonrió Su Ilustrísima -. Sois vos, e vuestro esposo, los que decidiréis el nombre de la criatura, y esto, hasta lo que yo sé, puede hacerse en el último instante. Bellos me parecen entrambos nombres e muy significativos. Hágase pues como decidáis”.

“Queda pendiente entonces – dije ceremoniosamente -, el nombre desta nueva criatura, que en naciendo en un lugar llevará uno y en naciendo en otro, otro llevará”.

En Grazalema e a segundo de septiembre del año de dos mil e siete.

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