l sonido (y la visión) de la caída de su compañero pusieron su respiración hasta tal punto acelerada que dijo con dificultad:“Capitán, dejadme bajar e abandonaré lo trazado aunque creo erráis en vuestros pensamientos”.
“Si un solo paso bajáis por la pared, bajaréis hasta el suelo vive Dios e con un orificio es vuestra cimera – gritéle -, que como vuestro traidor compañero ha caído caeréis vos si no alcanzáis la azotea”.
“Esperadme, Capitán – dijo -, que he de reponerme de tal susto”.
“Una solución tengo yo para reponeros – dije asomándome e mirándole sonriente -, pues si en diez segundos no estáis aquí frente a mí como un valiente, estaréis pegado al pavimento como cobarde”.
E dióse mucha priesa por subir en ahogándose e saltó a la azotea con seguridad, mas al verse con la punta de mi acero ensangrentada frente a su rostro, dio paso atrás y apoyóse en el pretil.
“Así da la cara un valiente – le dije -. Aunque no quiero decir que lo seáis, sino que lo habéis hecho por temor”.
“Nada veníamos a hacer, señor – respondióme -, sino ver un poco desta bella casa nueva que tenéis”.
“¿Acaso para buscar el hueco por donde introducir un paquete que nos enviase al Cielo? – preguntéle acercando mi blanca -. Juro por Dios e por el hombre que estas artimañas criminales crea, que en menos de dos días, se abrirá ante mí un corredor de hasta cincuenta kilómetros cuando sepáis voy a pasar”.
“Bien me parece, señor – dijo con orgullo -, que tal cosa no veréis”.
“Ni yo he de verla ni vos, caballero – le dije -, si es que se os puede dar tal nombre”.
Y en dos movimientos rápidos, atravesé sus ojos sin llegarle a los sesos, que vivo aún lo quería. Llevóse las manos a la cara e intentó agacharse, mas pinché cuidadosamente su entrepierna con la punta de mi afilada ropera.
“¡En pie, cobarde – le grité -, pues bien debéis saber que ciego también se muere! ¡Desta forma no veréis vuestra propia muerte!”.
E le fice la señal en su rostro, atravesé su pecho, luego su vientre y empujé con fuerzas su torso antes de que cayese en la azotea, echándolo sobre el pretil y, con uno de mis pies levanté sus piernas y esperé a oír el golpe seco de su cuerpo en la calzada. Pero no apartaba yo la vista del otro lado de la azotea que a la calle Estrella da, pues bien sabía que otros dos estarían subiendo e habría de despachar.
En Sevilla e a quince de septiembre del año de dos mil e siete.


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