24 septiembre, 2007

Del recién nacido

artieron los niños hacia la escuela con Valeriano e, después de muy poco descanso, no llevó Marcos a Su Ilustrísima, al servicio e a mí, al hospital. Recorrimos allí muchos pasillos hasta llegar a la habitación donde descansaba María tras el parto.

“Ha nacido el día de la Merced – me dijo -, ¡es el día de la Merced!”.

“Si fuese niña bien pudierais haberle puesto tal nombre – le dije -, que no es ese niño sino una merced que se os concede”.

E me dijo Cayetano al oído que la merced era mía por aquel ungüento.

“Nada más lejos, amigo – le dije -, pues con pomada o sin ella hubiera venido al mundo este niño que agora tenéis”.

“¿Queréis decir, excelencia – preguntóme con intriga -, que ese ungüento no ha hecho nada?”.

“Eso no he dicho, Cayetano – exclamé -, que cuando hay algo que impide que al unirse hombre e mujer sea la unión fecunda, puede haber un medio que lo haga. Mas pensad, y en esto insisto, que no es sino la unión lo que hace nacer a un niño”.

Mas, acercándome a saludar a María e a ver al nuevo Marino, no pude cambiar mi expresión e pensó María algo malo había visto.

“¡Excelencia – preguntóme - ¿qué cosa veis que yo no veo?”.

“Nada, mujer, nada – respondíle con serenidad -, sino que paréceme perfecto e creo será niño de buen cuerpo e buena mente”.

Mas guardaba yo en mi interior el secreto de mi espanto, que aquel niño, aunque rasgos tenía de su padre e madre, parecióme hermano de Marinín.

“No debemos molestar más a la madre – dije al cabo -, sino dejarla descansar en compañía de su nuevo hijo. Vayamos a casa e volveremos si fuere menester, que muy sano veo yo a ese niño”.

E a casa volvimos cuando llegaban los pequeños e les dijimos habían un «hermanito» pequeño hijo de María e hubo gran contento entre ellos, mas conosciéndome Marcos tan finamente, abrazóme en la estancia en diciendo:

“Vuestros remedios, Marino, a veces, pueden hacer estas cosas”.

En Sevilla e a veinte y cuatro de septiembre del año de dos mil e siete.

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