14 septiembre, 2007

Del posible asalto al palacio

ue el aseo de la mañana de mucha diversión, que lo hicimos con los niños. Algunas liciones les dimos de cómo debería hacerse e cómo secar el cuerpo e cómo vestirse e, pasando al comedor principal, nos sentamos todos a la mesa para el desayuno. Tomando ya los pequeños su chocolate e las tostadas e los dulces, advirtióme Marcos que no deberían quedar los uniformes de la escuela sin comprar, e los libros e algunas otras cosas que serían menester.

“Nada les ha de faltar, Marcos – le dije -, que todo está ya bien trazado e ya he hablado con don Julio cómo han de matricularse el tercio en su escuela e, incluso, vendrá en breve Valeriano para saber los horarios de recogida de los niños aquí y allí”.

“¡Valeriano! – exclamó Marcos - ¡Mucho tiempo ha que no le vemos por nuestra casa!”.

“Así – le dije -, como volverá Valeriano, todo volverá a su curso correcto”.

E observé Cayetano me miraba con extraño desde la puerta de las cocinas e, terminando el desayuno, fueron los niños a sus estancias con Marcos e hube yo unas cortas pláticas con él, pues me manifestó su preocupación por haber visto a ciertas personas que levantaban sus sospechas. Con esto, preguntéle si era posible entrar en la casa por otro sitio que no fuese el ascensor del portal e respondióme de forma misteriosa:

“Si no se sube en el ascensor, excelencia, teniendo la llave que a esta casa trae, es que no se sube con buenas intenciones. Pensando en lo que decís, he mirado si hubiese otra forma de «asaltar esta fortaleza» y, para mi sorpresa, he descubierto que hay hasta cuatro tuberías que suben (o bajan) desde la azotea a la calle. E siendo, como lo soy, de pensar en si caben ciertas posibilidades, he probado a subir por uno desos tubos. Asustaros no quiero, excelencia, pero si hubiese un motivo de importancia, a pesar de que las alturas no me agradan, podría asaltar la casa por las paredes del edificio”.

“¿Qué decís? – exclamé - ¡Cosa tal no puede permitirse en este lugar!, que si es necesario arrancar tales tuberías, yo mesmo lo haré”.

“Esas cuatro tuberías – excelencia -, no sabemos si son para desagüe o para cualquiera otra cosa, que podría ser peligroso tocarlas sin asesoramiento, mas preguntaría yo a doña Julia si son necesarias e le pediría se retirasen o se emparedasen, de forma tal, que ningún experto en trepar muros pudiese llegar a dos metros de altura”.

“Vuestro consejo agradezco, Cayetano – apreté su hombro -, que aunque yo soy hombre de miedo a las alturas bien sé que los hay que trepan por muros casi lisos. Tomaré medidas”.

En Sevilla e a catorce de septiembre del año de dos mil e siete.

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