n el gabinete estábamos en lecturas cuando pidió la venia para entrar Marinín e hícele señas de que entrase. Abrió la puerta de espacio e vino a mí con el dedo en la boca e mirando a Marcos e a Su Ilustrísima mientras leían. En llegando a mi asiento, sentóse en mi regazo, besóme e púsose a mesar mis cortos cabellos en silencio.“Cuando a mí os acercáis tan meloso – le dije quedo -, paréceme algo necesitáis”.
“Nada necesito, papá – me habló al oído -, sino que quisiera yo saber si este nuevo hermanito necesitará mucho tiempo de vuestra vida”.
E sintiendo que asomaban los celos en su mirada tímida, le dije así:
“Hermano podéis llamarlo, si os place, mas no lo es, sino que es hijo de María e Cayetano. El tiempo que necesite, que de pequeño mucho será, habrán de dedicárselo sus padres, no yo, que os tengo a vos; e a vos seguiré dedicando mi tiempo e a Antonio e a Carlitos, pero he de deciros un secreto que nadie debe saber, sino vos e yo, pues más tiempo os dedico que a todos los demás, que sois mi verdadero hijo e mi nombre mesmo lleváis. Podríamos llamar al nuevo Marino «primo», que aunque es como hermano, no lo es tanto. Mas de mi tiempo seguiréis teniendo el que habéis tenido si no más, que ya vais creciendo e lo necesitáis”.
“Preguntas absurdas sé que hago a veces, papá – dijo riendo -, que no es de razón pensar que agora vais a abandonarme por otro Marino”.
“Al contrario será, hijo – explíquele -, que veréis cómo agora os prestan todos más atención, pues de todos, sois el único heredero verdadero de mis posesiones e de mi título de marqués e, siendo que mi vida es larga, la forma veremos de que se os distinga entre los demás, que para ello méritos tenéis de sobra. Esta casa he de poner como propiedad vuestra e dos palacios en Plasencia e alguno más en Salamanca e León y, en cumpliendo hasta los diez y ocho, con ellos podréis hacer lo que queráis junto con la herencia que os corresponde de vuestro padre, que no es baladí. Mas quisiera agora pediros no midáis nuestro cariño de padre e hijo con metros de fachada o fajos de euros”.
“Entiendo eso que decís, papá – contestóme -, que sin palacios ni euros os quiero”.
Dióme un beso, saludó a tío Marcos e tío Juan e pidió excusas para ausentarse.
“No todos los niños razonan e distinguen entre lo que poseen e lo que aman. Sentiros orgulloso, sobrino”.
En Sevilla e a veinte e cinco de septiembre del año de dos mil e siete.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario