15 septiembre, 2007

Del jaque mate – Parte I

o esperaba visita ni llamada alguna este sábado mas, antes del desayuno, llamaron a la puerta. Fuimos Cayetano e yo al zaguán e nos pusimos frente al panel que permite ver a los visitantes e abrirles desde arriba e pulsó el primer botón. Vimos la cara en la pequeña pantalla de Su Ilustrísima, que parecía observar a alguien que por la calle pasaba. E pulsando el segundo botón, le dio el saludo e tal hice yo, que tan asombrado estaba de aquella visita sorpresa que sólo atiné a decirle unos «Buenos días nos dé Dios». En pulsando el tercer botón, abrióse la puerta de la calle y entró con parsimonia don Juan en el portal. La imagen que veíamos entonces era la de su entrada hasta la puerta del ascensor. Paróse allí sin saber qué hacer, que botón alguno había junto a la puerta e, al punto, abríeronse éstas e pulsó Cayetano el cuarto botón, que cerraba las puertas del ascensor, nos dejaba seguir viendo su imagen y lo subía hasta nuestra casa. Abriéndose las puertas del ascensor hubo gran júbilo e muchas preguntas, que no era visita esperada aunque sí deseada.

“¡Ilustrísima! – exclamé - ¡Vos aquí sin aviso cuando hubiésemos querido recebirle como se merece! ¡Pasad, Santo Dios, pasad, que en vuestra casa estáis como en Ronda e vuestros aposentos preparados como si supiésemos veníais!”

“Acaso mi presencia, hijo – me dijo -, os cause fatigas, pero no podía pasar un día más sin ver a mis pequeños angelitos e sin curiosear esta nueva casa, que, a lo que veo, me espanta su parecido con la original”.

“Dejad ahí el equipaje para que lo recoja el servicio – le dije -, pues a buena hora venís para el desayuno e se os mostrará luego la casa, que es maravilla de ver”.

E quedando Cayetano e yo un punto solos, nos preguntamos qué haríamos entonces con Su Ilustrísima en casa cuando por los alrededores merodeaban posibles asaltantes.

Salieron los niños al patio con gran júbilo e arremetieron a Su Ilustrísima que, con los brazos extendidos y lágrimas en sus ojos pedía su equipaje para darles unos regalos. E los tres niños besaron su pectoral y aferróse Marinín a su cintura apretando su cara a la raída sotana mientras don Juan lo bendecía en poniendo sus manos sobre su cabeza.

“Vayamos al desayuno, niños – dijo -, que no quiero cambiar horarios ni que se os enfríen los calentitos”.

“¿Calentitos? – preguntó Antonio atónito - ¿Cómo sabe Su Ilustrísima que hay hoy calentitos para el desayuno?”.

“La edad y la experiencia – contestóle – y un poco de la ayuda de Dios Nuestro Señor para mantener mi olfato, me dicen que hay algo más que dulces”.

Cambiáronse los sitios de la mesa dejando a don Juan en la presidencia y esperando la bendición de los alimentos e me hacía Cayetano señas de ir a la cocina para haber alguna plática. Comenzado el desayuno, pedí excusas (cosa que nunca hago) e fui a saber lo que quería mi primer sirviente.

“En el mercado, esta mesma mañana, excelencia, he visto a dos desos hombres observando mis movimientos. Quisiera yo humildemente proponerle, anduvieseis merodeando por el patio e, a una señal, llevaría yo a todos a las estancias del fondo con alguna excusa”.

“Óptimo me parece vuestro trazado – le dije -, que si veis me destoco e dejo mi sombrero en la butaca que hay a la entrada del pasillo que va a las escaleras de la azotea, es que algún moro hay en la costa e viene por donde dijisteis. El resto será cosa fácil para mí”.

“Lo mejor os deseo, excelencia – me hizo reverencia -, que temor no tengo por vos, sino porque los niños, Su Ilustrísima y el servicio vean e oigan algunas cosas que pueda asustarles”.

“No habed cuidado, Cayetano – le dije -, que ya sabéis que es bien cierto eso de la experiencia, los años y el olfato que nos mantiene Dios Nuestro Señor. Cuando os avise, todo habrá pasado, si algo pasa”.

En Sevilla e a quince de septiembre del año de dos mil e siete.

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