19 septiembre, 2007

Del jaque mate – Parte V

erca de la casa y en poco tiempo, pararon los coches de la guardia e dije a Cayetano restase a mi lado, que riesgo alguno correría ya. Ni un minuto hubo pasado cuando llamaron a la puerta (portal, ascensor o pantalla; entiéndase como sea más conveniente). Cayetano e yo nos acercamos a la pantalla del zaguán e pulsé el primer botón. Vimos la cara del inspector De Lema mirando a un lado e a otro con impaciencia e pulsé el segundo botón:

“¿Inspector? – pregunté - ¡Le esperaba más tarde o más temprano! ¡Pasad, pasad, que en vuestra casa entráis!”.

Mas en pulsando el tercer botón, dije a Cayetano trujese mi espada ensangrentada e púseme frente a la puerta del ascensor.

“Hacedlo subir, Cayetano – dije -, que esta vez, el juego está llegando a su fin”.

Subió el ascensor e abriéronse las puertas e salió el inspector muy decidido hasta verme frente a sí con la hoja de mi espada en horizontal e la altura de su vientre.

“¡Excelencia! – exclamó asustado - ¿Qué habéis hecho e qué vais a hacer?”.

“Si así lo preguntáis – le dije – así os lo manifestaré, pues hasta cuatro hombres han intentado asaltar mi casa e a los cuatro los he despachado como es mi costumbre ¿Os extraña acaso?”.

“Antes de darles muerte como habéis hecho – dijo enfurecido -, una llamada de teléfono a la guardia hubiese remediado sin sangre el ataque”.

“¿Acaso no soy yo guardia para solucionarlo con o sin sangre, inspector? – habléle con tranquilidad -, pues cuando subí a la azotea, con hasta cuatro asaltadores traidores me encontré ¿Estabais vos aquí para socorrerme?”.

“Os dijeron estos traidores que en no dejando la Serranía estaríais a salvo – contestó – y bien me parece que afrentáis el trato hecho. No quejaos”.

“Quejarme no puedo, inspector – le dije – sino de una sola cosa e sencilla cosa. Sabéis vos bien que todo lo que habla la guardia lo saben los traidores… ¿Habéis hablado cosa alguna que haga pensar a éstos que vivo en España y en España voy a seguir viviendo? ¿Les habéis amenazado de forma alguna para que no pongan en peligro nuestras vidas? ¡No, inspector! ¡No lo habéis hecho nada dello por temor a ser muerto por ellos mesmos! Y cobardes, de los que aparentan ser bravos hombres, ya habemos muchos”.

“¿Me llamáis cobarde? – le asaltó la ira - ¡Demostradlo!”.

E tomando mi espada en horizontal a la altura de su vientre, observé traía una prenda de abrigo de color claro (como del café con leche). Puse la hoja más cerca de su vientre e limpié en la tela de sus vestiduras una hoja de la espada, le di la vuelta en un repente y limpié la otra parte de la hoja en su vientre dejando dos líneas paralelas rojas ante sí.

Como el mármol me pareció quedóse, que ni se movía ni tenía color.

“¿Me amenazáis? – dijo tembloroso -.”.

“Sí, inspector - manifestéle -, pues sabiendo que con dar un aviso por vuestros teléfonos a guardias leales e traicioneros, hubieseis evitado muchas muertes e desgracias. Pero tal cosa no habéis hecho por cobardía, que en defendiendo al Capitán Alacaída veíais la muerte muy cerca. Dos días os doy agora para que todos sepan que el Capitán va a vivir en Sevilla, sin ser espiado ni amenazado y que podrá viajar en libertad por toda España, o lo que de ella queda, sin peligro alguno. A cambio, os prometo una defensa férrea que sólo mi familia tiene e debéis dejar bien claro que la caja roja maravillosa e misteriosa, arderá en el fogón dentro de pocos minutos. Haced con España lo que os venga en gana, pero dejadme en paz a mí y a mi familia o sabrán todos lo que es una tragedia”.

E arrancando de mi capa la insignia de coronel, arrojéla al suelo e piséla con tal fuerza, que no parecían estrellas, sino estrelladas.

¡No puedo defender a España porque España ya no existe!

En Sevilla e a quince de septiembre del año de dos mil e siete.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario