09 septiembre, 2007

Del día del viaje al nuevo palacio

ubieron los niños gran contento todo el día, que bien sabían que partiríamos para Sevilla al atardecer e les esperaban muchas sorpresas.

“Antonio, hijo – espeté -, no voy a prohibiros que tiréis de mi capa, pero si seguís haciéndolo desta forma, acabará como túnica de nazareno”.

“Mejor me parece estire vuestra capa hasta el suelo, sobrino – dijo Su Ilustrísima -, que no está mi sotana para tirones, sino para jirones”.

“¿Tendremos cada uno una estancia distinta, papá? – preguntó Marinín -; dormir en una estancia para mí solo puede ser lujoso, pero preferiría yo, si ello fuere posible, yacer junto a Antonio”.

“Dormir junto a Antonio no es problema, pequeño – le dije -, pero dejaríais a Carlitos solo. En siendo, como lo son, los dormitorios muy amplios, cada uno ha de tener el suyo para sí e, a la hora de dormir, veremos de poner otra cama con vuesas mercedes para el más pequeño”.

“Esa idea me place, papá – respondió Antonio -, que teniendo cada uno su propia estancia, podamos compartir la cama”.

“Todas vuestras alcobas unidas están por puertas unas a otras – les dije –, e así, cada una dellas tiene su entrada por el pasillo y está con la aledaña comunicada”.

“E vos e Marcos – dijo Carlitos – tendréis también cada uno una alcoba y…”.

“No hijo – le interrumpí -, que ya sabéis que con una estancia grande asaz espacio tenemos para entrambos y, siendo que yo escribo todas las noches mi diario y otras cosas de la economía de la casa e no quiero disturbar el sueño de tío Marcos, se comunica el dormitorio con uno de los bufetes”.

“¡Jo, papá! – exclamó Marinín -; esta casa es mejor que la antigüa e mejor que las dos juntas de Grazalema e mejor que esta”.

“Eso es así, pequeño – le expliqué -, porque no estamos nosotros hechos para vivirla, sino que ella está hecha para que la vivamos. Aunque llegaremos ya de noche, la veréis iluminada; e ya por la mañana os enseñaré otras partes que merecen ser vistas con meridiana luz de día”.

“¿Es que el tiempo pasa siempre tan lento cuando uno quiere que corra?”.

No podíamos hacer que los niños hubieran calma cuando se preparaba el equipaje y se llevaba al coche, que en la calle de Armiñán estaba parado e poco tiempo podía restar en tal lugar, así, dióles Marcos órdenes de despedirse del servicio e de tío Juan como mandan las buenas costumbres e los llevó al coche. E ya cargado todo el equipaje y en emotiva despedida, partimos de espacio cuesta abajo para cruzar el Puente Nuevo y encaminarnos a Sevilla. Esto pareció calmar a los niños aunque no dejaron de hacer preguntas e comentaban ellos cosas de fábula sobre la nueva casa. E al hacerse la noche, ya pasando el lago de Zahara de la Sierra, cayeron rendidos abrazados unos a otros, que estos coches no van dando saltos por los caminos como los de antaño pues, ni las ruedas son duras ni hay piedras en los caminos.

Dificultoso fue para Marcos encontrar una entrada hasta la casa por estar las calles dedicadas a los que caminan, cuando casi nadie camina, e llegar a la puerta de la cochera de Argote de Molina. He de decir que no le gustó tampoco el apeadero, que era de techo demasiado bajo e olía mal. Llamamos a los pequeños e subimos al zaguán – que fuéme aclarado por Marcos que deberíamos llamarlo «portal» - e con solo ponernos frente a las puertas del ascensor, bajó el servicio a por el equipaje e subimos nosotros. De los tirones de Antonio la capa me ahogaba y, en abriéndose las puertas del ascensor al llegar a la casa, tanto corrieron los niños, que no supimos dónde estaban, sino que los vi por un lado e por otro acompañados de Cayetano.

¡Jo, papá! No imaginaba la casa así por mucho que me habéis manifestado.

En Sevilla e a nueve de septiembre del año de dos mil e siete.

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