a noche del pasado día veinte, ya acostados e con las luces apagadas, parecióme ver unos destellos entrar por la ventana. El sonido que se oyó al poco me hizo pensar en que se acercaba una tormenta e, al abrirse la puerta un poco e ver cómo alguien entraba en nuestra estancia, supe de seguro era tormenta. Levantóse la sábana por mi lado y un cuerpecito cálido e atemorizado se abrazó a mí con fuerzas.“Marinín, pequeño – le susurré -, bien entiendo que os asusten las tormentas, pero ningún daño van a haceros y habéis dejado a Antonio solo ¿No habéis razonado estro?”.
“Sé se ha quedado solo, papá – dijo en voz muy baja -, mas duerme y no ha de sentir nada”.
Fue la tormenta más larga e más fuerte que yo había vivido en Sevilla, que algún rayo debió caer cerca e lo sentí pasar por debajo de la cama estremeciendo los cimientos e moviendo todos los muebles. Marinín a mí se aferraba como si así fuese a estar a salvo de no sé qué peligro, mas dejélo a mi lado hasta el amanecer.
Esta tarde, estando en el gabinete, sentóse Marinín en mi regazo muy callado en oyendo lo que los demás hablábamos e, pensando le ocurría cualquiera cosa, le pregunté si estaba bien. Respondióme con un «sí» bien poco convincente e insistí en mi pregunta.
“Algo os ocurre, hijo – le dije -, e no quiero me lo ocultéis. Hablad”.
“Dicen en la escuela que esta noche vendrá otra tormenta – dijo – e viendo cómo son las de Sevilla… quisiera yo dormir con vos esta noche”.
Me reí de primero e comprendí después que sus razones había, pues en mi la larga vida, nunca había sentido cómo un rayo pasaba bajo la casa e todo lo estremecía.
“No oigáis lo que os digan en la escuela – le dije -, sino escuchadme a mí. Si algún día no os advierto de que viene una tormenta e llega ésta, mi venia tenéis para veniros junto a mí, sea de día o sea de noche, mas… eso no os salvará de nada, pues si un rayo sobre nosotros cayese, ni vos ni yo ni ninguno de los que aquí estamos seríamos salvos. Pero en Sevilla no pasa tal”.
“Cierto es – manifestó Su Ilustrísima – que con estas torres y esos pararrayos no ha de caer ninguno encima desta casa, pero no neguéis que el rayo que cayó anoche en Sevilla durante la tormenta no fue cosa de maravillarse, que sentí yo cómo pasaba bajo la casa un «no sé qué» que la hizo temblar unos segundos”.
“Razonáis entonces como yo razono – le dije porque me oyese el pequeño -, que si cae en el pararrayos de una torre e pasa por el suelo, no es posible caiga sobre nosotros”.
E mirando al pequeño con leve sonrisa, vino a contarle una corta historia que ocurrióle años atrás:
“Hube de ir a administrar los Santos Óleos a un campesino mayor e muy enfermo e prestáronme una mula, e viendo yo que el tiempo estaba lluvioso, cubríme con una capa. Fue la tarde oscureciendo, no porque el sol se alejase, sino porque las nubes iban siendo cada vez más negras e, yendo para Ronda como de noche, oí tal estruendo a mis espaldas e vi tal resplandor, que creí tenía como Pablo una visión. Nada ocurrió, por fortuna, sino que un árbol ardía a menos de diez metros de mi camino e, luego desto, llegóme un olor fresco e suave como el del mar. Es el olor del ozono, un gas que producen los rayos e purifica el ambiente. Dícese en Ronda que durante las tormentas fuertes, e después, huele a marisco. No puedo negar que aligeré, mas tampoco puedo negar que comprendí que las tormentas son necesarias”.
“¿E no hay lugar, papá, para restar un tiempo guarnecido mientras pasa?”.
En Sevilla e a veinte y dos de septiembre del año de dos mil e siete.


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