rdené a Cayetano dejase salir a los niños a sus juegos e llamase a mi presencia a Su Ilustrísima e Marcos dejando al servicio en sus puestos, pues el peligro ya había pasado.En poco, salieron todos de contento e hablamos como si cosa alguna hubiese alterado la tranquilidad de la casa, pero escuchaba Marinín con atención e preguntéle aparte qué oía.
“Cerca oigo gritos e gente que va y viene. Acaso ocurra algo e no lo sabemos, papá”.
“Quedad en paz, hijo – le dije -, que el mesmo inspector ha avisado de que ha habido un robo cerca e anda la guardia buscando al ladrón. Disfrutemos agora del patio”.
Sonrióme pícaramente e fuése con sus hermanos.
“Quisiera, si no os es estorbo, sobrino – me dijo Su Ilustrísima -, llamar a Su Eminencia don Carlos e decirle estaré en Sevilla unos días, por si pudiéramos haber unas pláticas en estos días”.
“Ahí mesmo, en el gabinete, hay ya puesto un teléfono – le dije -, e no debéis temer el hablar mucho tiempo, que estos teléfonos modernos no hacen gasto alguno”.
E viendo yo que cada uno seguía en sus tareas diarias, le dije a Marcos e Cayetano quería bajar a los sótanos, tomar la caja roja e quemarla en el fogón.
“Mucho me temo, excelencia – dijo Cayetano -, que en esta casa no hay fogón, sino una desas cocinas modernas que no dan llama”.
“Hágase entonces una pira en un barreño en la azotea – le dije -, póngase allí papel e leña hasta que arda fuerte e arrójese allí hasta que sus cenizas se confundan con las de los maderos. Apáguese luego la pira e viértanse las cenizas en agua fría. Removiendo bien, dejaremos luego reposar la mezcla. Me será de utilidad para mis remedios. Es lo que llámase potasa”.
“¿Vais a hacer potasa con una caja tallada en tiempos del rey don Alfonso X? – preguntó Marcos muy airado -. Podría yo traeros mucha leña sin valor para hacer cuanta quisierais sin destruir tal tesoro cuyo valor no puede calcularse”.
“El valor desa caja puedo calcularos, Marcos – apunté muy en serio -, que desde que a mis manos llegó no ha hecho sino perturbar nuestras vidas. Hágase lo ordenado e agora mesmo ¡Vamos! Tomad las llaves de los sótanos e iré sin dudarlo e sin que el paso me tiemble a tomarla mientras se prepara el fuego arriba”.
Así, bajamos a los sótanos, que habíanse mejorado e fui al lugar donde estaba la caja (sitio sólo conocido por mí) e, con una maza, derribé un trozo de pared abriendo un hueco e, metiendo en él mi mano salió resplandeciente el objeto más codiciado por leales e traidores. La miramos en silencio durante una pieza, la escondí bajo mi capa e subimos otra vez a la casa. Oíanse en la calle voces e ruidos de la policía, así que quise subir con la mayor rapidez.
Esperé a que las llamas de la pira fuesen fuertes e allí arrojé la caja en gesto de desprecio. Todos quedamos mirando como ardía obra de cinco metros, que era muy fuerte el fuego, mas, cuando éste comenzó a mermar, nos acercamos con curiosidad por ver los restos.
¡Santo Dios! ¡Esa caja maravillosa sigue intacta!
En Sevilla e a quince de septiembre del año de dos mil e siete.


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