orrí rodeando la baranda del patio hasta la otra parte de la azotea y, asomándome con cautela, parecióme que el más lejano llegaba antes. Fuime a esperarlo arriba e subió fatigado al pretil, mas, al verme frente a sí, quedóse inmóvil e mirándome con fijeza.“¡Ah, Capitán! – dijo - ¡El que presume de cristiano e de católico e va dando muerte a uno e otro por doquier!”.
“Erráis – le dije con calma -, que bien claro se lee en las Escrituras que si un brazo te escandaliza has de cercenarlo e si un ojo te escandaliza has de sacarlo. Traidores sois de la fe y de la Patria. E si a mi propia casa venís a darme liciones de catecismo, unas simples he de daros yo”.
E viendo tenía su mano puesta sobre la empuñadura de su pistolete, hice un movimiento rápido e corté su mano que cayó a la azotea con el arma. Espantado, advirtió que su compañero llegaba a lo alto de la casa e quiso avisarle, mas antes del aviso le hice la señal en su frente, la atravesé el pecho y el vientre e dile un fuerte golpe con mi puño hasta dejarlo caer a la calle. El otro (el último de los que se veían subir), saltó con decisión a la azotea al ver lo que hacía con su compañero, mas, al oír el golpe seco del cuerpo en la calle, restó quedo.
“A tres de vuestros compañeros – le dije – he dado buena cuenta. Sólo faltáis vos”.
“Esperad, Capitán – dijo visiblemente atemorizado -, que no habréis de pensar que un solo hombre pueda asaltar casa alguna”.
“Uno sólo no – respondíle -, mas no sois como un grano, que no hace granero e muy poco me gusta ayudéis a vuestros compañeros. Quizá seáis el último en fenecer, pero en estos asaltos traidores, el orden de los factores no altera el producto”.
Comencé a caminar hacia él con calma e iba pegándose al rincón del pretil sin apartar la su vista de mis manos e mis cara. Ya muy cerca dél, e sin aviso alguno, le hice la señal e lo atravesé como a los otros e lo empujé, dejándolo caer a la calle. Cuando oí el seco golpe de muerte del cuarto traidor, quise revisar las paredes de la casa, mas oí aquel canto de las sirenas que nos dijo «el chusco». La guardia estaba llegando.
Aparecieron hasta cinco coches con luces azules e bajaron muchos hombres e fueron a ver lo que había en el suelo con gran sorpresa. E bajé a la casa por ver lo que iba a ocurrir. Cayetano me miró atención e vio no había daño alguno en mí, sino que retiró de la vista mi espada ensangrentada.
“Excelencia – me dijo -, sabía y sé que no hay hombre que con vos pueda luchar sin salir maltrecho e que lleguéis sin rasguño alguno. Pasad, si es vuestro deseo a asearos un poco al servicio”.
“¡No! – respondíle con cierto enfado - ¡Estad pendiente de la pantalla de la puerta e, si alguien llamase, sin priesa alguna, avisadme, pues quien quiera agora vengar lo ocurrido, habrá de vérselas conmigo!”.
En Sevilla e a quince de septiembre del año de dos mil e siete.


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